martes, 22 de noviembre de 2011

Nada es casual, tampoco las ocasiones para ejercer la caridad

Homilía 20 de noviembre 2011
XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo
Día de Elecciones Generales en España
foto: lacienciaysusdemonios.com
                Muchos acontecimientos de nuestra vida solemos clasificarlos como ‘casuales’, por ejemplo un encuentro fortuito con alguien que no veíamos desde hacía tiempo, o una coincidencia imprevisible de dos cosas que nos sorprende y no nos explicamos cómo ha podido tener lugar. Pensamos que esta contingencia no se debe a una causa clara, no es buscada ni querida por nadie, y no hay tampoco que romperse la cabeza para encontrarle un sentido. Sin embargo, los cristianos también hablamos de la providencia divina, de que Dios todo lo gobierna, de que el Señor está detrás de todo lo que sucede, de que si nos pasa algo es por algo, que nada tiene lugar sin que Dios lo quiera o lo permita. Como afirma Jesús en el evangelio: “pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados” (Mt 10, 30). Hoy, en España, tiene lugar una tal conjunción de dos sucesos que llamaríamos casual: unas complicadas e importantes elecciones generales que nos implican a todos y, en un plano muy distinto, los creyentes celebramos la fiesta de Jesucristo rey del universo. Evidentemente, no se decidió la fecha de las elecciones teniendo presente el ciclo litúrgico de la Iglesia; quizás en otros tiempos sí se hubiese hecho, pero en la actualidad obviamente no. No obstante, esta circunstancia ciertamente no es casual en los planes de Dios y de ella podemos sacar algunas enseñanzas sobre la relación entre fe y política para nosotros hoy.
foto: lavoz.com.ar
                De hecho, la fiesta de Jesucristo rey del Universo, en sus comienzos, cuando fue instituida por el Papa Pio XI en 1925, tenía un marcado carácter político, y diríamos político-eclesiástico, queriendo promover el respeto y la defensa de los derechos de la Iglesia también en el orden temporal. Es correcto que hoy siga teniendo este carácter político pero en otro plano más profundo, al que se ha referido el Papa actual en diversas ocasiones. En su magisterio, Benedicto XVI nos pone en guardia reiteradamente contra un peligro que se repite una y otra vez en la historia humana, que consiste en que el poder temporal, un soberano terrenal cualquiera, tanto un individuo como un grupo, pretenda para sí atributos divinos, exigiendo una fidelidad, obediencia y sumisión que se debe sólo a Dios. Ya en el libro del Apocalipsis se habla de ello con referencias implícitas y explícitas al imperio romano y al de Babilonia. Y esto no es un peligro remoto para nosotros. También en las democracias occidentales actuales hay tendencias claras a no respetar la libertad religiosa y de conciencia de los ciudadanos y a creer que las leyes votadas por los parlamentos están por encima de la verdad y del respeto de la naturaleza y de la dignidad del hombre y  de la mujer. Ese grito de los mártires de la persecución religiosa ‘Viva, Cristo rey’, como también la actitud de los demás mártires de la historia del cristianismo, como los muchos olvidados de los países del Este europeo, nos recuerdan esta verdad y de que el soberano último es el Señor y nadie más. Que los poderes públicos hagan sus justos deberes en el plano temporal como expresión y actuación de la soberanía popular, pero que no se extralimiten invadiendo el ámbito que es propio de Dios y de la conciencia del hombre. Éste es el ámbito de ese reino de la Verdad que ha inaugurado Jesús, que no es de este mundo, y que llegará a su término cuando el Señor ‘vuelva a juzgar a vivos y muertos’, como profesamos en el Credo.
De este juicio nos habla el evangelio de hoy. Esta conocidísima página del evangelio de Mateo con la que concluimos el presente año litúrgico nos hace pensar en lo último, en el final, no tanto entendido en sentido cronológico, sino sobre todo como lo definitivo, lo que de verdad cuenta. Y lo que cuenta - se nos dice - es el ejercicio concreto de la caridad para con el prójimo necesitado. Nuestra actitud hacia él. Más allá de nuestra fe, de nuestra pertenencia a la Iglesia, de los actos de culto y de piedad que realicemos, lo que es importante para Dios y de lo que se nos ‘examinará al atardecer de la vida' es del amor, como dice san Juan de la Cruz, de cómo hemos actuado con quien necesita nuestra ayuda. Yo ya he celebrado muchos funerales a lo largo de mis años de sacerdocio, entre ellos el de mi padre, y siempre me sobrecoge como lo que más se recuerda en ese momento del difunto es el bien que ha hecho a los demás, los actos de caridad concreta que ha realizado a lo largo de su vida. Y esto que vale para nosotros vale mucho más para Dios. Todavía me acuerdo como al terminar el funeral de mi padre se acercó una persona que yo no conocía para decirme que él no era creyente pero que estaba ahí porque mi padre en un momento muy difícil de su vida le ofreció un trabajo sin él atreverse a pedirlo. 
Las siete obras de misericordia
Caravaggio - Nápoles 1606
mi comentario al cuadro
En este texto evangélico se repite el mismo listado de acciones concretas cuatro veces, acciones que han venido a constituir las obras de misericordia corporales del catecismo, junto con la de enterrar a los muertos que se añadió en el Medioevo. El repetir tantas veces las mismas obras de misericordia nos indica que la caridad es algo concreto, que ‘obras son amores y no buenas razones’. Y el prójimo necesitado puede estar mucho más cerca de lo que pensamos. Puede ser un miembro de mi familia que necesita mi ayuda y cercanía. En contra de como a veces interpretamos esta página evangélica, los actos de caridad no se limitan a la limosna que muchas veces tanto nos cuesta, sino también a dar mi tiempo tan preciado, a ofrecer apoyo, escucha, consuelo, aprecio… También las personas que necesitan ayuda muchas veces son incapaces de pedirla, pero si nosotros estamos atentos y hemos cultivado un corazón sensible nos daremos cuenta y sabremos encontrar el modo de ofrecer nuestro apoyo sin herir la sensibilidad del otro y sin hacérselo pesar. Es ilustrativo considerar como Jesús en el evangelio sabe anticiparse a las necesidades de los demás y ofrecer lo que las personas de verdad necesitan con mucha delicadeza y respeto. Pensemos en Zaqueo, en la samaritana, en la hemorroísa, en la viuda de Naím… y sabemos también que el Señor nos dice que cuando hagamos una obra de caridad no vayamos tocando la trompeta delante de nosotros para que los demás nos vean.
Hemos empezado hablando de la casualidad al coincidir hoy el día de las elecciones generales en nuestro país y la fiesta de Cristo rey del Universo. Las ocasiones que se nos brindan para ejercer la caridad con el hermano no son casuales, son queridas por Dios para nuestra salvación, son oportunidades que Él nos da para unirnos más a Él y darle algo a cambio, agradecer lo mucho que ha hecho por nostros. El mensaje central del evangelio de hoy es que para Dios el pecado más grave puede ser el de omisión: no tanto el de hacer el mal directamente, sino el no hacer el bien que podríamos hacer.
Pidamos la Señor hoy por España, para que el gobierno que salga de estas elecciones haga las cosas bien, y pidamos también por nosotros, para que se nos conceda un corazón sensible como el de Jesús, atento a las necesitadas de las personas que el Señor nos pone en nuestro camino y dispuesto siempre a ayudar.

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