jueves, 29 de marzo de 2012

La acción del Espíritu Santo en nuestra vida (Karl Rahner y una amiga)


Propongo a los lectores de este blog un sugestivo texto del famoso teólogo Karl Rahner sobre la acción de Dios a través de su Espíritu en nuestro día a día. Una amiga ha añadido como glosa otras circunstancias en las que ella siente y ha sentido el actuar del Señor en su vida (están en azul). Cada uno de nosotros también podemos añadir las nuestras. No es difícil reconocer la acción del Espíritu una vez que nos damos cuenta que su actuar es siempre ‘cristiforme’: sigue siempre el esquema pascual de muerte y resurrección.

Crucifijo de la Catedral de Puerto
Príncipe (Haití) después del terremoto
Cuando se da una esperanza total que prevalece sobre todas las demás esperanzas particulares, que abarca con su suavidad y con su silenciosa promesa todos los crecimientos y todas las caídas,

Cuando se acepta y se lleva libremente una responsabilidad donde no se tienen claras perspectivas de éxito y de utilidad,

Cuando un hombre conoce y acepta su libertad última, que ninguna fuerza terrena le puede arrebatar,

Cuando se acepta con serenidad la caída en las tinieblas de la muerte como el comienzo de una promesa que no entendemos,

Cuando se da como buena la suma de todas las cuentas de la vida que uno mismo no puede calcular pero que Otro ha dado por buenas, aunque no se puedan probar,

Cuando la experiencia fragmentada del amor, la belleza y la alegría, se viven sencillamente y se aceptan como promesa del Amor, la Belleza y la Alegría, sin dar lugar a un escepticismo cínico como consuelo barato del último desconsuelo,

Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador, se vive con serenidad y perseverancia hasta el final, aceptado por una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar,

Cuando se corre el riesgo de orar en medio de tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar,

Cuando uno se entrega sin condiciones y esta capitulación se vive como una victoria,

Cuando el caer se convierte en un verdadero estar de pie,

Cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil,

Cuando el hombre confía sus conocimientos y preguntas al misterio silencioso y salvador, más amado que todos nuestros conocimientos particulares convertidos en señores demasiado pequeños para nosotros,

Cuando ensayamos diariamente nuestra muerte e intentamos vivir como desearíamos morir: tranquilos y en paz,

Cuando... podríamos continuar durante largo tiempo.

Cuando preferimos anonadarnos contemplando la belleza del agua, en vez del vaso que somos,

Cuando nos dejamos mirar por Dios y embriagar por Él, y ya nada más anhelamos que Su Rostro y Su Presencia,

Cuando miramos a Jesús en la cruz y le amamos,

Cuando sentimos la mirada compasiva y misericordiosa de Dios que nos dice que somos preciosos, que asume todo nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro y que nos acompañará siempre,

Cuando miramos a Jesús resucitado y sentimos la fuerza de la Fe, de la Esperanza y del Amor,

Cuando damos de corazón gracias a Dios por la obra que ha creado en nosotros y el itinerario que nos ha regalado,

Cuando lloramos, somos confortados y somos consolados por Jesús y por nuestra Madre, María,

Cuando somos curados y nos dejan a cargo del tabernero para que nos cuide y además nos dan dinero para el viaje de vuelta,

Cuando tenemos conocimiento de nuestros pecados, acudimos a Dios y somos perdonados,

Cuando sentimos la paz en nuestro corazón y miramos al Cielo,

Cuando Dios enciende las luces, abre los armarios y cajones y juega con los aparatos eléctricos para que notemos su presencia y hacernos reír,

Detalle de la Piedad
de Miguel Ángel
Cuando Dios no nos deja recordar o interrumpe nuestros pensamientos, haciendo ruiditos para que volvamos a fundir nuestra mente con Él. Cuando Dios nos tiene ocupados para centrar nuestra atención en Él y para hacernos pacientes,

Cuando Dios nos muestra su Poder y su Conocimiento de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro,

Cuando Dios nos despierta por la noche para hacernos buenos, pacientes y capacitarnos para cuidar y vigilar a nuestra familia,

Cuando Dios nos alerta de los peligros y sólo mucho después nos damos cuenta de que nos avisó pero no le escuchamos,

Cuando Dios emplea métodos que no entendemos pero nos sostiene firmes en la Fe de que Él es Padre, es Bueno y Bueno es todo lo que Él hace,

Cuando Dios entra con su Cuerpo en nuestra vida,

Cuando nuestros deseos se concretan en discernir la voluntad de Dios y llevarlo a la vida y en ofrecernos como hostias vivas y agradables al Padre,

Cuando esperamos acabar siendo “rastro de Dios, y triunfar perdiendo en combate de amor nuestro desafío”,

Cuando Dios nos hace conscientes de nuestros apegos, para liberarnos y para que descubramos la felicidad de la salvación,

Cuando Dios quita las raíces de las malas hierbas, oxigena la tierra y espera pacientemente a que la tierra de fruto,

Cuando rezamos.

Cristo Crucificado
 de Velázquez
Allí está Dios y su gracia liberadora,

Allí conocemos a quien nosotros, cristianos, llamamos Espíritu Santo de Dios,

Allí se hace una experiencia que no se puede ignorar en la vida, aunque a veces esté reprimida, porque se ofrece a nuestra libertad con el dilema de si queremos aceptarla o si, por el contrario, queremos defendernos de ella en un infierno de libertad al que nos condenamos nosotros mismos.

Esta es la mística de cada día, el buscar a Dios en todas las cosas.

Aquí está la sobria embriaguez del Espíritu de la que hablan los Padres de la Iglesia y la liturgia antigua y a la que nos está permitido rehusar o despreciar por su sobriedad.

martes, 13 de marzo de 2012

Sólo la cruz es digna de fe

Homilía 11 de marzo 2012
III Domingo de Cuaresma (ciclo B)
VIII Aniversario de los atentados de Madrid

Hans Urs von Balthasar (1905-1988)
Unos de los teólogos más importantes e influyentes del siglo pasado, Hans Urs von Balthasar, ‘el hombre más culto del siglo XX’ según de Lubac, escribió un libro pequeño pero muy significativo titulado Sólo el amor es digno de fe. Para este teólogo suizo que murió dos días antes de recibir el capelo cardenalicio en 1988, la prueba de la verdad del cristianismo, lo que lo hace creíble para el hombre contemporáneo, el signo definitivo a su favor, es el amor, aunque no cualquier amor, sino el amor que es Dios mismo, el Amor que se ha manifestado, que se ha revelado, en Cristo, sobre todo en el misterio pascual de su muerte y resurrección. Ante la cruz como manifestación y presencia de ese Amor ‘hasta el extremo’, el hombre, con la ayuda de la gracia, intuye algo del misterio de Dios y no le queda otro remedio que caer de rodillas en adoración, fascinado y aterrado por tanta gloria. La revelación del Amor, con mayúsculas, se auto-avala, no necesitas más pruebas, convence por sí misma. Por eso, como afirma también von Balthasar, en la Iglesia son mucho más importantes los santos que hacen presente con su misma vida la cruz del Señor, que los representantes oficiales. Uno no se convierte ante un cardenal de la Iglesia, sólo porque es cardenal, uno se convierte ante un santo. La vida de los santos que hacen presente la vida de Jesús, su Amor, es lo que más persuade acerca de la verdad del cristianismo.

La Purificación del Templo - El Greco (1571-1576)
Minneapolis Institute of Arts
            De esto nos habla el evangelio de hoy. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del templo, del patio de los gentiles donde se habían instalado, esparciendo las monedas y volcando las mesas de los cambistas, y echa a las ovejas y los bueyes con un azote de cordeles que se había hecho, movido por ‘el celo por la casa de su Padre’, realiza algo que puede hacer solamente una persona que tenga autoridad para ello. La presencia de los mercaderes y los animales era aceptada por las autoridades religiosas ya que proporcionaban un servicio útil para los ritos que se hacían en el templo, en especial para el sacrificio de los animales. Por tanto, para echarles había que mostrar que se tenía autoridad para ello. Es lo que le dicen los judíos: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?”. La respuesta de Jesús es sorprendente: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”.  Los judíos no entienden la respuesta — de hecho, esta respuesta de Jesús se citará en el proceso ante el Sanedrín (Mc 14, 58) —, y le preguntan cómo puede levantar un templo en tres días cuando ya se lleva 46 años reconstruyéndolo. Es interesante notar que esta indicación nos permite datar con exactitud este episodio de la vida de Jesús. El templo se empezó a reconstruir en el año 19 a.C. y no se terminó hasta pocos años antes de la destrucción de Jerusalén por las tropas romanas en el año 70 d.C., lo que significa que este acontecimiento tuvo lugar en la Pascua del año 28.

            El signo que ofrece Jesús para avalar su pretensión y su acción profética es un signo de futuro. Dice el evangelista que con esa respuesta el Señor se refería al templo de su cuerpo. Es decir, la prueba que Jesús da de su autoridad es el misterio pascual de su muerte y resurrección que incluye también el nacimiento de la Iglesia, cuerpo de Cristo, nuevo templo de Dios. El verdadero signo de Jonás, el signo de la verdad del cristianismo, lo que muestra que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios y tiene autoridad para cambiar las costumbres del templo, es el misterio pascual, la muerte y la resurrección del Señor. Es ahí donde se nos revela el amor de Dios, el Amor con mayúsculas, retomando lo que decíamos de la teología de von Balthasar. La cruz es el signo apologético por excelencia, lo que da fe de la verdad del cristianismo, lo que convence. 

Es también lo que afirma san Pablo en la segunda lectura. Mientras los griegos buscan sabiduría y quieren llegar a la verdad sólo con la razón, y los judíos pretenden signos, entendidos como milagros que testifiquen acerca de la verdad de la predicación, Pablo muestra a Cristo crucificado, que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios, que es el verdadero signo que reconocen los que son llamados a la vida eterna, mientras que para los otros es un escándalo o una estupidez.

Hay una comparación que utiliza el Señor en el evangelio de Juan que nos puede ayudar a entender mejor la importancia de la cruz como signo de credibilidad. Jesús dice que Él es la `puerta de la ovejas’. Para entrar en la Iglesia hay que pasar por Él, los que no pasan por Él son ladrones y bandidos (Jn 10, 6). Esto significa que el único motivo válido para entrar en la Iglesia, para hacerse cristiano, es Jesús, su Amor que se revela en la cruz y que el cristiano hace suya. Este es el signo definitorio del cristianismo y lo único digno de fe, la prueba de su verdad y de la autenticidad del cristiano.


Los diez mandamientos - Domus Galilaeae
            En la primera lectura se nos ofrece el decálogo, la ley que Dios entrega a su pueblo en el marco de la alianza. A veces entendemos los mandamientos como una serie de prohibiciones arbitrarias, como unos carteles de prohibido— para usar una expresión de Benedicto XVI —, que un dios tirano ha puesto para amargarnos la vida. Pero no es así, el decálogo son diez palabras de vida de un Dios que es Padre, que nos ama y que quiere lo mejor para nosotros. Son como señales que nos indican el camino hacia la vida y la vida en abundancia. Como la experiencia tristemente nos enseña, no guardarlos lleva a la infelicidad y a verdaderos desastres. La Iglesia enseña que forman parte de la ley natural, esa ley que llevamos inscrita en el corazón, pero que nuestro pecado nos impide ver con claridad y obedecer. Por eso san Agustín dice que “Dios escribió en las tablas de la ley lo que los hombres no leían en su corazones”. El salmista conoce bien el valor de estas diez palabras de vida que el Señor ha regalado a su pueblo:

Los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.
Más preciosos que el oro,
más que oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila.
(Salmo 18)

jueves, 8 de marzo de 2012

La muerte es sólo el final del primer tiempo (Lucio Dalla)

Homilía 4 de marzo 2012
II Domingo de Cuaresma (ciclo B)

Lucio Dalla
                Hoy se celebra en Bolonia el funeral del conocido cantante italiano Lucio Dalla. Se ha hecho para él una excepción, ya que no se deben celebrar exequias los domingos, porque hoy 4 de marzo es el día de su cumpleaños, día que es también el título de una de sus más famosas canciones, en un principio censurada porque habla de blasfemia y del Niño Jesús, pero canción bellísima que manifiesta una espiritualidad tierna y concreta. Lucio Dalla ha sido un cantante muy querido, identificado con frecuencia con la izquierda política; de hecho, sus canciones eran con frecuencia las que más sonaban en las fiestas del Partido Comunista Italiano. Sin embargo, y por raro que nos pueda parecer a los españoles acostumbrados a la tan empobrecedora separación entre izquierda y derecha también en lo que se refiere a la religión, Lucio Dalla era un hombre de una fe muy auténtica y sufrida, una fe ligada a la relación con su madre y a la devoción de ella por Padre Pío de Pietrelcina. Hay bastantes frases suyas que dan testimonio de esta fe profunda y sincera. Por ejemplo, decía que para él ‘la fe cristiana es el único punto firme, la única certeza’. También afirmaba, refiriéndose a su vida sexual, que vivía su ‘debilidad con dolor’. En vez de criticar la enseñanza de la Iglesia en materia de homosexualidad, o amoldarla a sus inclinaciones, él la aceptaba, reconociendo también con honestidad y dolor su situación de pecador, de no vivirla. Esto no es hipocresía, o doble moral, como se ha dicho, sino la actitud sincera de quien se da cuenta de la distancia entre el ‘ser’ y el ‘querer ser’ y se esfuerza por aminorarla con la gracia de Dios. Creo que es todo un ejemplo para nosotros de una forma auténtica de vivir la fe y la enseñanza moral de la Iglesia en estos tiempos de oscuridad y de exaltación idolátrica del individuo y sus deseos. Pero hay otra frase suya ligada al funeral que se celebra hoy y a la las lecturas de este domingo. Él decía que la muerte era ‘sólo el final del primer tiempo’. ¡Qué bella expresión! Es verdad que hay que corregirla un poco como con cualquier comparación, y decir que el segundo tiempo no es igual al primero, dura para siempre y en él ya no hay sufrimiento ni dolor. Sin embargo, la expresión del cantante da en el clavo de lo que significa creer en la vida eterna - que es lo esencial del cristianismo -, que la muerte no es el final.

                En el monte, como hemos escuchado en el evangelio, Jesús se transfigura, cambia de aspecto, muestra su gloria divina, a tres de sus apóstoles. Poco antes había anunciado su pasión y muerte, algo difícil de entender y de aceptar para sus discípulos. Poco a poco tendrá que ir instruyéndoles que es el Hijo de Dios y el Mesías, pero el Mesías sufriente, y quien quiera seguirlo tendrá que ir por el mismo camino. La transfiguración es un anticipo de la resurrección, de la victoria del Señor, y prepara a los apóstoles para pasar por el escándalo de la pasión y la cruz. El sentido de esta pasaje evangélico para nosotros hoy, en este segundo domingo de cuaresma, lo encontramos en el prefacio de la Misa, como es habitual en los tiempos fuertes del año litúrgico: ‘Cristo Señor nuestro, después de anunciar su muerte a sus discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”. Es decir, retomando la bella expresión de Lucio Dalla, para llegar al segundo tiempo de gloria, hay que jugar de un modo determinado en el primer tiempo. Hay que jugar como jugó Jesús. Hay que vivir una vida de entrega y de servicio. No hay otro camino.

Rafael Sanzio y Giulio Romano
(1518-1520)
Pinacoteca Vaticana
                En el Youcat, que es el Catecismo que se entregó a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid, como comentario al misterio de la transfiguración, en el margen, se citan unas palabras de Benedicto XVI: “Cuando se tiene la gracia de vivir una fuerte experiencia de Dios, es como si se viviera algo semejante a lo que les sucedió a los discípulos durante la Transfiguración; por un momento se gusta anticipadamente algo de lo que constituirá la bienaventuranza del paraíso. En general, se trata de breves experiencias que Dios concede a veces, especialmente con vistas a grandes pruebas (n. 93)”. Muchos cristianos han experimentado esto: como Dios prepara a los que elige para las pruebas, anticipándoles algo de lo que será el éxito final si se mantienen firmes y fieles.

                En este segundo domingo de cuaresma se nos presenta en la primera lectura la figura del patriarca Abraham como modelo de hombre de fe, este año por medio del relato del sacrificio de Isaac, que es figura de Cristo. Abraham, llamado a ser padres de todos los creyentes, tuvo que aprender a confiar sólo en Dios. Para él incluso su hijo, Isaac, el hijo de la promesa, podía volverse un ídolo que lo separaba de Dios; de ahí, la prueba. Nuestra vida de fe también es un camino en el que aprendemos a fiarnos cada vez más de Dios como él único con el que de verdad podemos contar. Pero la fe la vivimos de modos distintos y también cambia a lo largo de nuestra vida. A veces es una posesión segura, otras veces es una lucha, a veces incluso un deseo de tenerla, a veces es algo que nos impulsa a seguir adelante en la oscuridad. Para Lucio Dalla era su única certeza. Lo importante es vivirla con honestidad, sinceridad y autenticidad, dejándonos guiar por ella en vez de modificarla para que se adapte a nosotros y a nuestras debilidades.

                Este segundo domingo de Cuaresma la Iglesia nos proclama el relato de la Transfiguración del Señor para animarnos en el camino hacia la Pascua. Nos quiere mostrar que nuestros esfuerzos por sofocar el pecado, por vencer nuestros vicios y malas inclinaciones que nos separan del Señor, valen la pena, que van a dar fruto si nos mantenemos perseverantes y fieles en la prueba.

jueves, 1 de marzo de 2012

Sofocar la fuerza del pecado


Homilía 26 de febrero 2012
I Domingo de Cuaresma (ciclo B)


Monasterio de la Cuarantena - Monte de las Tentaciones
Desierto de JudEA cerca de Jericó
Foto: Galería Bruno Brunelli
El primer domingo de cuaresma la Iglesia siempre nos proclama el pasaje de las tentaciones de Jesús según uno de los evangelios sinópticos. Este año el evangelio que nos acompaña es el de san Marcos y acabamos de escuchar su relato de este misterio de la vida del Señor. Es el más escueto de todos. A diferencia de Mateo y Lucas no nos dice el contenido de las tentaciones, sino sencillamente nos transmite el hecho. Sin embargo, este corto pasaje ya contiene todos los elementos importantes de la cuaresma y nos ayuda a entrar en este tiempo de gracia y de conversión.

San Marcos nos dice que Jesús, después de su bautismo y antes de empezar el ministerio público, fue ‘empujado’ por el Espíritu al desierto — éremos, en griego — donde se quedó cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, viviendo entre alimañas y con los ángeles que le servían. Estas pocas frases nos señalan los elementos fundamentales de este tiempo penitencial: el desierto, los cuarenta días, las tentaciones, la asistencia divina en la lucha.

En el prefacio de la Misa de hoy se nos dice cual es el sentido de este relato para nosotros hoy: ‘Cristo Señor nuestro, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado’.

Jesús nos enseña a sofocar la fuerza del pecado y lo hace dejándose tentar y venciendo a Satanás, rechazando lo que le ofrecía. Unidos a Cristo que nos ha abierto el camino, al haber entrado en la muerte y haberla vencido, con su Espíritu, lo podemos hacer también nosotros. Él ya ha vencido el pecado, la muerte, Satanás y el mundo, y con Él lo podemos hacer también nosotros.
       
         Pero, ¿cómo se vence la fuerza del pecado? ¿Cómo la venció Jesús? Con la cruz, con la mortificación, rechazando los caminos de felicidad falsos que le presentaba el demonio. La fuerza del pecado se sofoca con la renuncia y la mortificación; no hay otro camino. Por eso san Pablo dice a los Gálatas: “Los que son de Cristo Jesús han crucificado al carne con las pasiones y los deseos” (Gal 5, 24).

La fuerza del pecado se manifiesta en nuestras vidas de distintos modos para separarnos de Dios y de su voluntad. A veces nos lleva a cometer un pecado grave. Otras veces causa en nosotros actitudes inadecuadas y hábitos malos, como distintos miedos que nos bloquean, juicios gratuitos, egoísmos, pereza... Otras veces provoca conductas repetitivas de las que somos esclavos que llamamos vicios: la mentira compulsiva, la pornografía, el juego, el uso de drogas, etc. Otras veces nos impide perdonar y mantiene en nosotros el rencor que hace imposible que vivamos en gracia de Dios. Contra todo esto se lucha con la renuncia y la mortificación, ‘sofocando’ el pecado, y está muy bien empleada esta palabra en el prefacio. Cuando un animal está siendo sofocado lucha con todas sus fuerza para evitarlo, se retuerce, da coletazos, se rebela, intenta salir una y otra vez a la superficie; así también el pecado.

Diluvio universal - Miguel Ángel
Capilla Sixtina - Vaticano
En la primera y segunda lectura se hace referencia al arca de Noé, ‘en la que unos pocos se salvaron cruzando las aguas’. La segundo lectura dice que esto ‘es símbolo (anti-tipo, en griego) del bautismo que actualmente nos salva’. En nuestro bautismo fue sofocado el pecado, sumergido el mal, enterrado el hombre viejo, y hemos resurgido como nuevas criaturas. Sin embargo, como dice el Concilio de Trento en el Decreto sobre el pecado original, si bien es verdad que en el bautismo se nos borra la culpa, permanece en nosotros la concupiscencia como fuerza que procede del pecado y al pecado inclina y que queda en nosotros para el combate (D 1515). La cuaresma es el tiempo para este combate, para sofocar la concupiscencia y celebrar así renovados la Pascua.

Así entendido este tiempo litúrgico, no es tiempo para estar tristes, sino para luchar. Tenemos que empezar la cuaresma desperezándonos y dejándonos empujar por el Espíritu al desierto para hacernos conscientes de las tentaciones que nos acechan y rechazarlas. Esto al principio será amargo, pero después se volverá dulce. Lo que nos aguarda al final del camino es volver a vivir en gracia, como hijos de Dios, volver a recuperar y experimentar esa vida divina que se nos dio en nuestro bautismo. Si aprovechamos bien este tiempo podremos experimentar algo de esa paz que anunciaba los profetas para los tiempos mesiánicos, cuando “habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor” (Is 11, 6). Eso es lo que experimentó Jesús en el desierto estando con alimañas después de haber vencido al enemigo. Como Jesús, también nosotros en este combate contamos con la asistencia de Dios y de los ángeles.

sábado, 25 de febrero de 2012

Cuaresma 2012: Volver a estar en gracia de Dios con la ayuda de los demás



¿Qué significa estar en gracia de Dios?

Benedicto XVI recibiendo las cenizas
Basílica de Santa Sabina en el Aventino (Roma)
9 de marzo 2011 (enlace de la foto)
            Estar en gracia de Dios significa vivir esa vida nueva que se nos da a través de la fe y los sacramentos de la iniciación cristiana: el bautismo, la confirmación y la Eucaristía. Esta vida nueva tiene un aspecto ontológico que está relacionado con nuestro ser en sí, del que no somos del todo conscientes, y un aspecto existencial que se refiere a nuestro ser-en-el-mundo, al modo de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos, con los demás y con el cosmos. En el Nuevo Testamento esta vida nueva recibe distintos nombres: ‘caminar según el Espíritu’, ‘vida eterna’, ‘ser nueva criatura’... Es una nueva forma de vivir que se experimenta ya aquí en la tierra – entre contradicciones y en la fe – y que llegará a su plenitud en la comunión plena con Dios. Cuando la vivimos nos sentimos en paz con nosotros mismos y con Dios, nuestras relaciones con los demás son sinceras y enriquecedoras y notamos y agradecemos la presencia de Dios en la creación y la respetamos como obra suya encomendada a los hombres. Sin embargo, cuando no tenemos esta vida nueva que brota del amor de Dios, del costado abierto de Cristo en la cruz, todo es distinto: no nos aceptamos a nosotros mismos ni nos sentimos a bien con Dios, justos ante Él; nuestras relaciones con los demás no son sinceras y se basan en el engaño y la mentira, las etiquetas y las máscaras que nos ponemos, o en la instrumentalización de los otros para nuestros fines. La relación con el cosmos y las cosas creadas es destructiva para ellas y para nosotros. La Escritura usa también distintos términos para referirse a este tipo de existencia: ‘caminar según la carne’, ‘pecado’, ‘muerte’...

¿Cómo sabemos si estamos en gracia de Dios?

            En el fondo de nuestra conciencia sabemos bien si estamos en gracia de Dios o no. Sobre todo si ya hemos experimentado este estado de gracia después de una conversión profunda y una vida sacramental intensa, reconocemos bien, si tenemos el coraje de mirarnos con sinceridad, si hemos o no perdido este estado. Nuestra forma de relacionarnos con los demás es quizás el termómetro más fiable que tenemos para constatarlo: si son relaciones cálidas, sinceras, gratificantes, altruistas, en las que somos consciente del valor inestimable y de la unicidad de la otra persona, es signo que vivimos esta vida nueva. Si, en cambio, son relaciones no verdaderas, basadas en la mentira, en el aparentar más que en el ser, es señal de lo contrario. Un modo muy práctico de autoevaluarnos es utilizando alguna de las bellísimas descripciones que nos ofrece la Escritura de la vida según la voluntad de Dios. El texto de la carta a los Gálatas en el que Pablo distingue las obras de la carne y el fruto de Espíritu es muy clarificador:

Frente a ello, yo os digo: Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay ente ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais.
Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la Ley. Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os provengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras en Espíritu.
(Carta a los Gálatas 5, 16-25)


¿Cómo volver a estar en gracia de Dios?

            Lo fundamental es identificar lo que hace que perdamos este estado de gracia, ya que esta vida nueva debería ser el estado habitual de los que han renacido del agua y del Espíritu y caminan siguiendo las huellas de Jesús. Entre las distintas cosas que pueden hacer que perdamos el estado de gracia, cabe mencionar las siguientes:



Un pecado grave: Cuando rechazamos consciente y deliberadamente la voluntad de Dios en un asunto importante perdemos este estado de gracia. La única forma de recuperarlo es reconocer esta falta, arrepentirnos de ella, confesarla al Señor, y hacer la penitencia necesaria para reparar el mal hecho. Si somos católicos romanos la Iglesia nos enseña que en estos casos es necesario recibir el perdón sacramental a través del sacramento de la reconciliación.


Una actitud inadecuada, un hábito malo, un vicio: Con frecuencia lo que impide que vivamos en plenitud la vida nueva que nos da el Señor resucitado son patrones de pensamientos, sentimientos y acciones que hemos heredado o adquirido cuando éramos pequeños y que aún condicionan nuestra forma de ser y de relacionarnos. Por ejemplo, a veces nos bloquean distintos tipos de miedo: a la muerte, al futuro, a los demás, al ‘que dirán’... Otras veces puede con nosotros la vergüenza, la baja autoestima. Quizás también hayamos adquirido un hábito malo como el de mentir constantemente, el esconder o no reconocer la verdad, el sospechar permanentemente de los demás, el juzgar, el discriminar, el hacer distinciones injustas, etc.

Un vicio: A veces somos esclavos de conductas repetitivas que no logramos controlar y nos quitan nuestra libertad, y que pueden referirse a cosas más o menos graves. Así, por ejemplo, la televisión, internet, la pornografía, el juego con dinero, el fútbol, y todo lo que está relacionado con uno u otro de los pecados capitales: lujuria, pereza, gula, ira envidia, avaricia, soberbia.

El rencor, el no haber perdonado: El tener rencor, el no haber perdonado una ofensa recibida, el no habernos perdonado a nosotros mismos, o a Dios, por algo que ha pasado, impide vivir la vida de la gracia. Para vivirla es necesario estar reconciliados con Dios, aceptando nuestra vida y nuestra historia y la cruz que Él permite en ella, y haber perdonado de corazón al que nos ha hecho daño, cosa que es posible con la ayuda de Dios que cambia nuestro corazón. Si no hacemos esto, somos como una botella con un tapón flotando en el mar de la gracia, en la que no puede entrar el agua del Espíritu a no ser que la descorchemos.

1. 
            Algunos esquemas para la revisión de vida nos pueden ayudar a identificar lo que impide que vivamos en estado de gracia. Muy interesante y útil, por ejemplo, es el último libro del obispo de San Sebastián José Ignacio Munilla Aguirre, que contiene tres propuestas para el examen de conciencia. Una está basada en los diez mandamientos, otra en el evangelio de san Mateo y la última está dirigida a los sacerdotes, distinguiendo su doble condición de pastores y ovejas del rebaño. Muy acertado es el título de la obra, A la luz de su mirada, ya que el examen de conciencia hay que hacerlo bajo la mirada amorosa, reveladora y exigente de Dios.

¿Cómo nos ayudan los demás?

Los que hemos estudiado psicoterapia y la hemos practicado, sobre todo en su versión de terapia de grupo, hemos aprendido por experiencia que nuestra verdad no coincide con lo que nosotros percibimos de ella. De hecho, según un esquema clásico que con frecuencia se representa con la ‘ventana Johari’, hay cosas de nosotros que nosotros conocemos y también los demás  con los que interactuamos conocen; otras cosas sólo nosotros las conocemos (nuestros secretos); otras ni nosotros ni los demás conocen (nuestro inconsciente), y otras que los demás perciben pero nosotros ignoramos (nuestro lado ciego). Por eso los demás pueden (y deben) ayudarnos a conocer y corregir lo que no está bien en nosotros y en nuestra vida.

La 'ventana Johari'
            En el mensaje de Benedicto XVI para esta Cuaresma 2012, este aspecto de la ayuda que nos pueden dar los demás se pone muy de relieve. El Papa parte en su reflexión de una frase del capítulo 10 de la Carta a los Hebreos en la que el autor sagrado nos exhorta a fijarnos en los demás para estimularnos en la caridad y las buenas obras (Carta a los Hebreos 10, 24). En este contexto, Benedicto XVI menciona la corrección fraterna como un verdadero servicio de caridad. ¡Ojalá podamos encontrar hermanos que nos quieran lo suficiente para corregirnos con amor cuando ven que erramos y que corremos el riesgo de perder la vida divina que nos ha sido dada!

            Quiero proponer también para este año lo que escribí para la Cuaresma del año pasado ofreciendo algunas sugerencias para trazar un plan para este tiempo de gracia y conversión. Lo hice señalando algunos instrumentos que nos ofrece la psicología moderna que se puede aliar muy bien con las enseñanzas de los maestros espirituales y la doctrina ascética tradicional. Creo que a la luz de las reflexiones precedentes, estas sugerencias pueden ayudarnos a vivir este tiempo de una forma más fructífera, eliminando de nuestra vida lo que impide que vivamos en gracia de Dios:

            Trazar un plan para la Cuaresma

jueves, 23 de febrero de 2012

El asombroso poder de perdonar los pecados

Homilía 19 de febrero 2012
VII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)


Curación del paralítco
P. Rupnik - Centro Aletti
Basílica del Rosario (Lourdes)
                Cuando se visita el santuario de Lourdes, construido en el entorno de la gruta de Massabielle, donde en 1858 la Virgen se apareció dieciocho veces a santa Bernadita que entonces tenía catorce años, diciendo que era la Inmaculada Concepción, una de las cosas que más sorprende es la presencia de enfermos. Llegan de muchos países, traídos por familiares y amigos, o por asociaciones caritativas que se dedican a ello. Se les ve en los actos de culto en lugares destacados con sus camillas características, rezando el rosario, participando en las procesiones, bañándose en las aguas que manan de la gruta... Vienen con fe y traídos por gente de fe a un lugar de curación espiritual y con frecuencia también física.

En la fachada de la Basílica del Rosario construida encima de la gruta y debajo de la Basílica superior, hay unos mosaicos realizados por el P. Marko Ivan Rupnik y sus colaboradores, inaugurados el ocho de diciembre de 2007, en el 150 aniversario de las apariciones, y dedicados a Juan Pablo II. No es casual esta dedicación ya que fue este Papa el que en el año 2002 introdujo los misterios de Luz en el rezo de rosario que son los que están representados en estos bellísimos mosaicos de la fachada. Los misterios de Luz se suelen rezar los jueves, y el tercero de ellos se refiere al anuncio del reino de Dios. Este misterio está representado por dos mosaicos de la fachada: uno hace referencia al poder que otorga Jesús resucitado a los apóstoles de perdonar los pecados y el otro se refiere al texto evangélico que acabamos de proclamar. El anuncio del reino de Dios y la llamada a la conversión están estrechamente ligados al perdón de los pecados.

                En el mosaico que se refiere al relato evangélico de hoy, destacan los hombres que con fe descuelgan la camilla con el paralítico para ponerla delante de Jesús. Sin duda, muchos de los que llevan sus enfermos a Lourdes se pueden identificar con esos hombres. Los llevan con fe ante quien saben que puede verdaderamente curar y curar del todo, no sólo de los males físicos, sino también de los del alma, que son más importantes pero menos manifiestos. Jesús antes de hacer el milagro se fija en la fe de estos hombres.

Fachada de la Basilica del Rosario (Lourdes)
Los mosaicos representan los Misterios
de Luz del Rosario
                Al ver Jesús al paralítico y constatar la fe de los que lo descolgaron desde el techo, declara que sus pecados quedan perdonados. El pecado es una ofensa a Dios y sólo Él, el ofendido, puede perdonar. De ahí la justa reacción de los escribas: si Jesús fuera sólo un hombre sería un blasfemo. El Señor hace el milagro de curar al paralítico para mostrar su potestad de perdonar, la verdad de su pretensión. Cura de un mal físico, para mostrar que con Él llega la curación de todos los males que afligen al hombre, también de los males profundos y menos aparentes, pero más graves. De hecho, hay muchos males que nos afligen, algunos manifiestos, como la enfermedad, la crisis económica, etc., y otros que no se ven pero causan más estragos. Entre estos males más profundos está el pecado, la ruptura con Dios, que es el origen de todos los demás.

                Cuando nos hacemos conscientes de ello, lo que más deseamos, lo que de verdad sabemos nos daría paz, lo que nos sanaría del todo, es que nos sean perdonados nuestros pecados, que volvamos a estar en una relación de amistad y comunión con Dios. Si somos sinceros, esas palabras de queja de Dios de la primera lectura se pueden aplicar a cada uno de nosotros: “me avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas”. Pero nosotros sabemos que somos incapaces de obtener el perdón de los pecados por nosotros mismos, tampoco a través de todas las buenas acciones y penitencias que hagamos. Es Dios el único que nos puede perdonar si quiere. Y Él se anticipa a nosotros y nos ofrece el perdón como hizo con el paralítico sin que se lo pidiera: “Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados”. Esto es la esencia del anuncio del reino de Dios: el perdón gratuito de los pecados que se nos otorga en Cristo. Jesús nos trae este perdón y Él puede perdonar porque es el Hijo único de Dios. En Él, como dice san Pablo en la segunda lectura, todas las promesas de Dios “han recibido un ‘sí’”. Lo que debemos hacer nosotros es creer este anuncio, esta buena noticia, y confiar en la misericordia de Dios que nos perdona sin mérito por nuestra parte.


Jesús resucitado trasmite el poder
de perdonar los pecados
P. Rupnik - Centro Aletti
Basílica del Rosario (Lourdes)
Pero también tenemos que decir como católicos que Jesús transmite este poder a su Iglesia, como muy bien se señala en el otro mosaico de la fachada de la Basílica del Rosario de Lourdes que se refiere a este mismo misterio de  Luz de la predicación del reino y hace alusión a la institución del sacramento de la penitencia. El poder de perdonar la Iglesia lo ejerce en un modo muy concreto en este sacramento. Estamos a punto de empezar la Cuaresma que es un tiempo oportuno para hacer uso de este sacramento y experimentar su poder sanador.

                En el pasaje evangélico se nos dice que las personas que asistieron al acontecimiento “se quedaron atónitos y daban gloria Dios diciendo: ‘nunca hemos visto cosa igual’”. El milagro que hace Jesús, pero también el perdón de los pecados que proclama, deja atónitos, asombrados, es algo totalmente nuevo. Como se dice también en la primera lectura: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Esta es la gran novedad que trae Jesús, la novedad del evangelio que renueva todas las cosas: el perdón de los pecados.

                Vamos a pedirle al Señor hoy dos cosas a través de la intercesión de María, nuestra Señora de Lourdes y salud de los enfermos. Que tengamos la fe que tuvieron esos amigos del paralítico para llevar a nuestros enfermos de cuerpo y alma a Jesús para que los cure. Esto a veces requiere superar obstáculos, como hicieron aquellos hombres que desplazaron las tejas para descolgar la camilla. Pero pidamos también al Señor que nos de la alegría de sabernos perdonados y que hagamos uso de este poder asombroso que ha dado a su Iglesia.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

sábado, 18 de febrero de 2012

Caravaggio y el amor que todo lo vence: ¿nos rendimos a él?

Reflexione teológicas (y filosóficas) a partir de algunas obras de Caravaggio (4)

El Amor victorioso (Caravaggio, 1602)
Gemäldegalerie de Berlín (Alemania)
                Una de las obras más desconcertantes, seductoras y provocadoras de Caravaggio es la del Amor vencedor (o Amor victorioso), también llamada Amor profano, realizada en 1602. Muestra un niño ‘de unos doce años’, con unas alas pardas de águila pintadas con todo lujo de detalle, y que han sido las que han permitido una datación bastante exacta del cuadro gracias a la existencia de una carta en la que su dueño, Orazio Gentileschi, las reclama al artista a quien se las había prestado para la obra. El niño parece estar sentado o levantándose de un banco cubierto con una sábana blanca desordenada. Detrás de él hay un globo estrellado y a sus pies los símbolos de los empresas humanas más nobles: el saber y las artes, la música, la arquitectura y la ingeniería, el gobierno, la guerra... Vemos un violín, un laúd, una armadura, una corona, un conjunto de compases, una pluma, un manuscrito y unas hojas de laurel. Pero lo que centra nuestra atención, lo que hipnotiza nuestra mirada, es el muchacho, pintado con tanto realismo e intensidad de colores que parece vivo. Su pene prepúber es el foco visual, su ambigüedad destaca, su brazo escondido detrás de las nalgas acentúa la apertura de sus muslos blancos que se ofrecen. Hasta el detalle de una de las alas negras rozando con la punta sus muslos seduce. El joven desarma con su sonrisa socarrona y a la vez inocente; es alegre y despreocupado, confiado en sí mismo. Peter Robb, un crítico de Caravaggio, dice que aquí se representa el “sexo sin culpa” (Peter Robb, M: El enigma de Caravaggio, Barcelona, Alba, 2005, p. 213). El chico que sirvió de modelo al pintor para esta obra (y para otras también, como la de san Juan Bautista) se llamaba Cecco, que algunos han identificado con el pintor Francesco Boneri y que se piensa que en ese tiempo no sólo vivía con el artista sino que era también su amante.
                Evidentemente, el cuadro fascinó a muchos y conquistó a varios poetas. Uno de ellos, Gaspare Murtula, escribirá tres madrigales sobre él: “No mires, no mires al Amor... hará arder tu corazón” (Perter Robb, op. cit., p. 219). El propietario del cuadro, el marqués Vincenzo Giustianiani, un auténtico caballero renacentista, lo consideraba el mejor de su notable colección y lo tapaba con un paño verde para no escandalizar, o mucho más probablemente para que los espectadores de su galería pudieran admirar antes los demás cuadros sin ser deslumbrados por éste. La obra también puede ser una alegoría del poder de Giustianiani, buen conocedor y dominador de los saberes y de las artes que están representados en la obra.
Amor sagrado y amor profano
(Giovanni Baglione 1602-1603)
Galleria Nazionale d'Arte Antica (Roma)
                El mensaje de este cuadro es evidente: el Eros, Cupido, el Amor, es más fuerte y se burla de las aspiraciones y de las empresas humanas más nobles. También el amor ideal parece tener que sucumbir ante su ímpetu. De ahí el título que se ha dado a la obra inspirado en las Bucólicas de Virgilio: “Omnia vincit amor” (el amor todo lo vence). Giovanni Baglione, rival de Caravaggio y después su biógrafo, pintó inmediatamente como respuesta un cuadro sobre el Amor divino que vence al profano, al mundo y al diablo, pero ni la obra impacta tanto ni el mensaje parece tan convincente.
                Los que sugiere esta obra impresionante de Caravaggio es de muchísima actualidad. ¡Qué frecuente es encontrarse con personas que en un momento dado de su vida, quizás cuando ya son bastantes mayores, son conquistadas por el Amor, por Cupido, por el Eros, por la Pasión, con una fuerza tal que puede con todo lo demás, y son capaces de dejar todo, su familia, su trabajo, logros conseguidos con mucho esfuerzo y sacrificio en tantos años! Yo mismo he experimentado la fuerza del Amor, tanto en mi vida, como en la de muchas personas que he intentado ayudar. Puede ser un sacerdote que se enamora de una chica y deja su ministerio con todo lo que eso significa, o una persona casada y con hijos que quiere a su cónyuge pero se descubre impotente ante una pasión que lo arrastra, o un hombre que descubre su homosexualidad reprimida durante muchos años, etc.
                ¿Qué se debe hacer en estos casos? ¿Seguir la ‘razón’ o el ‘corazón’? Dejarse transportar por eso que nos fascina, que nos tiene dominados, que nos promete una felicidad inmensa, o sacrificarse para quedarse con lo seguro, con la rutina, que puede ser gris y monótona, pero es lo que ‘se debe hacer’, ‘lo correcto’, ‘lo seguro’. ¿Ser ‘uno mismo’ o hacer lo que se ‘debe hacer’, lo que esperan los demás de una persona ‘sensata’ y ‘responsable’?
                Algunos pensadores y autores quizás nos pueden ayudar a reflexionar sobre esta pregunta tan acuciante en algunos momentos de la vida. El poeta y escritor libanés Khalil Gibran dice en una bellísima y muy citada poesía de su libro El profeta que hay que dejarse llevar por el amor:

Cuando el amor te llame, síguelo;
aunque sus caminos sean arduos y penosos.
Y cuando sus alas te envuelvan, entrégate a él;
aunque la espada escondida bajo su plumaje pueda herirte.

Cuando el amor te hable, cree ciegamente en él;
aunque su voz derribe tus sueños
como el viento destroza los jardines.
Porque si el amor te hace crecer y florecer,
él mismo te podará.

Y nunca te creas capacitado para dirigir el curso del amor,
porque el amor si te considera digno de sí,
dirigirá tu curso por los caminos de la vida.
Esto hará el amor en ti
para que conozcas los secretos del corazón.

El amor no da más que de sí mismo
y no toma más que de sí mismo.
El amor no posee nada
y no quiere que nadie lo posea,
porque el amor, se sacia en el amor.

                El Papa Benedicto XVI en su primera encíclica Dios es amor también reflexiona sobre el amor a la luz de la relación entre eros y ágape. Afirma que la Iglesia no está en contra del eros, ni pone arbitrariamente en su camino ‘carteles de prohibido’ para privarnos del placer que conlleva, ni lo ha envenado a través de sus preceptos y prescripciones para transformarlo en vicio, como afirma el filósofo Nietzsche. La Iglesia lo que enseña es que el eros para llegar a ser lo que está llamado a ser, para llevarnos hacia lo alto, hacia lo divino, tiene que pasar por un camino de ascesis, renuncia y purificación:
Cuando el amor te hable, cree ciegamenaunque su voz derribe tus r al
Pero, ¿es realmente así? El cristianismo, ¿ha destruido verdaderamente el eros? Recordemos el mundo precristiano. Los griegos —sin duda análogamente a otras culturas— consideraban el eros ante todo como un arrebato, una ‘locura divina’ que prevalece sobre la razón, que arranca al hombre de la limitación de su existencia y, en este quedar estremecido por una potencia divina, le hace experimentar la dicha más alta. De este modo, todas las demás potencias entre cielo y tierra parecen de segunda importancia: Omnia vincit amor”, dice Virgilio en las Bucólicas —el amor todo lo vence—, y añade: et nos cedamus amori”, rindámonos también nosotros al amor (X, 69). En el campo de las religiones, esta actitud se ha plasmado en los cultos de la fertilidad, entre los que se encuentra la prostitución ‘sagrada’ que se daba en muchos templos. El eros se celebraba, pues, como fuerza divina, como comunión con la divinidad.
....
En estas rápidas consideraciones sobre el concepto de eros en la historia y en la actualidad sobresalen claramente dos aspectos. Ante todo, que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.
                Es decir, el eros no es aún amor en sentido pleno, pero puede ser su comienzo. Para llegar a ser amor verdadero, ágape, y hacer realidad la promesa de felicidad y de realización personal que contiene, tiene que estar sometido a la razón y a la voluntad, y ser purificado del egocentrismo que lo caracteriza. Esto implica que no debemos abandonarnos sin más a él, dejarnos arrastrar y dominar por él, sino dominarlo nosotros y ponerlo a servicio de lo que es nuestro verdadero bien, que es la unión con Dios. Esta unión se consigue a través del amor, pero no entendido como eros sino ágape.
Profundizando en la experiencia fascinante, aterradora — sobre todo cuando se vive por primera vez —, esclavizante, dolorosa... del estar enamorados, es esclarecedor considerar lo que dicen otros pensadores y artistas. Algunos mencionan lo fugaz e insensato que es, por ejemplo Ortega y Gasset que describe esta vivencia como “un estado de imbecilidad transitoria”. La canción quizás más conocida del cantante cubano Silvio Rodríguez, Ójala, retrata ese deseo del enamorado de verse libre de un sentimiento que todo lo invade y hace incapaz de pensar y dedicarse con serenidad a otras cosas.
También la moderna psicología es su vertiente biológica y evolucionista, que ha llevado a planteamientos tan interesantes como los de la sociobiología, puede ayudarnos a entender otros aspectos de esta experiencia devastadora. Así se nos dice que el enamorarse, que tiene sus fundamentos biológicos en determinadas áreas del cerebro y en algunos neurotransmisores y quizás también feromonas, es una conducta muy adaptativa para nuestra especie, ya que favorece la separación del individuo de los progenitores y la formación de un vínculo lo suficientemente estable con un miembro del otro sexo como para procrear y cuidar de la prole (y de la madre) en los primeros meses cuando es más vulnerable. Muchos padres tienen experiencia directa de esto cuando ven que lo único que haría que su hijo (o hija) abandonase ‘voluntariamente’ la seguridad y comodidad de la casa paterna, es que se enamore y quiera vivir con su pareja. La atracción sexual condicionada por estos factores biológicos también permite superar el rechazo que provocaría la relación genital si no existiera esta fuerza. Cierto es que estas observaciones más o menos científicas no suelen ser tenidas en cuenta por un enamorado, ya que percibe una distancia enorme entre este tipo de explicaciones y lo que él siente. Ésta es la razón por la cual muchos psicoterapeutas se niegan a tratar a personas enamoradas hasta que no se atenúe ese estado, ya que “son incapaces de escuchar”.
                Las consideraciones psicológicas que acabamos de hacer requerirían algunas matizaciones para el amor homosexual, ya que en este caso falta el aspecto procreativo tan importante para explicar las conductas de los humanos con criterios biológicos y evolucionistas. Esto ha llevado a algunos estudiosos a hablar de la homosexualidad como una ‘desviación’ o ‘trastorno’, como algo ‘no natural’, y a hacer esto sólo a partir de razones psicológicas y sociobiológicas, sin tener en cuenta aspectos morales o religiosos. No quiero entrar en este debate en este momento. Sí creo que lo que he dicho del enamoramiento, del eros, se puede aplicar al amor homosexual, y de hecho he partido en esta reflexión de una obra de Caravaggio que alude a él. Sin embargo, también hay que tener presente que este tipo de amor tiene características propias, entre ellas la que el estado de enamoramiento suele durar menos al no existir la misma base biológica.
El Principito y su rosa
                Este aspecto de la duración más o menos larga pero no ‘para siempre’ de este estado, es algo que el enamorado no suele tener en cuenta y que, sin embargo, debería ser uno de los  criterios decisivos a la hora de decidir si ‘rendirse al amor o no’. Desde la psicología se suele afirmar que este estado dura lo necesario para crear el vínculo entre varón y hembra y garantizar el cuidado de la prole en los primeros meses, es decir 1 o 2 años como mucho. La experiencia también nos muestra lo mismo. Esa persona que ocupaba antes toda nuestra mente, que no nos permitía dedicarnos con paz a otras cosas, que con sólo verla de lejos nos hacía trepidar, con el tiempo va pasando a ser una más entre la otras. Es verdad que algún residuo de pasión suele quedar; la persona sigue significando para nosotros algo especial, pero no como al principio. La bella imagen de la rosa que utiliza Antoine de Saint-Exúpery en El principito puede valer como una buena ilustración de ello. Al principio lo que hace que esa rosa sea distinta a las demás, única para nosotros, es una pasión que no sabemos muy bien cómo surge pero que nos trastorna totalmente. Sin embargo, para que esa rosa siga siendo especial, “la nuestra”, y no se vuelva una más entre las otras que hay en el campo, hay que “domesticarla” como dice el zorro, hay que cuidarla creando con ella una relación exclusiva.
                También es oportuno hacer una clarificación terminológica al hablar de amor. El amor que representa Caravaggio en la bellísima obra de la que hemos partido en nuestra reflexión, es el eros, el amor pasional, erótico, ligado a la sexualidad. Algunos autores, sin embargo, quieren distinguir el eros no sólo del ágape, como hemos visto hace Benedicto XVI, sino también del enamoramiento, siendo según ellos éste último más centrado en la persona que lo origina mientras que el eros no parecería tener muy en cuenta a la persona en cuanto tal. Sin embargo, aunque puede haber diferencias en la relevancia que tiene la persona misma que provoca la pasión, no existe una distinción real entre eros y enamoramiento. Los dos términos hacen referencia a una misma vivencia en la que lo que cautiva es la pasión en sí y no la otra persona; ésta es sólo ocasión para ella. Es a lo que se refiere san Agustín en sus Confesiones cuando habla del amor que ‘se ama a sí mismo’: “Todavía no amaba y amaba el amor, buscando a quien amar” (III, 1).
                                Dicho todo esto, queda la pregunta: ¿Qué debemos hacer cuando nos enamoramos? ¿Nos rendimos al ‘amor que todo lo vence’? ¿Hacemos un esfuerzo heroico y nos intentamos alejar de este fuego que parece nos va a consumir? ¿Aguantamos la tempestad siendo lo más fiel posible a nuestros compromisos y vida cotidiana hasta que pase?
                Creo que la respuesta a esta pregunta nos viene dada por la persona que somos y queremos ser. Si somos hedonistas en el buen sentido de la palabra, como la mayoría hoy lo somos, tanto conscientemente como inconscientemente, y buscamos la felicidad que identificamos con el placer, decidiremos según lo que pensamos nos va a dar más placer. Elegiríamos - siempre que tangamos el autocontrol para poder hacerlo - entre un placer inmediato y arrebatador, pero que probablemente traerá consecuencia desastrosas que nos harán infelices a largo plazo, o un placer más sosegado y duradero, más tranquilo y sereno, que puede ser en ocasiones monótono y aburrido, pero que no da más establidad. Si lo que nos mueve es el sentido del deber tendremos una actitud distinta, pero que debemos aclarar. Si lo que nos motiva es un sentido del deber rígido, frío y autoritario, que es una motivación inconsciente que surge del superego, escaparíamos asustados de este amor como de la peste, reprimiéndolo y sofocándolo al primer atisbo. Esto lleva a un tipo de personalidad rígida y neurótica como muy bien sabemos los psicólogos y psicoterapeutas, que se puede venir abajo en cualquier momento con consecuencias desastrosas. Si lo que nos mueve, o mejor, queremos que nos mueva, es el deber pero asumido conscientemente como propio, hecho nuestro, viviríamos esta experiencia conociendo nuestra debilidad y conscientes de que somos ‘humanos y nada humano nos es ajeno’, aceptando nuestra ‘biología’, pero intentando permanecer fieles a los compromisos asumidos que es lo que nos demanda nuestro ‘auténtico yo’. Si además somos cristianos, tenemos el ejemplo de Jesucristo que, como dice el autor de la Carta a los Hebreos: “en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hb 12, 2). Esta actitud de renuncia consciente, querida y agradecida, por un Bien mayor, por el Amor verdadero, por fidelidad a Aquel que nos ha amado primero, sabemos que es la que conduce a la verdadera felicidad, aunque tengamos antes que pasar por algunas tempestades en las que es fácil sucumbir.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial)