martes, 19 de julio de 2011

Amar a la Iglesia tal como es y comprometerse por el Reino de Dios

Homilía 17 de julio 2011
XVI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Raimon Panikkar
Decía un santo español del siglo pasado que ‘en Roma había perdido la inocencia’, como recuerda uno de sus primeros seguidores, un gran teólogo y promotor del diálogo interreligioso, aunque después, por distintas circunstancias, se alejó de aquel que le había animado a ser sacerdote católico. El santo del que hablo es José María Escrivá de Balaguer y el teólogo Raimon Panikkar. Y es verdad lo que dice san José María. Más conocemos la Iglesia, más tratamos con sus miembros de cerca, sobre todo los que tienen cargos de responsabilidad, más podemos llegar a escandalizarnos. Y esto puede ser más duro, más difícil de asimilar, si tenemos puestas unas expectativas muy altas en la santidad de los que deberían ser representantes de Dios. Raimon Panikkar cuenta que Escrivá de Balaguer besaba con mucha devoción los lugares por los que había pasado el Papa.
Lo que de verdad cuenta es nuestra reacción al descubrir la realidad de la Iglesia, la verdad de que está formada por santos y pecadores, de que no es como quizás habíamos pensado o como a nosotros nos gustaría, y que nosotros mismos, cada uno de nosotros, tiene cosas buenas y malas, es capaz tanto de vivir como hijo de Dios, como de cometer los peores pecados. Este paso de la idealización de la Iglesia a conocer y aceptar su realidad, marca la transición de un catolicismo infantil a uno maduro. Es el paso que también tienen que dar los enamorados, cuando dejan de proyectar en la persona amada sus deseos inconscientes y la empiezan a querer tal como verdaderamente es. Sin embargo, muchas personas cuando descubren la realidad de la Iglesia, cuando llegan a conocer la ‘humanidad’ de los que formamos parte de ella, en vez de asimilar esto de una forma constructiva, se rebelan, se vuelven cínicos, empiezan a pensar que el evangelio no se puede vivir, que es todo mentira, y tiran por la borda todo, incluso el camino que habían emprendido con tanta ilusión hacia la santidad. Abandonan sus esfuerzos de ser humildes, castos, obedientes y empiezan a utilizar la religión para obtener fines mundanos. Otros, en cambio, en vez de volverse cínicos, se vuelven fanáticos e intolerantes, y quieren expulsar de la Iglesia a los que ellos piensan que no son dignos de formar parte de ella, o llegan incluso a querer fundar otra Iglesia paralela de santos e iluminados, como tantas veces ha pasado a los largo de la historia.
La parábola del evangelio de hoy, del trigo y la cizaña, nos quiere enseñar la forma correcta de reaccionar ante la realidad de la Iglesia. No cabe duda de que esta parábola se refiere a la Iglesia actual, que está presente en este mundo y hace visible y presente el reino de Dios. Esta Iglesia está formada por santos y pecadores, por los partidarios del Maligno, los que obran iniquidad, y por los ciudadanos del reino, los justos, en el lenguaje de la parábola. Y estos dos grupos de personas están llamados a convivir en ella, a formar parte de ella. Sin embargo, la división entre buenos y malos, no es sólo entre personas, sino también dentro de las mismas personas. En cada uno de nosotros hay trigo y cizaña.

cizaña púrpura

Ante esta realidad el Señor nos invita a una actitud de paciencia y tolerancia, pero no de pasividad o resignación. A saber que el juicio pertenece solo a Dios que es el único que conoce el corazón y la historia de cada uno y que Él hará justicia a su tiempo. No nos toca a nosotros separar el trigo de la cizaña porque fácilmente nos podríamos equivocar y confundir uno con otro, o arrancar prematuramente lo que creemos cizaña cuando en realidad es trigo o puede llegar a serlo. ¡Cuántos Saulos se han vuelto con el tiempo Pablos y cuántos santos han experimentado una segunda conversión, como Santa Teresa de Jesús y la Beata Teresa de Calcuta! No debemos ni caer en el cinismo, en el pensar que el evangelio es un engaño o una utopía irrealizable, ni abandonar el camino de santidad emprendido, pero tampoco en la intolerancia fanática de los que juzgan a los demás y los echan de la Iglesia, y quieren una comunidad de santos y puros. Tenemos que aprender a atajar el mal, para que no llegue a ahogar el grano, con lucidez y paciencia, dejando el juicio a Dios, y sin hacernos obradores de iniquidad o usar los medios ilícitos de los hijos del Maligno.
Muchos hoy dicen ‘Cristo sí, la Iglesia no’, pero decir esto manifiesta cierta inmadurez humana y no haber leído el mensaje de Jesús ni entendido la realidad de la Iglesia. Si Cristo quiso fundar una Iglesia, quiso fundar esta Iglesia, una Iglesia como realidad visible y presente en este mundo, no una utopía o una comunidad ideal inexistente e imposible de realizar. La misma elección de los apostoles, personas sencillas, con muchos defectos, pecadores y traidores, así lo muestra. La Iglesia, al estar en este mundo, participa de la ambigüedad de este mundo. Pero también al estar en ella el Señor y actuar a través de ella, hace también presente en este mundo de una forma misteriosa, quizás paradójica, pero real, el reino de Dios. Es lo que Jesús enseña con las otras dos parábolas que se nos han proclamado hoy, la de la levadura y la del grano de mostaza.
Y en este dinamismo de la Iglesia que hace visible y presente el reino de Dios en este mundo estamos insertados nosotros. Se nos pide ser grano, ser justos e hijos del reino, haciéndolo presente con las buenas obras, no dejándonos vencer con el mal presente en el mundo y en la Iglesia, sino al contrario,  venciendo el mal con el bien, como nos enseñó y mostró el Maestro. Sabiendo que el bien al final triunfará como ya ha tenido lugar con la resurrección del Señor que es anticipo de la victoria final de los hijos de Dios. Aprendiendo a ser tolerantes y a tener paciencia con los miembros más débiles de la Iglesia, sabiendo que el Señor es el que juzga y hace justicia y que Él puede hacer ‘de las piedras hijos de Abraham’ y ‘levantar del polvo al desvalido para sentarlo con los príncipes de su pueblo’.

sábado, 9 de julio de 2011

El momento de la gracia. Caravaggio, la vocación de San Mateo y el arrepentimiento

Reflexiones teológicas a partir de algunas obras de Caravaggio (2)

Alrededor de 1595, cuando la fortuna le empezó a sonreír y se había instalado en casa del prelado Pandolfo Pucci en Roma, Caravaggio pinta el Muchacho mordido por un lagarto, en el que representa a un joven en el preciso momento de ser mordido por el animal. La expresión del rostro del muchacho y la tensión al retraer por reflejo la mano, vehiculan magistralmente al espectador, es decir, a nosotros que miramos la obra y hemos experimentados cosas análogas, ese instante de intenso y súbito dolor. Pero la cara del joven refleja también cierta ambigüedad, cierta sensualidad, que es reforzada por la flor en su oreja y el hombro descubierto. Algunos críticos dicen que el modelo que utilizó Caravaggio para pintar este lienzo proviene del ambiente de la prostitución de Roma, como en el caso de otras obras del artista,  y que quizás el cuadro no sólo quiere representar el dolor de una mordedura de animal, sino de forma alegórica algo más profundo, como es esa unión misteriosa y simultánea entre el dolor y el placer en el amor pasional y la sexualidad. De todas formas, la gran novedad de esta obra, la verdadera innovación, una auténtica revolución en la pintura, es haber introducido la instantánea.
Y una ‘instantánea’ es también la obra de la que nos queremos ocupar, La Vocación de San Mateo, pintada entre 1599 y 1600, que se encuentra en la capilla Contarelli de la iglesia de San Luis de los Franceses de Roma. Esta capilla está en la nave lateral izquierda de la iglesia y recibe su nombre del cardenal Mathieu Contreil (Matteo Contarelli, en italiano), que la compró y que quería dedicar a su patrono, San Mateo, apóstol y evangelista. El cardenal francés murió en 1585, veinte años después de comprar la capilla y quince antes de que Caravaggio pintara los lienzos. Había dejado a su albacea instrucciones precisas para su decoración: quería para encima del altar una representación de san Mateo escribiendo su evangelio; otra, en la pared a la derecha del altar, del apóstol sentado en una mesa recaudando impuestos que se levanta cuando Jesús pasa y lo llama al apostolado, y en la pared de enfrente su martirio mientras celebra misa. Después de varias vicisitudes, después de que el artista al que en un principio se había encargado la obra no la hiciera y diera de largas, después de que el mismo albacea del cardenal muriera, ya con la cercanía del año santo de 1600 y con las disputas y celos entre los franceses y españoles residentes en la Ciudad Eterna, y por la intervención del cardenal del Monte y otros protectores del artista, el encargo finalmente recayó en Caravaggio que firmó el contrato para su ejecución el 23 de julio de 1599. Era el primer gran encargo que recibía el artista y toda Roma iba a poder admirar su pintura. Caravaggio era consciente de ello. Terminó las obras con algunos meses de retraso respecto a lo estipulado, colgando primero el martirio de san Mateo y poco después la vocación del apóstol. El artista había empezado pintando el martirio, pero interrumpió este trabajo para pintar la vocación y después de terminado éste volvió para acabar el primero que retocó varias veces como muestra el estudio del lienzo con rayos X. Como era der esperar, estas obras causaron mucha sensación en Roma cuando fueron colgadas en la capilla y como iba a ser una constante con otros lienzos de Caravaggio, dieron lugar a una enconada división entre admiradores y detractores del pintor. De todos modos, a causa de estos lienzos, Caravaggio se volvió un pintor famoso y conocido y podía aspirar a otros importantes encargos. Sin embargo, lo que iba a causarle problemas y forzarlo a huir de Roma era su vida disoluta y violenta con frecuentes peleas y acusaciones de asesinato.
El lienzo representa el momento de la vocación de San Mateo. Es una ‘instantánea’ parecida a la del Muchacho mordido por el lagarto y con la misma intensidad de ésta. Pero aquí la obra quiere situar al espectador ante ese momento del paso de la gracia, ese kairós salvífico en el que el Señor pasa y llama a ser sus discípulos. De la mordedura de un lagarto todos tenemos experiencias análogas que nos hacen entender bien la obra, facilitan que nos identifiquemos con el protagonista y que surjan emociones. En cambio, de la vocación cristiana parecería en un principio que la mayoría de nosotros no tenemos una experiencia comparable a la de san Mateo. Sin embargo, esto no es verdad. La vocación cristiana es universal, todos somos llamados, aunque esta llamada muchas veces pase desapercibida o sea ignorada, a sabiendas o no. Es esto lo que logra representar Caravaggio en este lienzo y en lo que radica la genialidad teológica de esta obra de arte. Es lo que hace que sea actual también para nosotros hoy y que nos interpele al contemplarla.
Los recursos que utiliza el pintor para conseguir esto son los que hacen de él un grande de la pintura de todos los tiempos. En primer lugar el uso magistral de la luz para guiar la mirada del espectador; luz que viene de la parte superior derecha del lienzo y no de la ventana como cabría esperar. Como en otras obras religiosas de Caravaggio, la luz representa la gracia que vence las tinieblas. Ella proviene de la espalda de Cristo e ilumina de forma diferente los rostros de los personajes. En segundo lugar, tiene el pintor la osadía de situar la escena bíblica en un contexto contemporáneo a él, como podía ser el ambiente de una taberna que él conocía bien. Dos cuadros anteriores del pintor, Partida de carta y La buenaventura parecen servir de material para esta nueva obra y ser evocados por ella. Por otro lado, Enrique IV, rey de Francia, se había convertido poco antes a la fe católica, y este acontecimiento tan importante para Europa lo era más aún para los franceses residentes en Roma que tenían como su lugar de culto la Iglesia de San Luis de los Franceses, su Iglesia nacional. Seguramente estaba presente en la mente del artista este hecho al pintar el cuadro de la vocación de san Mateo para esta iglesia romana.
Los personajes con distintas edades, sentados alrededor de una mesa y vestidos con ropajes de la época de Caravaggio muestras actitudes distintas. Uno está reclinado sobre las monedas, ajeno al paso de Jesús y san Pedro, demasiado preocupado con el dinero para mirar hacia arriba; quizás una representación del joven rico del evangelio incapaz de renunciar a sus riquezas para seguir al Maestro. Otro de más edad lleva gafas, y aunque iluminado por la gracia, sigue mirando las monedas, ciego para ver y acoger el paso de la salvación por su vida. Los dos más jóvenes, miran hacia la luz, hacia Jesús y Pedro, uno acercándose con curiosidad y el otro retirándose sorprendido. Mateo, el Leví recaudador, con una moneda metida en el ala de su sombrero, pregunta si es a él al que se dirige el Señor. Jesús, apunta con el dedo hacia el futuro apóstol, en un gesto que recuerda la representación de la creación de hombre de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y con los pies se dirige ya hacia la salida. Más que el dedo de Adán, con la idea de Cristo como segundo Adán, yo diría que es el dedo creador de Dios, ya que la vocación es como una nueva creación: el Leví recaudador de impuestos pasa a ser Mateo, apóstol y evangelista. La figura de Pedro, que cubre casi totalmente a Cristo y que está vestido de forma distinta de las demás figuras, con los pies descalzos, fue añadida después por el pintor, como muestran los estudios con rayos X del lienzo. Su forma de vestir de peregrino puede indicar su pobreza, y ya sabemos que Caravaggio era por lo menos simpatizante del movimiento de su época que reclamaba una Iglesia más pobre y parecida a la apostólica. Pero puede también indicar su atemporalidad respecto a la escena contemporánea, sugiriendo que la llamada es permanente, para todos los tiempos. Pedro representa a la Iglesia que media entre el Señor y los hombres y que repite el mismo gesto de Jesús. El añadido de la figura del Príncipe de los Apóstoles en una fase tardía de la realización de la obra, como también la riqueza gestual del lienzo que evoca los signos sacramentales, no sorprende en el contexto de la Contrarreforma y del Jubileo del año 1600 que quería ser una apoteosis de la Iglesia Católica y del papado.
La narración de la vocación de Mateo está presente de forma casi idéntica en los tres evangelios sinópticos, con la diferencia que en Marcos y Lucas se llama al recaudador de impuestos Leví. La versión del evangelio de san Mateo, es decir de la misma persona que según la tradición fue el que llamó Jesús a que le siguiera es la siguiente:
“Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Él se levantó y lo siguió.” (Mt 9, 9).
Sorprende y emociona constatar como Caravaggio haya logrado en este lienzo comentar y actualizar para nosotros que contemplamos su obra un texto tan escueto pero tan importante del evangelio. Jesús pasa por nuestra vida, se hace presente en lo más ordinario y a veces sucio de nuestra existencia, trae su luz y nos ilumina, e independientemente de nuestro pasado nos llama a seguirle. Sin embargo, puede que no nos demos cuenta de esta luz y que perdamos el momento en que la gracia pasa por nuestra vida.

Y todo esto nos lleva casi espontáneamente a pensar en un tema muy importante para nuestra felicidad y que tiene que ver con ese sentimiento que surge por las ocasiones perdidas en nuestra vida, por aquellas veces que por miedo o soberbia no hemos seguido un camino que se abría delante de nosotros y que hoy pensamos que hubiese sido lo que teníamos que haber hecho, lo nuestro, lo que Dios quería, lo que nos hubiese hecho feliz. Pudo ser una oportunidad de un trabajo distinto, de una nueva relación, de un amor, pero también de una vocación religiosa, de una llamada sentida en lo profundo a ser sacerdote o a consagrar nuestra vida por el Reino de Dios.
Es curioso que en castellano no distingamos entre este sentimiento y otro parecido, pero que se refiere a una situación casi opuesta, es decir, a cuando hemos hecho algo que  lamentamos haber hecho. Para los dos tipos de situaciones y sentimientos usamos en castellano las palabras ‘arrepentimiento’, ‘remordimiento’, ‘pesar’..., sin diferenciar entre ellas, mientras que en otras lenguas, sí se hace, por ejemplo en italiano se utilizan respectivamente ‘rimpianto’ y ‘rimorso’, y con menos claridad en ingles ‘regret’ y ‘remorse’.
Maud Muller, mira hacia el pasado,
laméntando lo que no hizo
y pensando en lo que pudo ser
¿Qué hacemos cuando surge en nosotros este sentimiento de arrepentimiento por algo que pudo ser y no fue? Este sentimiento puede ser desgarrador, puede volver una y otra vez, mantenernos prisioneros del pasado. Surge normalmente con más fuerza cuando menos contentos estamos con nuestro presente. O cuando tenemos envidia por otros que sí han seguido ese camino y aparentemente son más felices que nosotros... Para superar este sentimiento tan negativo, para vencerlo y que no nos domine, necesitamos encontrar una respuesta cognitiva, un pensamiento con el que podernos enfrentar al mensaje que este sentimiento trasmite, y que es que somos unos fracasados, que hemos perdido la oportunidad que se nos ha dado, que este tren pasa solo una vez en la vida y que no volveremos a tener una oportunidad semejante, que ya no vale la pena nada que hagamos... No parece suficiente aprender a convivir con este sentimiento, necesitamos alguna respuesta a lo que nos dice y nos machaca.
Delante de esta obra de Caravaggio, mirando a san Mateo que responde a la llamada del Maestro y al joven que se queda curvado sobre las monedas, nos surgen estos pensamientos. Y quizás en este mismo lienzo, por ser una gran obra de arte, encontramos también alguna pista para buscar una respuesta a este sentimiento tan desagradable que con frecuencia nos asalta. Pero antes de darla, sería bueno que los lectores de este blog opinaran y digan si tienen este tipo de arrepentimiento y cómo se enfrenan a él.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

lunes, 4 de julio de 2011

"... yo os aliviaré"

Homilía 3 de julio 2011
XIV Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
Santo Tomás, apóstol

Cerro de los Ángeles
El viernes pasado, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, fui al Cerro de los Ángeles con un matrimonio de la parroquia para celebrar esta fiesta, que este año coincidía con el primer viernes de mes y con la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor, que se conmemoraba antes el uno de julio. Javier, el marido, hizo que prestara atención a una frase esculpida en la fachada de la cripta debajo del monumento al Sagrado Corazón, que es la misma frase del evangelio de hoy pero en una versión algo distinta, una traducción literalmente más cercana al original griego: “Venid a mí todos los que trabajáis y vivís agobiados que yo os aliviaré”. Estas palabras esculpidas en piedra y algo distintas de las habituales me hicieron caer en la cuenta, como pasa con frecuencia cuando algo es diferente a lo esperado, de su importancia y el consuelo que nos pueden dar.
Es verdad que estamos cansados y agobiados, fatigados y sobrepasados, por muchas cosas y circunstancias, por nuestras responsabilidades y por nuestros miedos, por los compromisos asumidos, por el trabajo o el estudio, por las dificultades en nuestra familia o con nuestros amigos, por la falta de dinero o por el miedo a que nos falte, por las cosas que tenemos que hacer o que creemos que tenemos que hacer…
También la religión muchas veces, en vez ser motivo de paz, consuelo y liberación, se vuelve causa de angustia y preocupación, sobre todo cuando se vive como deber —como cumplimiento obligado — y con miedo. Así la vivían aquellos a los que se dirige Jesús en el evangelio de hoy, que la sentían como un carga pesada y un yugo imposible de llevar, con sus muchas leyes que había que cumplir para estar a bien con Dios. Jesús se dirige a ellos y les invita a cargar con su yugo que sí es llevadero y con su carga que es ligera. Jesús nos trae la nueva alianza, una nueva forma de relacionarnos con Dios, como hijos y no como esclavos. En el signo que hace en las bodas de Caná nos muestra esto, al cambiar el agua que servía para cumplir con los ritos de la antigua alianza en el vino bueno de la nueva, vino que representa el Espíritu que es la nueva de ley de los cristianos y que derrame en nuestros corazones el amor de Dios. Jesús nos dice en este evangelio tan importante para penetrar en su conciencia más íntima, que Él es el Hijo y que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Como es el Hijo nos revela al Padre, nos muestra su amor misericordioso, y nos da su Espíritu para que vivamos como hijos nosotros también. En esto consiste esa carga ligera y yugo llevadero que nos ofrece y que sustituye a las tantas leyes del judaísmo. Pero también sustituye a las tantas leyes que surgen en cualquier religión cuando ésta se desvirtúa y se vuelve una religión del cumplimento y del deber, y sustituye también las tantas normas que nos autoimponemos para sentirnos bien y que en cambio nos esclavizan. ¡Qué daño nos puede hacer una autoexigencia excesiva impulsada por un complejo de culpa o una ambición desmesurad! ¡Cómo nos puede agobiar!
Lo que de verdad nos alivia, el agua viva que calma nuestra sed que parece insaciable, es el amor de Dios que se nos revela y hace presente en el corazón humano de Jesús. Debemos beber de esta fuente inagotable, recostar nuestra cabeza en su pecho humano-divino como hizo el apóstol Juan en la Ultima Cena, descansar en Él. En cuanto lo hagamos con fe, con la sencillez de los pequeños a los que Dios revela los secretos del Reino, con un corazón manso y humilde como el de Jesús, experimentaremos como nuestras preocupaciones y miedos se diluyen y nos inunda una paz que el mundo no nos puede dar.
enlace
Es lo que experimentamos también en momentos intensos de de oración. Con el mismo matrimonio con el que fui el viernes al Cerro de los Ángeles, participé el sábado en la Asamblea Nacional de la Renovación Carismática Católica en Madrid. Cuando al terminar el momento de adoración eucarística el ostensorio con el Santísimo pasó por en medio de la asamblea, como hace más de 2000 años pasaba Jesús por los caminos de Tierra Santa sanando y liberando, pudimos sentir ese alivio que sólo el Señor puede dar. Pudimos descansar en Él, dejando que Dios fuera Dios, como cantábamos en ese momento, reconociendo nuestra verdad y aprendiendo a ser humildes. ¡Cómo nos quita la paz nuestra soberbia y el creernos más de los que somos!
Caravaggio (1602)
Hoy celebramos también la fiesta de santo Tomás, el apóstol incrédulo que tuvo la dicha de palpar con su dedo el costado abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua, de donde se derramó sobre todos nosotros el amor de Dios, de donde surgió la Iglesia con sus sacramentos. Cuando lo hizo exclamó: “Señor mío y Dios mío”, una plena profesión de fe. Desde ese momento su vida cambió por completo: encontró la paz que andaba buscando, la verdadera vida que anhelaba, y se hizo testigo de la buena noticia; según la tradición llegó hasta la India para evangelizar. Pero Jesús proclama dichosos, a diferencia de Tomás, a los que creen sin haber visto, es decir, a nosotros que creemos en el amor de Dios y queremos beber con fe de las fuentes del Salvador para encontrar nuestro alivio y descanso.

lunes, 27 de junio de 2011

La verdadera comida y bebida

Homilía 26 de junio 2011

Solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (ciclo A)
Día la Caridad
San José María Escrivá


Tabgha
Hay grandes regalos que el Señor que nos ha hecho o nos hace continuamente y que posiblemente no valoramos ni agradecemos lo ‘justo y necesario’. Quizás porque nos acostumbramos a ellos, porque caemos en la rutina de disfrutar de ellos como algo normal, casi llegamos a pensar que nos son debidos, que son algo ordinario y no excepcional, quizás hasta creemos que el tenerlos es mérito nuestro. Esto nos pasa con muchas cosas de nuestra vida de todos los días, de nuestra vida ‘ordinaria’, que en el fondo, mirada bien, no es ‘ordinaria’ sino ‘extraordinaria’: el hecho mismo de existir, de ser, de tener vida; nuestra familia y amigos; nuestras relaciones; la salud, el trabajo, el amor, que cuando nos faltan nos damos cuenta lo importante que son. Pero también vale lo mismo para los dones espirituales: la fe, la relación con el Señor, el conocer a Dios, y, de un modo especial, la Eucaristía, que es lo que celebramos hoy.

¡Qué gran regalo es la Eucaristía! ¡Qué idea tan ‘genial’ tuvo Jesús en la Última Cena con sus discípulos —  de una genialidad claramente divina—, de inventarse este sacramento, este signo e instrumento de la unión con Él y de la unión entre nosotros, con el que lo hacemos realmente presente y renovamos su sacrificio de amor! Jesús sabía que su muerte estaba ligada a la terminación del culto del Templo de Jerusalén y al comienzo de un nuevo culto en ‘espíritu y verdad’, a un nuevo sacrificio, que llevaría a cabo definitivamente lo que los antiguos sacrificios no conseguían: la purificación del hombre y la reconciliación con Dios. Este sacrificio puro y perfecto del Siervo de Dios en la cruz, ofrecido una sola vez para siempre, se renueva por nosotros en la Eucaristía. Pero, ¡qué fácil es no valorar y agradecer este regalo y no vivir consecuentemente , de forma que nuestra vida se corresponda al don recibido!

Detalle del mosaico
Es contra este peligro que pone en guardia Moisés a su pueblo antes de cruzar el Jordán y entrar en la Tierra Prometida, como hemos escuchado en la primera lectura del Libro del Deuteronomio. El pueblo estaba a punto de disfrutar de esa tierra tan rica a y fértil que Dios había prometido a sus padres y en la que no le iba a faltar nada, pero corría el grave peligro de que viviendo en la abundancia, se olvidara de Dios y de su gracia, se creyera que poseer la tierra no era un regalo sino algo debido, algo fruto de sus propios méritos. Podía incluso olvidarse de que vivir en esa tierra implicaba ser fiel al Señor y a la alianza con Él. Moisés exhorta entonces al pueblo a recordar el camino recorrido, lo que Dios ha hecho, la liberación de Egipto y el maná del desierto, el proceso de prueba y purificación por el que ha tenido que pasar antes de entrar en posesión de esa tierra. Como Dios lo ha ido instruyendo para que aprendiera que ‘no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios’.

En el evangelio se nos dice algo de lo que significa el gran regalo de la Eucaristía que el Señor nos ha hecho. Jesús, hablando en la sinagoga de Cafarnaún sobre el pan de la vida, dice del que come de ese pan, que es Él mismo, su carne entregada por la vida del mundo, que ‘vivirá para siempre’, que ‘tiene vida eterna y será resucitado en el último día’, que ‘habita en el Señor y el Señor en él y que vivirá por Él’. Éste es el verdadero alimento que anhelamos y que nos libra de la muerte eterna. Dice bellamente santo Tomás de Aquino que es lo que Cristo ‘dejó a los suyos como consuelo en las tristezas de su ausencia’.

Sin embargo, la Eucaristía no sólo nos une con el Señor, sino también con los hermanos, con los que comparten el mismo pan. Algunos recordamos ocasiones cuando el padre de familia en una comida familiar partía un mismo pan y daba un trozo a cada uno de los que estábamos sentados a la mesa. Algo parecido debió hacer Jesús con los discípulos de Emaús que llevó a que se les ‘abrieran los ojos’ y lo reconocieran ‘al partir el pan’. Este comer un mismo pan crea una unión profunda entre los comensales. Esto vale de una forma muy especial para la Eucaristía. Impresiona sentir en reuniones entre cristianos la unión profunda que existe entre los participantes, aunque no se conozcan personalmente y sean distintos según su extracción social, su procedencia, su cultura, etc. Una unión que supera muchas barreras y que va más allá de simpatías personales y de reacciones humanas. Es una unión que tiene su fundamento en Jesús,  en la Eucaristía,  con la que nos unimos a Él y formamos un sólo cuerpo, una unidad orgánica. Es lo deseamos experimentar en la Jornada Mundial de la Juventud que celebraremos en Madrid en agosto. Es lo  que san Pablo afirma en la segunda lectura, haciendo un paralelismo entre los cultos idolátricos con su carácter demoniaco y la comunión cristiana: el pan que partimos es comunión del cuerpo de Cristo y ya que ‘el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan’. Por eso el Día del Corpus es un día muy apropiado para ser también el día de Cáritas, el día de la institución de la Iglesia que se ocupa de animar y organizar la ayuda entre los hermanos que comparten la Eucaristía.


lunes, 20 de junio de 2011

“...en Él vivimos, nos movemos y existimos”


Homilía 19 de junio 2011

Solemnidad de la Santísima Trinidad (ciclo A)

Día Pro orantibus



Muchos hoy, cuando se les pregunta si creen en Dios, dicen que son agnósticos, quizás sin saber muy bien lo que significa, pero les suena menos ‘radical’ que declararse no creyentes o ateos. Y en parte tienen razón. El agnóstico a diferencia del ateo, no niega explícitamente la existencia de Dios, sino niega que se le pueda conocer, que sea accesible a nuestra razón, y, por tanto, piensa que lo mejor que podemos hacer sobre lo divino es callarnos.

caraacara.blogspot.com
                Esta forma de pensar no es nueva. Ya San Pablo se enfrentó a ella en el Areópago de Atenas. En su discurso en ese lugar hace referencia al Dios desconocido al que los atenienses habían construido un altar, y que es "el Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene" y que “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Dios creó a los hombres para que lo buscasen, “a ver si, al menos a tientas, lo encontraban”. Y finalmente se nos ha revelado plenamente en Cristo, que con su resurrección ha sido designado juez de todos, termina afirmando el apóstol (Hch 17, 19-33).

                En nuestro contexto agnóstico, la fiesta que celebramos hoy de la Santísima Trinidad, nos invita a no caer en el escepticismo tan presente en la cultura que nos rodea. Aunque es verdad, en contra de lo que piensan los agnósticos, que podríamos llegar a saber algo de Dios con nuestra sóla razón como dijo san Pablo en Atenas y la Iglesia en el Concilio Vaticano I, Dios mismo nos ha venido al encuentro, ha tomado la iniciativa, se nos ha revelado, se nos dado a conocer y esto a través de su Hijo único. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16), hemos escuchado en el evangelio de hoy. El mismos evangelista, Juan, dice en el prólogo: “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Unigénito que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a  conocer” (Jn 1, 18). Y también en el mismo evangelio, en la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena, el Señor dice: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3) . Por tanto, Dios mismos se nos ha revelado, se nos ha dado a conocer en el Hijo, y en conocerle a Él, en el sentido profundo que tiene esta palabra en la Biblia, que indica no sólo conocimiento intelectual sino también comunión de vida, está la vida eterna.

La Trinidad de Andréi Rubliov
                La Iglesia llegó a formular la doctrina trinitaria, del Dios uno y trino, tres Personas y una sola naturaleza, a partir de su experiencia de Dios, de como Dios se había manifestado. La experiencia cristiana de Dios es de un Dios único, ‘pero no solitario’ como afirmó un Concilio de Toledo celebrado en el siglo VII, un Dios que ha salido de sí mismo y se nos ha entregado en el Hijo y que a su vez nos envía el Espíritu, vínculo de unión entre el Padre y el Hijo, para que también nosotros participemos de la vida divina. La doctrina de la Trinidad está muy ligada a esa casi-definición de Dios que encontramos también en los escritos de San Juan: “Dios es amor”. Si es amor, aún siendo uno, sale da sí mismo hacia el Otro y lo genera para darse totalmente a Él. Una buena forma de pensar en la Trinidad es como una comunión de personas tan intensa que se vuelven una, una comunión de personas que debe servir de modelo para nuestras familias, nuestras comunidades y para Iglesia entera, llamada a ser una comunión de comunidades, no una unidad uniforme, sino una unidad en la diversidad.

                Estando hace tiempo en Estados Unidos, en un partido de baseball, salió en un momento en el tablón luminoso del estadio un nombre en inglés y unos números: John 3: 16, Juan 3, 16. Me sorprendió mucho y quedé muy intrigado, porque en un principio no sabía a qué frase del evangelio de Juan hacía referencia, y por qué se le daba tanta importancia. Cuando me enteré de la frase me di enseguida cuenta no sólo de diferencia entre la cultura de Estados Unidos — modelo de verdadera libertad religiosa — y la nuestra, sino también del significado de esa frase. Es un resumen de la buena noticia del evangelio y es la primera frase del evangelio de hoy que antes también citaba: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Esta afirmación de Jesús en su coloquio nocturno con Nicodemo puede, en un momento dado, cambiar nuestra vida. y es bueno que de vez en cuando la traigamos a la memoria.

                Nosotros nos encaminamos hacia la vida eterna en la que gozaremos para siempre de la intimidad con Dios, pero ya ahora en nuestro peregrinar por esta tierra pregustamos algo de ella a través de nuestra vida de comunión en la fe con las tres Personas divinas. Vivimos nuestra vida de cara al Padre, unidos a Jesucristo y configurados a Él, y esto gracias al Espíritu que inhabita en nosotros.

Hoy celebramos también la Jornada Pro orantibus, ‘Por los que rezan’, es decir, por los contemplativos. Ellos, movidos por su unión con el Dios uno y trino que sienten en lo más íntimo de su ser y que quieren cultivar, han elegido la parte mejor como Jesús dice de María de Betania, y emplean su vida en la alabanza, en la acción de gracias y en la intercesión por nosotros en unión al único y eterno sacerdote. Demos gracias a Dios por tantos hermanos nuestros que rezan continuamente por nosotros, pedimos por las vocaciones a la vida contemplativa tan importantes para la Iglesia, y agradecemos a Dios este don que es anticipo y signo de la vida eterna que se nos promete.

jueves, 16 de junio de 2011

La caridad, Caravaggio y las siete obras de misericordia

Reflexiones teológicas a partir de algunas obras de Caravaggio (1)


Retrato de Caravaggio
Michelangelo Merisi (1581-1620), natural del pueblo de Caravaggio, cerca de Bergamo, en la región italiana de Lombardía — ‘Caravaggio’ como él mismo quiso que se le llamara —, no sólo fue un pintor revolucionario para su época, con su uso tenebrista del claroscuro, con su interpelante realismo en oposición al manierismo elitista de su tiempo, sino también es un artista que nos lleva a ver en una luz distinta importantes temas teológicos. Su vida y su pintura fue motivo de escándalo en su tiempo, creando fuertes y violentas divisiones entre partidarios y detractores, y hoy también su obra no nos deja indiferentes.

                Deseo tomar en consideración algunas de sus obras más señaladas que nos interpelan sobre temas fundamentales de nuestra fe y vida cristiana como, por ejemplo, la vocación, la redención y el papel de María en ella, el ejercicio de la caridad...

Interior de la Iglesia del
Pio Monte de la Misericordia
                Empezando por esto último, fue un obra de Caravaggio sobre este tema, con la que me ‘crucé por casualidad’ una tarde en un paseo por la Nápoles antigua, la que despertó mi interés en este gran pintor de los comienzos del barroco. El lienzo representa las siete obras de misericordia y se encuentra en el retablo del altar mayor de la Iglesia del Pio Monte de la Misericordia que era una institución benéfica, fundada en 1601 por siete jóvenes aristócratas.

Las siete obras de misericordia
                En el cuadro, realizado en pocos meses, entre octubre (o noviembre) de 1606 y enero de 1607, se representan en el mismo espacio y tiempo las siete obras de misericordia corporales, como si tratara de una escena en una de las callejuelas de Nápoles, quizás la misma donde se situaba la asociación benéfica que comisionó la obra. En la parte superior del cuadro hay una apertura a la trascendencia ('rompimiento de la gloria'), con la Virgen y el Niño que miran con ternura la escena humana que tiene lugar a sus pies y proyectan su luz sobre los muros de la cárcel. La Virgen, pintada en una fase adelantada de la obra, es a la Madonna della Misericordia que inicialmente dio título al cuadro, y a la vez la Madonna del Purgatorio por la que había mucha devoción en Nápoles. En la parte superior también están dos ángeles, uno de ellos con la mano extendida en alusión al juicio final. Pero ninguno de los personajes de abajo mira hacia arriba, ni tiene una mirada de esperanza. Más bien las caras muestran angustia, preocupación, miedo... Los actos de caridad que llevan a cabo parecen de lo más ordinario y realizados no por inspiración divina sino de forma natural. Aún así, la gracia divina está presente e incumbe también el juicio divino. El pintor, junto a representar una verosímil escena de una calle de la Nápoles donde residió poco tiempo huyendo de Roma, una ciudad bulliciosa, cosmopolita, con un enorme contraste entre ricos y pobres y donde los muertos podían permanecer en las calles si nadie se ocupaba de enterrarlos, también hace alusión a personajes bíblicos y mitológicos, y a santos, como Sansón, San Martín, Santiago, Cimón...
                Según el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica las obras de misericordia corporales son siete:

·         Visitar y cuidar a los enfermos.

·         Dar de comer al hambriento.

·         Dar de beber al sediento.

·         Dar posada al peregrino.

·         Vestir al desnudo.

·         Redimir al cautivo (visitar a los encarcelados).

·         Enterrar a los muertos.

En el lienzo se representan estas siete obras de misericordia con un realismo que desborda e interpela, muy distante de los idealismos que eran comunes en la pintura de la época de Caravaggio, sin representar a ricos que ayudan a pobres — como quizás esperaban los aristócratas del Pio Monte della Misericordia que habían encargado la obra y que atendían a los enfermos en el famoso hospital de los Incurables de la ciudad —, sino a pobres que ejercen la caridad con otros pobres y pintados como vestían en tiempos del artista. Sin embargo, en esta situación y ambiente, entre estas personas, se hace presente Dios. Esta es la gran genialidad de Caravaggio y el fundamento de la revolución que introdujo en el arte sagrado de su época: el realismo desgarrador en el cual y a través de cual transcurre la historia de la salvación.

Las obras de misericordia corporales hacen referencia y surgen de un texto del evangelio de san Mateo sobre el juicio final:

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras, y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces diré el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?;¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá. “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo los hicisteis”: Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaros de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer...” (Mt 25, 31-46).

En este texto evangélico las obras son seis y se repiten cuatro veces y son las que constituirán la base del juicio divino. El hecho de que se repitan cuatro veces indica la importancia de las mismas, en su concreción, e impide que se pueda interpretar este texto de un modo demasiado general. Todas estas acciones eran importantes para la sobrevivencia en la Nápoles de inicio del siglo XVII, junto con la de enterrar a los muertos que ya en la época medieval se añadió a la lista de la obras de misericordia corporales. Hay que ejercer la caridad con acciones concretas, nos parece decir esta obra, sin mirar mucho al cielo. Por otro lado, este cuadro se pinta en la época de la contrarreforma, cuando la Iglesia después del Concilio de Trento quiere resaltar contra los protestantes que la “fe sin obras está muerta”.

Detalle del lienzo
                Sin embargo, lo que más impresiona e interpela de este lienzo, lo que llama enseguida la atención y provoca, o escandaliza a algunos, es la figura de la mujer joven que amamanta a un viejo que está detrás de unas rejas. Sobre estas dos figuras converge mucha luz, luz que también proviene de las figuras en la parte superior del cuadro, es decir, luz divina signo de la gracia, según la técnica del claroscuro de Caravaggio. Estas figuras representan a la vez dos de las obras de misericordia, la de dar de comer a los hambrientos y la de visitar a los presos. La mujer mira con cara de preocupación o angustia, emitiendo un grito o preparada para hacerlo, y con su falda hace de biberón al viejo. De la cara del viejo sale también mucha luz, como si renaciera a la vida, y en su barba pueden verse algunas gotas de leche. La idea en la que se fundamenta esta representación es una historia conocida como ‘caridad romana’, que se encuentra en la obra del escritor Valerio Máximo De la piedad de una hija con su padre (Factoruum et Dictorum, IV, V, 4). La historia trata de una matrona romana de nombre Pero que salva la vida de su padre moribundo, Cimón, condenado a muerte por hambre, dándole de mamar de su pecho. Es una historia de amor filial, pero la genialidad ‘teológica’ de Caravaggio está en haberla asociado a las obras de misericordia, lo que no se había hecho antes, y proponerla como modelo de caridad cristiana.

                Esto puede escandalizar a algunos de mentalidad ‘burguesa’ o puritana que dudarán si dar de la propia leche a un padre en esa situación se pueda considerar un acto de caridad, o más aún, ponerlo como modelo de la caridad de Cristo. De hecho, algunos críticos han tachado la mujer de ‘histérica’. Sin embargo, yo sí creo que es una excelente representación de la caridad, una representación que nos provoca, ya que la caridad que nos ha mostrado el Señor y que tiene para con nosotros va más allá de las convenciones, de las ‘buenas maneras’ y hasta de la leyes religiosas. La caridad no tiene límites más que el bien del otro, no tiene una ley que la pueda encasillar. Las caridad nos puede pedir en algunas circunstancias que vayamos contra las leyes más sagradas y hasta que aparentemente nos separemos de Dios.

                Algunas palabras de la Escritura son prueba de ello y este cuadro de Caravaggio nos ayuda a entenderlas, por escandalosas que sean, y a evitar interpretaciones tranquilizadoras que les quitan su fuerza:

Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición, porque está escrito: Maldito el que cuelga de un madero; y esto, para que la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús... (Gal 3, 13-14).

Digo la verdad en Cristo, no miento — mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne... (Rm 9, 1-3).

martes, 14 de junio de 2011

El don del Espírito. Necesario para ser cristianos.


Homilía 12 de junio 2011
Domingo de Pentecostés (ciclo A)



                “Hermanos: Nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”, acabamos de escuchar en la segunda lectura. Es el Espíritu que nos hace cristianos, nos hace aceptar la buena noticia del evangelio, nos hace reconocer en Jesús de Nazaret al Hijo de Dios, al Mesías, al Señor. Más aún, es el Espíritu que transforma nuestra interioridad y nos da la vida nueva que nace de la Pascua; nos da los sentimientos de Cristo, nos hace entender sus enseñanzas y nos hace capaces de vivirlas.
                Hoy terminamos este tiempo pascual, cincuenta días después del domingo de resurrección, haciendo memoria de ese acontecimiento que tiene lugar el día de Pentecostés y que se nos narra en la primera lectura: el Espíritu Santo baja sobre unos apóstoles miedosos y los empuja a predicar con valentía la buena nueva a todos los pueblos. Sin este acontecimiento el misterio pascual hubiera permanecido incompleto. Dios habría enviado su Hijo único que se entrega por nuestra salvación pero esto quedaría como algo externo a nosotros, que no nos transforma, no nos salva. Es el Espíritu que trae a nosotros los frutos de la Pascua y nos cambia desde dentro, como convierte las especies eucarísticas en el cuerpo y la sangre del Señor.

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                Es paradójico que el Espíritu es ‘el gran desconocido’ y al mismos tiempo el más cercano a nosotros. Los teólogos hablan del Espíritu como una de las Personas divinas de la Santísima Trinidad, el vínculo de unión entre el Padre el Hijo, el amor que une a los Dos y que es Persona divina y se desborda saliendo de la Trinidad para llegar hasta nosotros, hasta nuestro corazón. La Escritura más que hablar de su naturaleza, su esencia, usa imágenes para describirnos sus efectos, lo que hace en nosotros y en la Iglesia. Así se nos dice que es viento, fuego, agua, paloma, etc.

Cuando sentimos lo difícil que es ser cristianos, vivir las enseñanzas de Jesús, perdonar a los que nos han ofendido, construir unidad en nuestro entorno, en nuestro matrimonio, en nuestra familia, en nuestra comunidad... cuando sentimos que nos falta fe, esperanza y caridad... cuando notamos que no tenemos paz y que nos sentimos culpables y lejos del Señor... entonces es el momento de pedir el don el Espíritu que el Señor promete a quien se lo pide con fe. “Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?” (Lc 11, 13).

La tradición de la Iglesia, partiendo de un texto de Isaías aplicado a Jesús (11, 1-2), habla de los siete dones del Espíritu, que son concreciones del único don que es el Espíritu mismo y que nos ayudan a entender su acción en nosotros: sabiduría — el gustar de las cosas de Dios; inteligencia — poder entender la Palabra de Dios y las verdades reveladas; consejo — saber tomar las decisiones importantes de nuestra vida y las de todos los días; fortaleza — poder mantenernos fieles y fuertes en el seguimiento del Señor; ciencia — saber ver y valorar las cosas del mundo según Dios; piedad — sentirnos hijos de Dios; temor de Dios — ser conscientes de la trascendencia de Dios y de que somos criaturas suyas.

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También nos enseña la tradición de la Iglesia los doce frutos del Espíritu, tomando como referencia un texto de San Pablo en su carta a los Gálatas, donde contrapone el hombre que se deja arrastrar por la ‘carne’, es decir, por la concupiscencia, el egoísmo y la soberbia, y el hombre que camina según el Espíritu. Las obras de la carne son conocidas y comprometen nuestra entrada en el Reino de Dios — divisiones, rivalidades, idolatría, envidias, fornicación, borracheras, etc. —mientras el que se deja guiar por el Espíritu produce el fruto del Espíritu en él y los demás, que es: amor, alegría, paz, paciencia, longanimidad, bondad; benignidad; mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad (en la traducción de la Vulgata). Estos doce frutos nos ayudan a discernir si nos estamos dejando guiar por el Espíritu o por la concupiscencia. Cuando se mira desde fuera una relación entre amigos y aún más claramente la vida de un matrimonio, es bastante fácil darse cuenta si es el Espíritu que está mandando o el egoísmo y la soberbia. Cuando somos nosotros los que estamos implicados en esa relación puede ser más difícil, pero es un ejercicio que tenemos que hacer, quizás con la ayuda de un director.

Pero tampoco podemos olvidar los carismas a los que alude la segunda lectura de hoy, que son los dones del Espíritu para la edificación de la comunidad. El Espíritu siempre está dando a los miembros de la Iglesia estas cualidades que los hacen aptos para ejercer diferentes servicios, pero distinta cuestión es si ponemos estos dones a servicio de los demás o si, como el de la parábola que escondió el talento, los guardamos para nosotros. Yo estoy seguro que aquí entre nosotros el Espíritu ha sido muy generoso y ha dispensado muchas cualidades que pueden ser puestas al servicio de la comunidad y de la Iglesia: el don de enseñar y transmitir la fe, de animar con el canto la liturgia, de encargarse de la economía parroquial, de los servicios asistenciales y de caridad, de la catequesis, y quizás otros que superan el ámbito de la comunidad y están relacionados con la sociedad civil. Estos dones tenemos que utilizarlos con generosidad y sin falsa humildad para el bien de la Iglesia y la humanidad. Los carismas, a diferencia de los dones del Espíritu y los frutos de los que hablábamos antes, son dados gratuitamente no para uno mismos sino para los demás.

Pidamos hoy al Padre bueno, con la intercesión de María que se reunía en el cenáculo con los Apóstoles para rezar, el don del Espíritu, para que podamos ser cristianos y sentirnos y vivir como hijos suyos.

martes, 7 de junio de 2011

Mirar al cielo

Homilía 5  de junio 2011

Ascensión del Señor (ciclo A)


Tríptico románico de marfíl del siglo XI (Francia)
preguntasantoral.es
                Un momento muy señalado de la Misa es cuando el sacerdote, al comenzar la plegaria eucarística, antes de consagrara el pan y el vino, nos invita a levantar nuestros corazones: “Levantemos el corazón”; “lo tenemos levantado hacia el Señor” contesta la asamblea. ¡Ojalá fuera verdad no sólo en la celebración eucarística, sino también en nuestra vida diaria! Lo habitual es que tengamos nuestros corazones dirigidos a la tierra, a las cosas de aquí abajo, ocupado con los negocios mundanos y que se levante poco hacia lo alto, hacia donde está el Señor sentado a la derecha del Padre, hacia nuestra verdadera patria, hacia esa morada que nos tiene preparada el Señor. Quizás este es el motivo real por el que muchas veces nos sentimos tristes, apesadumbrados, frustrados, preocupados con tonterías que no llenan nuestro corazón y enfadados con nosotros mismos por dedicar tanto tiempo y energías a nimiedades,. ¡Qué sabias son esas palabras del Maestro: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”! Muchas veces consideramos nuestro tesoro lo que no lo es y esto nos aprisiona, nos esclaviza. San Pablo también nos dice que “si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3, 1-2).

                La primera lectura de hoy, fiesta de la Ascensión del Señor, nos narra que los apóstoles al ver a Jesús resucitado ascender delante de ellos ‘miraban fijos el cielo viéndole irse’. Se les presentaron entonces dos hombres vestidos de blanco que les dicen: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como lo habéis visto marcharse”. Estas palabras de los ángeles no son una recriminación a los apóstoles por mirar al cielo, sino indican que con la ascensión del Señor empieza una nueva etapa en la historia de salvación, la etapa de la Iglesia, de su misión en el mundo. Ahora el Señor estará presente de un modo nuevo y ellos tienen que anunciar el evangelio hasta los confines del mundo, hasta que Él vuelva. Pero los apóstoles no deben dejar de ‘mirar al cielo’ donde está su verdadero tesoro, sino deben enseñar a los demás a hacerlo, a poner sus corazones en el Señor que es el verdadero tesoro y el único que salva.

                Del mismo modo el evangelio de este día habla de la misión de la Iglesia y de la nueva presencia del Señor entre los suyos. Los apóstoles son enviados por el Señor resucitado, que tiene ‘pleno poder en el cielo y en la tierra’, a hacer discípulos de todos los pueblos, por medio del bautismo y de la enseñanza . Es difícil decir tanto en tan pocas palabras. Los Once, los que había elegido el Señor y que habían compartido su vida, exceptuando a Judas, ahora son enviados a todos los pueblos para hacer discípulos. También se les dice los instrumentos que tienen que utilizar para ello: los sacramentos y la enseñanza de las palabras de Jesús. Y el Señor promete su presencia continuada hasta el fin de los tiempos.

                La fiesta de la Ascensión del Señor que hoy celebramos significa esto: la misión de la Iglesia y la nueva presencia de Jesús entre nosotros. En la misión de la Iglesia participamos todos, según nuestro lugar y función en el cuerpo de Cristo. Unos continúan la misión de los Once — los obispos —, otros ejercen como sus colaboradores y son administradores de los misterios de Dios — los sacerdotes —, otros hacen presente ya aquí la realidad escatológica del Reino — los consagrados —, otros con su trabajo y vida familiar ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios y se esfuerzan por transforman las realidades temporales según la voluntad del Señor —los laicos —. Y el Señor acompaña la acción de su Iglesia con su presencia, con su Espíritu.

nientepercaso.blogspot.com
Todo esto se hace muy concreto y real para nosotros, se actualiza, en la celebración litúrgica, como esta Eucaristía que estamos celebrando. Aquí se reúne la comunidad cristiana que es el cuerpo de Cristo con su multiplicidad de funciones y ministerios. La liturgia, dice el Concilio Vaticano II, es culmen y fuente de la vida de la Iglesia, es punto de llegada, pero también de partida. Aquí empieza y termina la misión que Jesús encomendó a los Once. En la liturgia el que celebra es el ‘Cristo total’, cabeza y cuerpo, el Señor sentado a la derecha del Padre y nosotros sus miembros, uniendo así cielo y tierra. En la Eucaristía levantamos nuestro corazón, miramos al cielo, sentimos y celebramos la presencia del Señor entre nosotros, y somos enviados al mundo para hacer nuevos discípulos que puedan compartir con nosotros el pan y el vino de la nueva alianza.

                ¡Qué el Señor nos ayude en este mes del Sagrado Corazón a tener nuestro corazón levantado, nuestra mirada dirigida al cielo, y que nos empeñemos en la misión que nos dejó encomendada, sabiendo que Él nos acompaña, que está siempre con nosotros, que es el Emanuel, según la profecía de Isaías que se cita al comienzo del evangelio de Mateo, cuya conclusión se nos ha proclamado hoy.