viernes, 19 de abril de 2013

El primado de Pedro: querido por Jesús y fundado en el amor



Homilía Domingo 14 de abril de 2013
III Domingo de Pascua (ciclo C)

Desde el pasado 11 de febrero, día en que Benedicto XI hizo pública su renuncia al “ministerio de
obispo de Roma, sucesor de san Pedro”, al constatar que sus ‘fuerzas por su avanzada edad ya no se
Papa Francisco y Benedicto XVI
Fuente de la imagen: vivienna.it
correspondían con las de un adecuado ejercicios del ministerio petrino’, hemos vivido momentos muy intensos de vida eclesial. Como miembros de la Iglesia hemos sido testigos de acontecimientos que nos afectan directamente y que hemos acompañado con nuestra oración: la renuncia, la sede vacante, el cónclave, la elección del papa Francisco y su primer mes de pontificado. El hecho de que todo esto nos toque tan de cerca, sea tan importante para nuestra vida, se debe principalmente a la función que ejerce el sucesor de san Pedro, al encargo que el Señor dio a este apóstol y que se transmite, según creemos los católicos, a su sucesor como obispo de Roma. Y del encargo que Jesús a dio a Pedro, de su primado, nos habla el evangelio de este tercer domingo de Pascua.

                En el último capítulo del evangelio de Juan , a modo de epílogo, encontramos el relato de una aparición, la tercera que se narra en este evangelio, que tiene lugar en Galilea, en el contexto de una comida que sigue a una pesca milagrosa y precede el encargo que el Señor da al apóstol Pedro. Es un relato que pretende indicar el fundamento del papel que desempeñan Pedro y el ‘discípulo amado’ en la primera comunidad cristiana. En esta aparición hay muchos elementos que recuerdan el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea y la vocación de los primeros apóstoles: el lago, la pesca milagrosa, la multiplicación de los panes… Otros hacen referencia a la vida y a la misión de la Iglesia: la barca de Pedro, los peces, la red que no se rompe aunque contenga un gran número de peces –número que tiene un significado simbólico difícil de precisar -, las alusiones a la Eucaristía… Sin embargo, el diálogo entre Jesús y Pedro ocupa un lugar destacado en este epílogo del cuarto evangelio e ilumina mucho el momento eclesial que estamos viviendo.

                Jesús le pregunta a Pedro por tres veces si lo ama: ¿me amas tú? Es una pregunta franca del
Cristo y los apóstoles en la barca representando a la Iglesia que a través
de la historia lleva adelante la obra de la salvación
P. Rupnik - Centro Aletti
Fuente de la imagen: centroaletti.com
Señor muerto y resucitado, del que había pasado por la ignominia de la pasión y de la cruz, del que había entregado su vida por él. La respuesta de Pedro ya no puede referirse a un amor entusiasta inicial, sino tiene que ser la de un amor maduro, un amor incondicional, un amor que responde al que el Señor ha mostrado por él. Cuando Jesús le pregunta por tercera vez a Pedro si le quiere, el apóstol se entristece, quizás porque en ese momento recuerda su triple negación. Descubre así, a la vez, su miseria y el gran amor de Jesús que se carga con su pecado y lo redime, ofreciéndole la posibilidad de una nueva relación mucho más profunda, capaz de asumir y superar la traición. El amor que ahora Pedro manifiesta por Jesús es el de un pecador perdonado, de uno que ha descubierto la grandeza de la misericordia del Señor, de uno que ahora conoce el sentido y la verdad de la cruz. El amor que Jesús le pide a Pedro y que el apóstol dice tener es el de un amor que ha pasado por le experiencia pascual de muerte y resurrección y que ya es tan maduro y pleno que está dispuesto también al martirio: “cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios”. En la primera lectura vemos como Pedro anuncia con valentía ante el Sanedrín el misterio de Cristo y sale contento de ser ultrajado por el nombre de Jesús. Aún a costa de morir tiene muy claro que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Esa pregunta que el Señor muerto y resucitado dirige a Pedro nos la dirige también a cada uno de nosotros: ¿me amas tú? ¿cómo me mas? ¿con un amor soberbio, inconstante, sentimental, infantil, o con un amor maduro, incondicional, de una persona que ha experimentado el perdón y es capaz de entregar su vida?

                Al recibir de Pedro por tres veces la respuesta que lo ama, el Resucitado le da el encargo de
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Cristo empujando los peces hacia la red
apacentar el rebaño también por tres veces. Algunos comentaristas han hecho notar que esta estructura de triple declaración refleja la de un contrato formal de aquellos tiempos y lugares. El amor que Pedro dice tener a Jesús se debe manifestarse concretamente en el servicio a los hermanos. El Señor no es el beneficiario directo del amor que le tenemos, sino los hermanos que debemos servir. Si no servimos y amamos a los hermanos, el amor que decimos tener al Señor no es auténtico. Cada uno está llamado a servir a los hermanos de manera distinta, según su vocación, su lugar en la Iglesia y en el mundo: Pedro y sus sucesores, ejerciendo el ministerio petrino de apacentar el rebaño del Señor como pastores universales, pero tú y yo, de acuerdo con el lugar en el que el Señor nos ha puesto, sea éste una parroquia, una familia, un trabajo, etc.

                El diálogo tan intenso y de tanto alcance entre Jesús y Pedro termina con una palabra que resume todo: “Sígueme”. Hace unos días recordábamos a Dietrich Bonhoeffer, ejecutado en el campo de concentración de Flossenbürg el 9 abril de 1945. Fue uno de lo grandes teólogos y testigos de la fe del siglo XX. En un libro suyo muy leído sobre el discipulado y lo que cuesta la gracia, decía: "Cuando Cristo llama a un hombre, él lo invita a venir y morir". Ser discípulo del Señor, seguirle, amarle de verdad, servir a los hermanos, implica estar dispuestos a compartir su misma suerte, a extender los brazos como él los extendió. Hizo muy bien este gran teólogo luterano en recordarnos que, paradójicamente, la gracia, aunque es gracia, aunque es regalo, cuesta muy cara. No hay un seguimiento de Jesús que sea ‘light’.

                En el evangelio de Juan, al primado que Jesús le da a Pedro, siguen unas palabras sobre el
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’discípulo amado’ que no se nos han proclamado hoy, pero que son importantes para entender los límites del ministerio petrino y la legítima pluralidad que debe existir en la Iglesia. Al preguntarle Pedro a Jesús por este discípulo, el Señor resucitado contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. No todo en la Iglesia debe ser controlado por Pedro y sus sucesores de forma directa; hay ámbitos de la vida de la Iglesia, de la vida del Espíritu, de la experiencia mística, que poseen su justa autonomía; de ahí la rica unidad en la pluralidad que caracteriza a la comunidad eclesial de todos los tiempos. Sin embargo, dentro de esta rica pluralidad hay algo que todos compartimos que es el seguimiento de Jesucristo.

Pidamos hoy, en este tercer domingo de Pascua, por el papa Francisco, para que ejerza con valor y fidelidad su ministerio a favor de los hermanos, un ministerio que tiene su origen en la voluntad de Cristo, como hemos vuelto a constatar este domingo. Pidamos también por toda la Iglesia, para que se fomente y respete la legítima diversidad en su seno, dentro de esa unidad que es fruto del Espíritu y a cuyo servicio está el sucesor de Pedro. Pidamos también por nosotros, para que sigamos con determinación a Cristo muerto y resucitado, dispuestos a compartir su suerte.

1 comentario:

  1. La verdad es que Fracisco me gusta :-) Un bello artículo, gracias por compartir. Un abrazo.

    http://frasesdedios.blogspot.com.es

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