sábado, 18 de febrero de 2012

Caravaggio y el amor que todo lo vence: ¿nos rendimos a él?

Reflexione teológicas (y filosóficas) a partir de algunas obras de Caravaggio (4)

El Amor victorioso (Caravaggio, 1602)
Gemäldegalerie de Berlín (Alemania)
                Una de las obras más desconcertantes, seductoras y provocadoras de Caravaggio es la del Amor vencedor (o Amor victorioso), también llamada Amor profano, realizada en 1602. Muestra un niño ‘de unos doce años’, con unas alas pardas de águila pintadas con todo lujo de detalle, y que han sido las que han permitido una datación bastante exacta del cuadro gracias a la existencia de una carta en la que su dueño, Orazio Gentileschi, las reclama al artista a quien se las había prestado para la obra. El niño parece estar sentado o levantándose de un banco cubierto con una sábana blanca desordenada. Detrás de él hay un globo estrellado y a sus pies los símbolos de los empresas humanas más nobles: el saber y las artes, la música, la arquitectura y la ingeniería, el gobierno, la guerra... Vemos un violín, un laúd, una armadura, una corona, un conjunto de compases, una pluma, un manuscrito y unas hojas de laurel. Pero lo que centra nuestra atención, lo que hipnotiza nuestra mirada, es el muchacho, pintado con tanto realismo e intensidad de colores que parece vivo. Su pene prepúber es el foco visual, su ambigüedad destaca, su brazo escondido detrás de las nalgas acentúa la apertura de sus muslos blancos que se ofrecen. Hasta el detalle de una de las alas negras rozando con la punta sus muslos seduce. El joven desarma con su sonrisa socarrona y a la vez inocente; es alegre y despreocupado, confiado en sí mismo. Peter Robb, un crítico de Caravaggio, dice que aquí se representa el “sexo sin culpa” (Peter Robb, M: El enigma de Caravaggio, Barcelona, Alba, 2005, p. 213). El chico que sirvió de modelo al pintor para esta obra (y para otras también, como la de san Juan Bautista) se llamaba Cecco, que algunos han identificado con el pintor Francesco Boneri y que se piensa que en ese tiempo no sólo vivía con el artista sino que era también su amante.
                Evidentemente, el cuadro fascinó a muchos y conquistó a varios poetas. Uno de ellos, Gaspare Murtula, escribirá tres madrigales sobre él: “No mires, no mires al Amor... hará arder tu corazón” (Perter Robb, op. cit., p. 219). El propietario del cuadro, el marqués Vincenzo Giustianiani, un auténtico caballero renacentista, lo consideraba el mejor de su notable colección y lo tapaba con un paño verde para no escandalizar, o mucho más probablemente para que los espectadores de su galería pudieran admirar antes los demás cuadros sin ser deslumbrados por éste. La obra también puede ser una alegoría del poder de Giustianiani, buen conocedor y dominador de los saberes y de las artes que están representados en la obra.
Amor sagrado y amor profano
(Giovanni Baglione 1602-1603)
Galleria Nazionale d'Arte Antica (Roma)
                El mensaje de este cuadro es evidente: el Eros, Cupido, el Amor, es más fuerte y se burla de las aspiraciones y de las empresas humanas más nobles. También el amor ideal parece tener que sucumbir ante su ímpetu. De ahí el título que se ha dado a la obra inspirado en las Bucólicas de Virgilio: “Omnia vincit amor” (el amor todo lo vence). Giovanni Baglione, rival de Caravaggio y después su biógrafo, pintó inmediatamente como respuesta un cuadro sobre el Amor divino que vence al profano, al mundo y al diablo, pero ni la obra impacta tanto ni el mensaje parece tan convincente.
                Los que sugiere esta obra impresionante de Caravaggio es de muchísima actualidad. ¡Qué frecuente es encontrarse con personas que en un momento dado de su vida, quizás cuando ya son bastantes mayores, son conquistadas por el Amor, por Cupido, por el Eros, por la Pasión, con una fuerza tal que puede con todo lo demás, y son capaces de dejar todo, su familia, su trabajo, logros conseguidos con mucho esfuerzo y sacrificio en tantos años! Yo mismo he experimentado la fuerza del Amor, tanto en mi vida, como en la de muchas personas que he intentado ayudar. Puede ser un sacerdote que se enamora de una chica y deja su ministerio con todo lo que eso significa, o una persona casada y con hijos que quiere a su cónyuge pero se descubre impotente ante una pasión que lo arrastra, o un hombre que descubre su homosexualidad reprimida durante muchos años, etc.
                ¿Qué se debe hacer en estos casos? ¿Seguir la ‘razón’ o el ‘corazón’? Dejarse transportar por eso que nos fascina, que nos tiene dominados, que nos promete una felicidad inmensa, o sacrificarse para quedarse con lo seguro, con la rutina, que puede ser gris y monótona, pero es lo que ‘se debe hacer’, ‘lo correcto’, ‘lo seguro’. ¿Ser ‘uno mismo’ o hacer lo que se ‘debe hacer’, lo que esperan los demás de una persona ‘sensata’ y ‘responsable’?
                Algunos pensadores y autores quizás nos pueden ayudar a reflexionar sobre esta pregunta tan acuciante en algunos momentos de la vida. El poeta y escritor libanés Khalil Gibran dice en una bellísima y muy citada poesía de su libro El profeta que hay que dejarse llevar por el amor:

Cuando el amor te llame, síguelo;
aunque sus caminos sean arduos y penosos.
Y cuando sus alas te envuelvan, entrégate a él;
aunque la espada escondida bajo su plumaje pueda herirte.

Cuando el amor te hable, cree ciegamente en él;
aunque su voz derribe tus sueños
como el viento destroza los jardines.
Porque si el amor te hace crecer y florecer,
él mismo te podará.

Y nunca te creas capacitado para dirigir el curso del amor,
porque el amor si te considera digno de sí,
dirigirá tu curso por los caminos de la vida.
Esto hará el amor en ti
para que conozcas los secretos del corazón.

El amor no da más que de sí mismo
y no toma más que de sí mismo.
El amor no posee nada
y no quiere que nadie lo posea,
porque el amor, se sacia en el amor.

                El Papa Benedicto XVI en su primera encíclica Dios es amor también reflexiona sobre el amor a la luz de la relación entre eros y ágape. Afirma que la Iglesia no está en contra del eros, ni pone arbitrariamente en su camino ‘carteles de prohibido’ para privarnos del placer que conlleva, ni lo ha envenado a través de sus preceptos y prescripciones para transformarlo en vicio, como afirma el filósofo Nietzsche. La Iglesia lo que enseña es que el eros para llegar a ser lo que está llamado a ser, para llevarnos hacia lo alto, hacia lo divino, tiene que pasar por un camino de ascesis, renuncia y purificación:
Cuando el amor te hable, cree ciegamenaunque su voz derribe tus r al
Pero, ¿es realmente así? El cristianismo, ¿ha destruido verdaderamente el eros? Recordemos el mundo precristiano. Los griegos —sin duda análogamente a otras culturas— consideraban el eros ante todo como un arrebato, una ‘locura divina’ que prevalece sobre la razón, que arranca al hombre de la limitación de su existencia y, en este quedar estremecido por una potencia divina, le hace experimentar la dicha más alta. De este modo, todas las demás potencias entre cielo y tierra parecen de segunda importancia: Omnia vincit amor”, dice Virgilio en las Bucólicas —el amor todo lo vence—, y añade: et nos cedamus amori”, rindámonos también nosotros al amor (X, 69). En el campo de las religiones, esta actitud se ha plasmado en los cultos de la fertilidad, entre los que se encuentra la prostitución ‘sagrada’ que se daba en muchos templos. El eros se celebraba, pues, como fuerza divina, como comunión con la divinidad.
....
En estas rápidas consideraciones sobre el concepto de eros en la historia y en la actualidad sobresalen claramente dos aspectos. Ante todo, que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.
                Es decir, el eros no es aún amor en sentido pleno, pero puede ser su comienzo. Para llegar a ser amor verdadero, ágape, y hacer realidad la promesa de felicidad y de realización personal que contiene, tiene que estar sometido a la razón y a la voluntad, y ser purificado del egocentrismo que lo caracteriza. Esto implica que no debemos abandonarnos sin más a él, dejarnos arrastrar y dominar por él, sino dominarlo nosotros y ponerlo a servicio de lo que es nuestro verdadero bien, que es la unión con Dios. Esta unión se consigue a través del amor, pero no entendido como eros sino ágape.
Profundizando en la experiencia fascinante, aterradora — sobre todo cuando se vive por primera vez —, esclavizante, dolorosa... del estar enamorados, es esclarecedor considerar lo que dicen otros pensadores y artistas. Algunos mencionan lo fugaz e insensato que es, por ejemplo Ortega y Gasset que describe esta vivencia como “un estado de imbecilidad transitoria”. La canción quizás más conocida del cantante cubano Silvio Rodríguez, Ójala, retrata ese deseo del enamorado de verse libre de un sentimiento que todo lo invade y hace incapaz de pensar y dedicarse con serenidad a otras cosas.
También la moderna psicología es su vertiente biológica y evolucionista, que ha llevado a planteamientos tan interesantes como los de la sociobiología, puede ayudarnos a entender otros aspectos de esta experiencia devastadora. Así se nos dice que el enamorarse, que tiene sus fundamentos biológicos en determinadas áreas del cerebro y en algunos neurotransmisores y quizás también feromonas, es una conducta muy adaptativa para nuestra especie, ya que favorece la separación del individuo de los progenitores y la formación de un vínculo lo suficientemente estable con un miembro del otro sexo como para procrear y cuidar de la prole (y de la madre) en los primeros meses cuando es más vulnerable. Muchos padres tienen experiencia directa de esto cuando ven que lo único que haría que su hijo (o hija) abandonase ‘voluntariamente’ la seguridad y comodidad de la casa paterna, es que se enamore y quiera vivir con su pareja. La atracción sexual condicionada por estos factores biológicos también permite superar el rechazo que provocaría la relación genital si no existiera esta fuerza. Cierto es que estas observaciones más o menos científicas no suelen ser tenidas en cuenta por un enamorado, ya que percibe una distancia enorme entre este tipo de explicaciones y lo que él siente. Ésta es la razón por la cual muchos psicoterapeutas se niegan a tratar a personas enamoradas hasta que no se atenúe ese estado, ya que “son incapaces de escuchar”.
                Las consideraciones psicológicas que acabamos de hacer requerirían algunas matizaciones para el amor homosexual, ya que en este caso falta el aspecto procreativo tan importante para explicar las conductas de los humanos con criterios biológicos y evolucionistas. Esto ha llevado a algunos estudiosos a hablar de la homosexualidad como una ‘desviación’ o ‘trastorno’, como algo ‘no natural’, y a hacer esto sólo a partir de razones psicológicas y sociobiológicas, sin tener en cuenta aspectos morales o religiosos. No quiero entrar en este debate en este momento. Sí creo que lo que he dicho del enamoramiento, del eros, se puede aplicar al amor homosexual, y de hecho he partido en esta reflexión de una obra de Caravaggio que alude a él. Sin embargo, también hay que tener presente que este tipo de amor tiene características propias, entre ellas la que el estado de enamoramiento suele durar menos al no existir la misma base biológica.
El Principito y su rosa
                Este aspecto de la duración más o menos larga pero no ‘para siempre’ de este estado, es algo que el enamorado no suele tener en cuenta y que, sin embargo, debería ser uno de los  criterios decisivos a la hora de decidir si ‘rendirse al amor o no’. Desde la psicología se suele afirmar que este estado dura lo necesario para crear el vínculo entre varón y hembra y garantizar el cuidado de la prole en los primeros meses, es decir 1 o 2 años como mucho. La experiencia también nos muestra lo mismo. Esa persona que ocupaba antes toda nuestra mente, que no nos permitía dedicarnos con paz a otras cosas, que con sólo verla de lejos nos hacía trepidar, con el tiempo va pasando a ser una más entre la otras. Es verdad que algún residuo de pasión suele quedar; la persona sigue significando para nosotros algo especial, pero no como al principio. La bella imagen de la rosa que utiliza Antoine de Saint-Exúpery en El principito puede valer como una buena ilustración de ello. Al principio lo que hace que esa rosa sea distinta a las demás, única para nosotros, es una pasión que no sabemos muy bien cómo surge pero que nos trastorna totalmente. Sin embargo, para que esa rosa siga siendo especial, “la nuestra”, y no se vuelva una más entre las otras que hay en el campo, hay que “domesticarla” como dice el zorro, hay que cuidarla creando con ella una relación exclusiva.
                También es oportuno hacer una clarificación terminológica al hablar de amor. El amor que representa Caravaggio en la bellísima obra de la que hemos partido en nuestra reflexión, es el eros, el amor pasional, erótico, ligado a la sexualidad. Algunos autores, sin embargo, quieren distinguir el eros no sólo del ágape, como hemos visto hace Benedicto XVI, sino también del enamoramiento, siendo según ellos éste último más centrado en la persona que lo origina mientras que el eros no parecería tener muy en cuenta a la persona en cuanto tal. Sin embargo, aunque puede haber diferencias en la relevancia que tiene la persona misma que provoca la pasión, no existe una distinción real entre eros y enamoramiento. Los dos términos hacen referencia a una misma vivencia en la que lo que cautiva es la pasión en sí y no la otra persona; ésta es sólo ocasión para ella. Es a lo que se refiere san Agustín en sus Confesiones cuando habla del amor que ‘se ama a sí mismo’: “Todavía no amaba y amaba el amor, buscando a quien amar” (III, 1).
                                Dicho todo esto, queda la pregunta: ¿Qué debemos hacer cuando nos enamoramos? ¿Nos rendimos al ‘amor que todo lo vence’? ¿Hacemos un esfuerzo heroico y nos intentamos alejar de este fuego que parece nos va a consumir? ¿Aguantamos la tempestad siendo lo más fiel posible a nuestros compromisos y vida cotidiana hasta que pase?
                Creo que la respuesta a esta pregunta nos viene dada por la persona que somos y queremos ser. Si somos hedonistas en el buen sentido de la palabra, como la mayoría hoy lo somos, tanto conscientemente como inconscientemente, y buscamos la felicidad que identificamos con el placer, decidiremos según lo que pensamos nos va a dar más placer. Elegiríamos - siempre que tangamos el autocontrol para poder hacerlo - entre un placer inmediato y arrebatador, pero que probablemente traerá consecuencia desastrosas que nos harán infelices a largo plazo, o un placer más sosegado y duradero, más tranquilo y sereno, que puede ser en ocasiones monótono y aburrido, pero que no da más establidad. Si lo que nos mueve es el sentido del deber tendremos una actitud distinta, pero que debemos aclarar. Si lo que nos motiva es un sentido del deber rígido, frío y autoritario, que es una motivación inconsciente que surge del superego, escaparíamos asustados de este amor como de la peste, reprimiéndolo y sofocándolo al primer atisbo. Esto lleva a un tipo de personalidad rígida y neurótica como muy bien sabemos los psicólogos y psicoterapeutas, que se puede venir abajo en cualquier momento con consecuencias desastrosas. Si lo que nos mueve, o mejor, queremos que nos mueva, es el deber pero asumido conscientemente como propio, hecho nuestro, viviríamos esta experiencia conociendo nuestra debilidad y conscientes de que somos ‘humanos y nada humano nos es ajeno’, aceptando nuestra ‘biología’, pero intentando permanecer fieles a los compromisos asumidos que es lo que nos demanda nuestro ‘auténtico yo’. Si además somos cristianos, tenemos el ejemplo de Jesucristo que, como dice el autor de la Carta a los Hebreos: “en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hb 12, 2). Esta actitud de renuncia consciente, querida y agradecida, por un Bien mayor, por el Amor verdadero, por fidelidad a Aquel que nos ha amado primero, sabemos que es la que conduce a la verdadera felicidad, aunque tengamos antes que pasar por algunas tempestades en las que es fácil sucumbir.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

lunes, 13 de febrero de 2012

Tocar al excluido para sanarnos

Homilía 12 de febrero 2012
VI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Jornada Nacional de Manos Unidas (Campaña contra el hambre)

Estatua de san Francsico abrazando al leproso
Iglesia de Rivotorto (Asís)
Para muchos, incluyéndome a mí, la obra más entrañable, más íntima, más personal, más reveladora, de los escritos de Francisco de Asís es su Testamento. Quería el santo que junto con la Regla fuera entendido ‘sencillamente y sin glosa y guardado con obras santas hasta el fin’. Justo al comienzo del Testamento el pobrecillo de Asís cuenta la experiencia que dio lugar a su conversión: el encuentro con los leprosos. Es conveniente, por su belleza y sencillez, citar las mismas palabras de Francisco:
"El Señor me dio a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia de esta manera. Porque, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me volvió dulzura del alma y del cuerpo. Y después de permanecer un poco, salí del siglo."           
Creo que muchos de nosotros hemos tenido experiencias parecidas en nuestra vida, sobre todo si nos hemos dedicado a actividades de voluntariado y de apostolado con los marginados. El acercarnos físicamente a las personas rechazadas, marginadas, enfermas, que nos crean un cierto reparo y miedo y la tendencia a evitarlas, quizás hasta un cierto asco natural, lleva a un cambio profundo de nuestro ser. Al superar ese primer movimiento de rechazo, ‘lo que era amargo se vuelve dulce’ como dice san Francisco, y descubrimos algo nuevo acerca de nosotros y del otro. Una de las experiencias más valiosas que hice a lo largo de mi formación para el sacerdocio, fue pasar unas semanas conviviendo en una casa con personas minusválidas, asistiéndolas en todo con el propósito de que pasaran un verano más feliz. Al principio fue chocante para mí tener que ayudarlas para que se levantaran, se vistieran, se asearán, comieran, pasearan... pero lo que era duro y difícil al principio se volvió dulce y bello al final. Como siempre pasa en este tipo de experiencias, fueron estas personas las que me ayudaron a mí a pasar un verano inolvidable y no yo a ellas.
                De este tipo de experiencias nos habla el evangelio de hoy. En tiempos de Jesús el término lepra tenía un significado más amplio del que tiene hoy. Se refería a la enfermedad de la lepra, pero también a otros tipos de patologías cutáneas como podemos deducir de la primera lectura que menciona ‘inflamación, erupción o manchas’. Éstos que hoy llamaríamos síntomas, implicaban impureza ritual y llevaban a que el individuo que los padecía fuera marginado de la sociedad; él mismo tenía que gritar que era impuro para que las personas no se le acercaran y se contaminaran. Los sacerdotes eran los encargados de declarar a la persona impura y de confirmar la curación reintegrándola en la comunidad.
                Lo que más sorprende de este relato evangélico es que Jesús se salta las leyes sobre lo puro y lo impuro y toca al leproso. Siente lástima por él y transgrede las normas sociales y religiosas y extiende la mano y toca al que había sido estigmatizado también por el poder religioso como impuro y excluido de la sociedad. Curiosamente, exactamente lo mismo hace el buen samaritano en la parábola que Jesús cuenta para explicarnos quien es nuestro prójimo. En la vida de los santos, como también en la de hombres de bien de otras religiones, hay muchísimos ejemplos de este tipo de conducta en que por amor, por compasión — que es un sentimiento propio de Dios y del hombre cuando no tiene el corazón endurecido —, se saltan normas de exclusión injustas, superando barreras puestas por los hombres, y se hace realidad una nueva forma de entender y de vivir nuestra común humanidad.
                Es verdad que en el relato evangélico de la Liturgia de la Palabra de este domingo lo que más destaca el evangelista es el poder de Jesús de hacer milagros, de salvar al hombre de todo mal que lo oprime. Así constatamos como en los primeros capítulos de este evangelio de Marcos que narran el comienzo de la actividad del Señor en Galilea, Jesús se nos presenta como el que nos libera del demonio con el exorcismo del endemoniado, el que nos salva de la debilidad y de la enfermedad con la curación de la suegra de Simón y de los demás enfermos, y el que nos redime del pecado con el perdón, como escucharemos el próximo domingo. Con la curación del leproso Jesús se muestra como el que salva de la marginación y supera las barreras injustas que construimos los hombres. Jesús nos puede liberar del mal y del pecado, que es su raíz profunda, gracias a su poder divino que se muestra en su capacidad de hacer milagros. De ahí la importancia de los milagros, que el Concilio Vaticano I define como un “suceso o fenómeno sensible, producido por un poder divino, como signo religioso, al margen de, o en contra el curso ordinario de la naturaleza” (DS 3034 y 3009).
                Sin embargo, aunque no podamos imitar a Jesús en su poder de hacer milagros, sí podemos imitar su conducta. Como dice san Pablo a los Corintios en la segunda lectura de hoy: “Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo”. Y Cristo con su proceder, con su conducta y su enseñanza, nos muestra el camino de acercarnos al otro, de superar las barreras entre nosotros, también las pseudoreligiosas, de tocar la marginación. Él mismo, nos dice la Escritura, se hizo pecado en favor nuestro. Si hacemos esto probablemente no sanaremos al que está excluido ya que no tenemos ese poder, pero sí nos sanaremos nosotros. Por eso es tan importante que los cristianos realicemos alguna actividad que implique un auténtico contacto con los marginados. No hacerlo conlleva el riesgo de instalarnos en un cristianismo cómodo y 'pijo', que es un falso cristianismo que construye y mantiene muros que el Señor ha derrumbado.
                Muy bien saben esto los que trabajan en Manos Unidas que celebran hoy su Jornada Nacional. Su Campaña de este año hace referencia al derecho a la salud, recogido y proclamado insistentemente en las Declaraciones de los Derechos Humanos y que en muchos países sigue sonando a utopía. Con el lema “La salud derecho de todos: ¡Actúa!”, nos quiere hacer más sensibles al hecho de que muchas enfermedades, como el Sida y la malaria, en principio curables o controlables, para muchos las ‘lepras’ de hoy, siguen causando millones de muertos en muchos países cada año por falta de recursos. Esta reconocida ONGD católica quiere incidir en esta situación con nuestra ayuda y la colecta de hoy de las misas en España se destinará a ello. Pero esta asociación que surgió de mujeres de Acción Católica hace muchos años, galardonada con el premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2010 al celebrar su 50 aniversario, propone que la Colecta de hoy sea también fruto de un ayuno voluntario. Ofrecer nuestra colaboración económica es algo necesario, pero como cristianos debemos hacer más, tenemos que solidarizarnos con los que ayudamos, ‘tocarlos’ como hicieron Jesús y san Francisco, para que ellos nos sanen a nosotros de nuestros egoísmos y murallas interiores, que nos hacen menos humanos y menos parecidos al Señor.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Un sábado de Jesús en Cafarnaún. El cuidado de los enfermos.

Homilía 5 de febrero 2012
V Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Ntra. Sra. de Lourdes

Ascensor del Shabat
Procedencia de la foto
                En el Catecismo hemos aprendido que el tercer mandamiento de la Ley de Dios es ‘santificarás las fiestas’. Viene antes de otros mandamientos que nos causan más conflicto y que tenemos más presentes y que por eso a veces pensamos que son más importantes. Sin embargo, no es así. Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento a la Ley de Moisés y para el pueblo de la Antigua Alianza la santificación del sábado forma parte de su misma identidad, lo caracteriza como pueblo de Dios. Una de las anécdotas que suelen contar los peregrinos que han viajado a Tierra Santa es que en los hoteles judíos hay un ascensor que se llama ‘ascensor del Shabat’ y que en ese día va parando y abriendo las puertas continuamente por todos los pisos para que no se tenga que hacer el trabajo de apretar el botón para llamarlo. Aunque nos puede parecer una exageración, ya que Jesús enseña que “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27), sí nos invita a preguntarnos acerca de la seriedad con la que tomamos y vivimos nuestro día de fiesta, cómo lo santificamos. Quizás, como nos exhortaba el beato Juan Pablo II en una Carta que escribió sobre el domingo, tenemos que descubrir de nuevo su significado y renovar nuestra forma de vivirlo. El domingo, día de la resurrección del Señor, el ‘octavo día’, día de la nueva creación’, es para los cristianos lo que es el sábado para los judíos: retoma, purifica y eleva su significado. Es el ‘día del Señor’, como dice su nombre en latín —dies dominicus —, día de descanso, día para poner en orden nuestra vida y prioridades, día para la familia y los amigos, día para la solidaridad y caridad, día para pregustar lo que será el paraíso, día para saborear nuestro ser hijos de Dios. Si no vivimos bien el domingo, corremos el riesgo de perder conciencia de los que somos y hacia donde vamos y de vernos como piezas de un engranaje anónimo. Decía un pensador refiriéndose a las condiciones injustas de algunos trabajadores, que si no se tiene el día descanso semanal, como un ritmo puesto por Dios creador en la naturaleza misma del hombre, el ser humano termina embruteciéndose. Vivir bien el domingo significa mucho más que ir a misa, significa santificarlo, vivirlo como el día que da sentido al resto de la semana y en el que hacemos las cosas que son verdaderamente importantes.  
Excavaciones de la casa de Pedro en Cafarnaún
El evangelio de hoy nos puede ayudar a entender esto mejor. En él encontramos el relato de un sábado de Jesús pasado en Cafarnaún, la ciudad de los primeros apóstoles a orillas del lago de Galilea. ¿Qué es lo que hace Jesús en ese día de fiesta? Acude primero a la sinagoga a dar culto a Dios y escuchar su Palabra y profundizar en ella, después va a casa de sus amigos — ¡qué importante es visitar a los amigos y parientes este día, sobre todo si están enfermos! — y después ejerce la caridad, cura a los enfermos y endemoniados que le traen a la puerta de la casa donde se encuentra, y muy temprano la mañana siguiente va un lugar solitarios para entrar en profundo contacto con el Padre y conocer su voluntad. Jesús en su humanidad es modelo para nosotros. Hay cosas que hace que son propias de Él y su misión como Hijo único de Dios, pero hay otras en que es un modelo que debemos imitar. De este modo, haciendo lo que hizo ese día en Cafarnaún, nos muestra que el domingo es día para celebrar el culto con nuestra comunidad, para la amistad y la familia, para la solidaridad y la caridad, para visitar y consolar a los enfermos, para orar y dedicar tiempo a la lectura espiritual.
Entre las cosas que hace Jesús ese día de sábado iniciando su ministerio en Galilea, está la de curar a los enfermos y liberar a los endemoniados. Empieza curando a la suegra de Pedro, el primer Papa casado como bromeaba un profesor mío y cuya mujer lo acompañaba en su apostolado. Sabemos esto porque san Pablo lo señala en el capítulo séptimo de la primera carta a los Corintios (1Cor 9, 7). Un pasaje de este mismo capítulo hemos proclamado hoy como segunda lectura. En él, el apóstol explica que predicar el evangelio lo siente como un deber, como algo impuesto desde fuera, y para no poner impedimentos a su predicación renuncia a los derechos que tiene como apóstol de vivir de su ministerio. La forma en que Pablo entiende la llamada de Dios y el deber de evangelizar nos enseña mucho acerca del modo de percibir y hacer la voluntad de Dios. Pero volviendo al evangelio, Jesús después de curar a la suegra de Pedro, cura y libera a los que le traen a la puerta de la casa donde se encuentra; esto ya al atardecer, al acabar el día sagrado que es cuando está permitido transportar a gente. La acción de Jesús de curar y liberar es parte de su ministerio, muestra que ya el reino de Dios ha llegado con Él.
                Esto nos lleva a plantearnos nuestra conducta con los enfermos, teniendo también presente que el próximo 11 de febrero es la memoria de Ntra. Sra. de Lourdes, Jornada mundial del enfermo. En los tiempos de Jesús se entendía la enfermedad como relacionada con el pecado, como castigo de Dios. Esto llevaba a vivir esta situación con un sentimiento de culpa, a esconder a los enfermos, a marginarlos de  la sociedad, a huir de ellos... También la enfermedad nos hace conscientes de nuestra debilidad y caducidad, de la cercanía e inexorabilidad de la muerte. Con Jesús el significado de la enfermedad y la forma de vivirla cambia radicalmente. Él viene para liberar al hombre de toda dolencia y enfermedad, de todo lo que lo oprime desde dentro y desde fuera, sobre todo para liberarlo del pecado y de la muerte. La actitud de Jesús con los enfermos es muestra de su compasión y signo de la liberación integral que Él trae. La Iglesia, continuando su obra, desde la antigüedad se ha ocupado de los enfermos, los ha atendido, ha creado hospitales... Esto es deber de compasión y signo de la verdad del evangelio: es parte esencial de la misión de la Iglesia.
                Dentro de la pastoral de enfermos, una de las acciones más importantes que realiza la Iglesia es la administración del sacramento de la unción. Tenemos que volver a descubrir este sacramento y valorizarlo como es debido. Este sacramento se debe recibir cuando uno está gravemente enfermo, no sólo cuando se está a punto de morir. Por eso con el Concilio Vaticano II se le ha cambiado el nombre de ‘extremaunción’ a ‘unción de los enfermos’. Este sacramento hace presente la caridad de Jesús para con ellos y apela a su poder de salvación y de sanación integral. Es un sacramento que en un estado de debilidad y de posible crisis de fe, nos consuela, nos cura si Dios quiere, nos da el perdón de los pecados, pero sobre todo nos ayuda a vivir la enfermedad unidos al Señor y con un sentido cristiano. Es obligación de todos agradecer al Señor que haya dado a su Iglesia este sacramento memorial de su acción con los enfermos, recibirlo cuando es oportuno y hacer que los reciban nuestros seres queridos.

    (Para profundizar en lo que puede significar para una enfermo el sacramento de la unción,  recomiendo leer este escrito de una amiga mía basado en su experiencia personal de oración y enfermedad: descubrirlauncion.blogspot.com). 


jueves, 2 de febrero de 2012

Si yo supiera poesía... (de una amiga)



Puerta del Cordero - San Isidoro de León
Si yo supiera poesía...
Hay algo que escribiría
del Buen Pastor,
que por pastor y por bueno,
de pastor se hizo Cordero...

Jesús, Buen Pastor,
que por mi amor
te hiciste Cordero de Dios.
Llámame,
llévame tras tu cayado,
a sestear en tu prado.
Y a beber en tu jardín,
de tu fuente de Agua viva,
que de Ti mana sin fin.

Cómo quisiera tener
la pluma de don Cervantes,
para decirte, como antes,
las cosas que te decía.
Cómo quisiera llorar,
hasta pasar por Ti, Puerta,
hasta tu aprisco encontrar,
aunque ya estuviera muerta.

Oh Cristo, Oh Rey,
cómo quisiera escribir,
para poder describirte,
lo que no sabría decir.
Quiero sentarme a tu mesa,
vestida de blanco añil,
y comer de tu banquete,
al que otros no quieren ir.
Y llamar a los mendigos,
y a los borrachos también,
a comer y beber gratis,
tu Pan y Vino dichosos,
hasta rebosar de Ti.
Jesús, Camino en forma de cruz,
llévame a casa del Padre.
Quiero contemplar su Rostro
y encontrarme con tu Luz.

Giovanni Bellini -  La piedad (1468-1470)
Pinacoteca de Brerra - Milán (Italia)
Jesús, Verdad verdadera,
no seas sólo una quimera,
o alto ideal para mí.
Sé real como a Tomás.
Déjame tocar tus llagas,
besar tus plantas sagradas,
velar en Getsemaní,
y toda la noche hasta el alba
permanecer junto a Ti.
Cristo amigo, Cristo hermano,
Cristo amor, ¡dolor!
pásame a mí tu quebranto,
no puedo más verte así:
Tú el médico, enfermando,
Tú la Vida, agonizando,
sólo por dármela a mí.

jueves, 26 de enero de 2012

Vivir ‘como si’

Homilía 22 de enero 2012
III Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos
Infancia misionera — San Vicente, mártir
El profeta Jonás
                Cuando sabemos que está a punto de pasar algo importante, algo que va a cambiar nuestra vida, vivimos el presente de un modo peculiar, sin estar absorbidos por él: lo que cuenta es lo que va a pasar y la situación que se va a producir cuando eso ocurra. Así, por ejemplo, si vamos a cambiar de trabajo, o de país, o vamos a recibir una herencia, o nos vamos a casar, o a tener un hijo, o también, más tristemente, si los médicos nos dicen que a un ser querido ya le queda poco tiempo de vida. En todas estas situaciones, nuestros quehaceres mundanos, las cosas presentes, se relativizan en vista del futuro que se aproxima.
                De la forma de vivir el tiempo nos hablan las lecturas de hoy; todas ellas están marcadas por esta fundamental categoría de nuestra existencia. En la primera lectura el profeta Jonás es mandado a Nínive a anunciar que queda poco tiempo, sólo cuarenta días, para que la ciudad sea destruida. Este anuncio fue creído por los habitantes y llevó a un cambio de conducta; hizo que vivieran su presente de modo distinto, en perspectiva de lo que podía pasar. En el evangelio se nos ofrece un resumen de toda la predicación de Jesús en Galilea. El Señor anuncia que el ‘plazo se ha cumplido’, que ‘el reino de Dios está cerca’ y exhorta a vivir el presente de modo distinto, cara a esta nueva realidad que llega y en la que se cumplen las promesas de Dios. La llegada del reino de Dios es obra de Dios, es gracia, es regalo. Ante el anuncio de su llegada estamos invitados a creer y a cambiar.
            Per es san Pablo en la segunda lectura el que nos sitúa en un plano más teológico y existencial. Hablando del matrimonio y la virginidad invita a los cristianos de Corinto a vivir las realidades mundanas y el tiempo presente de un modo nuevo, en vista de que “la representación de este mundo pasa”, cara al futuro escatológico que es inminente: “Digo esto: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no llorarán, los que están alegres, como si no lo estuvieran...” (1Cor 7, 29-30). Este ‘como sí’ que utiliza el apóstol — hos mé, en griego — es muy indicativo de lo que es una existencia redimida, una vida cristiana verdadera. Uno de los más influyentes filósofos del siglo pasado, Heidegger, en sus clases sobre la fenomenología de la religión, consideraba estas palabras de Pablo como descripción de una existencia cristiana auténtica. El apóstol no invita a los corintios a desentenderse de las realidades temporales, a no implicarse con las cosas de mundo, sino a vivirlas teniendo presente el futuro que llega, relativizándolas, dándoles su justo valor, no dejándose absorber por ellas. Si el Señor viene, si el reino de Dios está cerca, si nuestra verdadera patria está en el cielo, la forma que tenemos de vivir el presente y las cosas del mundo tiene que estar determinada por esto. Una vida preocupada sólo por lo mundano y esclava de ello, que no mira al cielo, sin esperanza, encarcelada en el aquí y ahora, no es cristiana. La Carta a Diogneto que describe la vida de los cristianos en la Atenas del siglo II es una buena ilustracion de lo que estamos diciendo: “Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña... Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes”.
                Esta semana, en unión espiritual con la mayoría de los cristianos de todo el mundo, rezamos por la unidad visible de los creyentes. Hacemos nuestra esa petición de Jesús al Padre en su oración sacerdotal en la víspera de la pasión: “ut omnes unum sint... ut mundus credat; que todos sean uno...  para que el mundo crea (Jn 17, 21). El Concilio Vaticano II afirmó que la oración es el ‘alma de ecumenismo’, y esta semana queremos dedicar más tiempo a rezar por este fin, conscientes de la fuerza de la oración que es capaz de realizar lo que humanamente puede parecer imposible. Pero el Concilio también decía que la conversión personal es un aspecto fundamental del compromiso ecuménico y el Papa Benedicto XVI, en su magisterio reciente, ha insistido frecuentemente sobre ello. La conversión implica ser transformados en la fe por la victoria de nuestro Señor Jesucristo, pasar con Jesús de la muerte a la vida, hacer nuestra su derrota y victoria, vivir el presente en la espera esperanzada de la manifestación plena de la resurrección y su triunfo sobre las fuerzas del mal y de la desunión. La Pascua del Señor cambia por completo nuestros conceptos de victoria y derrota y esto vale también cuando los aplicamos al ecumenismo. La cruz del Señor para el mundo es una derrota y un fracaso, para el creyente y para Dios es una victoria. Debemos también entender la unidad de la Iglesia en esta perspectiva pascual de muerte y resurrección y según los tiempos de Dios y no los nuestros. Éste es el mensaje central de los materiales que se han preparado de común acuerdo entre las Iglesias y comunidades eclesiales para este Octavario. Han sido elaborados por un grupo ecuménico polaco partiendo de una reflexión sobre la historia de su país, una historia marcada por derrotas y victorias. Esta historia civil se lee a la luz de los que dice san Pablo sobre la resurrección y sus efectos en el capítulo 15 de su primera carta a los Corintios. El lema elegido para esta Semana resume estas consideraciones: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo”.
                Hoy también celebramos el Día de la Infancia Misionera. Podemos relacionar esto con la memoria de san Vicente, diácono y mártir, que celebramos también hoy. Hablando de él y de su martirio, san Agustín dice que pudo soportar con entereza los padecimientos que se le infligían no por sus propias fuerzas, sino gracias a la ayuda del Señor, al ‘poder divino’ que actuaba en él. Así pudo vencer al mundo que intentaba hacerlo sucumbir de las dos formas en que lo intenta con los ‘soldados de Cristo’: “los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos”. Ayer hacíamos memoria de otra mártir, Santa Inés, que venció al mundo en joven edad, teniendo sólo doce años. Todo esto nos sugiere que incluso los niños, contando con la ayuda del Señor y de sus padres, pueden ir aprendiendo a ser verdaderamente cristianos, venciendo las fuerzas que a ello se oponen, y dando así testimonio con su forma de vivir de la victoria de nuestro Señor Jesucristo.

sábado, 21 de enero de 2012

Serían las cuatro de la tarde

Homilía 15 de enero 2012
II Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)


            Hay encuentros con personas que recordamos para toda la vida. Recordamos el día y la hora en que tuvieron lugar, las circunstancias, las palabras y los gestos… Bendecimos, como dice una bella canción, ‘el reloj que nos puso puntual ahí y el motivo de estar en ese lugar’. Son encuentros que nos cambian la vida, que abren un nuevo horizonte, en los que encontramos lo que estábamos buscando quizás sin saberlo, aquello que da un sentido pleno a nuestra existencia, a nuestra historia anterior y al futuro que nos aguarda.

            Una vivencia parecida es la que nos narra el evangelio de hoy; un bellísimo y sugestivo pasaje del evangelio de san Juan que tiene todo el sabor de una experiencia personal, de un relato autobiográfico. Aunque la exégesis moderna pueda dudar de la autoría del cuarto evangelio y de la identidad del apóstol del que se omite el nombre y que estaba con Andrés ese día, la tradición de la Iglesia desde siempre lo ha identificado con el evangelista Juan, autor del relato. Eso parece sugerir esa mención de la hora del acontecimiento que cambió su vida: “serían las cuatro de la tarde”.
            Todo el relato de este encuentro con el Salvador tiene una hondura de significado que nos cautiva y nos lleva a imaginarnos la escena y a sentirnos parte de ella. Los dos discípulos, Andrés y Juan, estaban con el Bautista a orillas del Jordán donde él bautizaba; eran sus discípulos. Pero Juan sabía cuál era su misión: él debía ‘manifestar a Israel alguien que venía detrás de él, pero que estaba delante, porque existía antes que él’. A Juan se le había revelado que aquél sobre quien viera posarse el Espíritu sería el que bautizara con Espíritu Santo. Juan lo vio posarse sobre Jesús y dio su testimonio. Fijándose en Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Extraña expresión la que utiliza el Bautista para dar testimonio de Jesús. Para entenderla tenemos que hacer referencia al Antiguo Testamente donde se hace mención del cordero pascual, el que comieron los israelitas la noche que salieron de Egipto y con cuya sangre marcaron sus casas para que no pasara por ellas el ángel exterminador (Ex 12, 1-14). Es el cordero que indica el paso de la esclavitud a la libertad. Por otro lado, el término cordero está también relacionado con el Siervo de Yahvé del que habla el profeta Isaías, que iba a ser como ‘cordero llevado al matadero’, que ‘justificaría a muchos porque cargaría con sus crímenes’ (Is 53, 7.11). Cuando Juan y Andrés oyeron al Bautista señalar de ese modo a Jesús se pusieron a caminar detrás de Él. El Bautista no lo impide aunque eran sus discípulos; sabe que ha llegado el Elegido, el Hijo de Dios y deja que se vayan tras él. Preciosa imagen a tener presente en la labor sacerdotal y la dirección espiritual. Es necesario saber ‘dejar ir’ a las personas una vez que las hemos llevado a encontrarse con el Señor; no tenemos que mantenerlas para siempre a nuestro lado. Somos amigos del Esposo que cumplen su función cuando acompañan la novia donde está Él.

"Este es el Cordero de Dios"
P. Rupnik - Centro Aletti
Cripta de la Iglesia de S. Pio de Pietralcina
San Giovanni Rotondo (FG-Italia)


            Jesús, al ver que lo seguían, se da la vuelta y pregunta: “¿Qué buscáis?”. Hay que entender estas palabras en toda su hondura existencial, como pasa con otras expresiones del cuarto evangelio. Jesús no sólo pregunta acerca del motivo que les lleva a caminar detrás de él, sino acerca de lo que de verdad buscan, lo que les motiva, sus anhelos más profundos. Podríamos hacernos esta misma pregunta nosotros aquí hoy: ¿Qué buscamos? ¿Qué nos ha traído aquí? ¿Qué anhelamos al participar en esta Eucaristía? ¿Qué deseamos para nuestra vida? Los dos apóstoles responden a la pregunta con otra pregunta: Maestro, ¿dónde vives? Parecería que quieren conocer mejor al Maestro, a aquel que el Bautista había designado como el Cordero de Dios. El lugar donde alguien vive suele ser muy revelador de su persona. Quizás también, implícitamente, sugieren a Jesús ser sus discípulos. Puede que también estas palabras escondan un significado más profundo si pensamos que el verbo ‘vivir’ en el cuarto evangelio tiene acepciones trascendentes: Jesús ‘vive’ en Dios, permanece en Él, esta junto a Él, como se afirma en el prólogo de este evangelio.

            La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan y Felipe es muy significativa también para nosotros hoy. Jesús no explica donde vive, sino invita a que lo experimenten personalmente: “Venid y veréis”. Cuando Pablo VI decía que hoy se necesitan ‘más testigos que maestros’ y cuando Benedicto XVI insiste en que uno se hace cristiano a partir de un acontecimiento, del encuentro con una Persona, se está haciendo referencia a esto. Es el encuentro con el Señor lo que cambia la vida, lo que nos hace sus discípulos, lo que nos hace verdaderamente cristianos. No es el adherirnos a una ideología o entrar a formar parte de un grupo, o aceptar un determinado código moral, o creer una serie de verdades que se nos proponen. Por eso debemos poder siempre decir a quien nos pregunta acerca de nuestra fe, a quien busca la Verdad: ‘ven y verás’; y nuestra vida y la vida de nuestras familias y comunidades deben ser ámbitos en los que se pueda experimentar la presencia del Señor y encontrarse con Él. San Juan Crisóstomo decía algo parecido: “Si quieres que alguien se haga cristiano, invítale a vivir contigo durante un año”. Debemos poder siempre decir al que busca: 'ven y verás'. El verbo ‘ver’, de forma parecida a ’vivir’, tiene en el cuarto evangelio una significado técnico, se refiere al ver de la fe. Estos dos discípulos al convivir con el Señor verían con los ojos de la fe la gloria de Dios. Y eso es lo que ocurrió aquel día que pasaron con Jesús. No sabemos lo que hablaron ni lo que hicieron, sin embargo sí sabemos por lo que acontece inmediatamente después que se convencieron de que Jesús era el Mesías.
"Maestro, ¿dónde vives?"
P. Rupnik - Centro Aletti
Capilla de la Fraternidad san Carlo - Roma (Italia)

            Una vez encontrado lo que realmente buscaban no se lo guardan para ellos, sino lo comparten con las personas que más quieren. Andrés encuentra a su hermano Pedro, le dice lo que ha descubierto y lo lleva a Jesús. De este modo, empieza a perfilarse esa cadena de testimonios, de apostolado, en la que uno llama a otro, que empezó con Juan Bautista y que va creando la comunidad de lo creyentes, la Iglesia.

            Habíamos empezado considerando lo decisivo que puede ser para nuestra vida el encuentro con algunas personas. Hemos puesto estas experiencias en relación a la vivencia del encuentro de los dos apóstoles con Jesús que nos narra el evangelio. Ahora volvemos a nuestra vida iluminados por esta Palabra. Los encuentros que tenemos con personas, aún cuando casuales, debemos cuidarlos porque pueden significar mucho, tanto para nosotros como para los demás. Por otro lado, el encuentro personal más importante que podemos hacer es con Cristo, vivo y presente en su Iglesia. Antes de distribuir la comunión, el sacerdote levanta la hostia y repite las palabras del Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Decía el filósofo Sören Kierkegaard que la liturgia para ser tal debe hacernos contemporáneos de Jesús. El Señor está aquí realmente presente como lo estuvo a orillas del Jordán aquel día a las cuatro de tarde. Hoy podemos y debemos encontrarnos con Él.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

miércoles, 11 de enero de 2012

El Bautismo del Señor y el nuestro

Homilía 8 de enero 2012
Fiesta del Bautismo del Señor

                Cuando nosotros pensamos en nuestra vida y hacemos un recorrido mental por sus años, nos damos cuenta que hay momentos que sobresalen sobre los demás, momentos de cambio en los que hemos tomado una decisión, en los que hemos hecho una opción fundamental o nos ha venido impuesta desde fuera, momentos en los que nuestra vida ha tomado un determinado rumbo que la ha marcado hasta hoy. Puede ser el momento en que hemos ido a vivir en un determinado lugar, que hemos elegido la carrera, en que nos hemos casado, en que hemos empezado a trabajar, en que hemos tenido un hijo... A veces son acontecimientos más tristes los que encauzan nuestra vida: la muerte de un ser querido, un despido, una desilusión de amor...
Bautismo de Jesús (Rupnik -Centro Aletti)
Sacristía de la Catedral de la Almudena - Madrid
                Algo así es lo que significó para Jesús el bautismo que recibió de manos de Juan en el Jordán. Marcó un antes y un después en su vida; señaló el comienzo de su vida pública, su revelación como el ungido por el Espíritu que viene a ‘traer el derecho a la naciones’, a proclamar la buena nueva a los pobres, ‘a abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas’. En su bautismo se oyó una voz del cielo que lo proclama Hijo amado, predilecto, en quien Dios se complace. Más aún, el bautismo de Jesús indica también el modo de su vida, la forma en que llevará a cabo su misión, por eso es su inauguración, su preludio, una anticipación de su pasión y resurrección. El Señor baja a las aguas del Jordán, símbolo de muerte, uniéndose a los pecadores que se hacían bautizar por Juan, como si fuera uno más, solidarizándose con ellos y por tanto con todos nosotros. El cumple lo que anunciaban las Escrituras del Siervo de Yahvé, que ha venido ‘para servir y no para ser servido’, para ‘tomar el pecado de muchos’ (Is 53, 12). Pero Jesús sale también del agua, y se abren los cielos, y baja sobre Él el Espíritu, y es proclamado Hijo amado, predilecto, anticipando la victoria de su resurrección.
El bautismo del Señor tiene tanta importancia en su vida y en la predicación apostólica que en los comienzos se narra la buena noticia de Jesús partiendo de este acontecimiento, como hemos constatado en la segunda lectura que nos presenta la predicación de Pedro en casa del pagano Cornelio: “conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él” (Hch 10, 37-38). También cuando fue el momento de sustituir a Judas para completar el grupo de los Doce, el requisito que se exigía a los posibles candidatos era que hubiesen acompañado a los apóstoles ‘desde el bautismo de Juan hasta el día que nos fue quitado y llevado al cielo’ (Hch 1, 22).

Río Jordán
Jesús no necesitaba recibir el bautismo de Juan: era sin pecado y era Él el que inauguraba el reino de Dios al que ese bautismo de agua preparaba. Sin embargo, lo recibió; según los Padres, no para ser Él santificado, sino para santificar Él las aguas de todos los bautisterios del mundo, de todas las pilas bautismales; ‘para que el agua tuviera desde entonces poder de santificar’. Por eso el bautismo del Señor es inauguración y fundamento del nuestro. Esta fiesta que hoy celebramos del bautismo del Señor es un momento oportuno para reflexionar y renovar nuestro propio bautismo.

En nuestro bautismo, salvando las distancias, se repitió para cada uno de nosotros lo que aconteció en el bautismo de Jesús. Se rasgaron los cielos y se abrió para nosotros el paraíso cerrado por el pecado de Adán. La voz del Padre nos declaró hijos amados, predilectos, en quienes Él se complace. En nuestro bautismo, sacramental pero realmente, hemos sino unidos a la muerte y resurrección de Cristo y hemos salido del agua como nuevas criaturas para formar parte del nuevo Israel.

Cuando se recibe el bautismo siendo adultos, este sacramento se vuelve uno de aquellos momentos de los que hablábamos antes, que marcan un antes y un después en la vida. Uno se prepara para recibirlo por medio de un proceso largo y exigente llamado catecumenado para empezar realmente a caminar en una vida nueva una vez recibido el sacramento. Sin embargo, la mayoría de nosotros hemos recibido el bautismo siendo niños. Fueron nuestros padres los que, queriendo darnos lo mejor, nos llevaron a la pila bautismal y fueron también ellos, junto con los padrinos, los que se comprometieron públicamente a educarnos en la fe para que el sacramento pudiera dar mucho fruto en nuestra vida. Se lo agradecemos porque así cumplieron con una tradición antiquísima de bautizar a los niños para que participaran de la vida de la gracia cuanto antes. Pero al hacernos adultos debemos hacer nuestro el bautismo que recibimos, renovarlo, confirmarlo con nuestra libre decisión.

Renovando el bautismo a orillas
del río Jordán
Renovar el bautismo tiene dos aspectos. Por un lado, reconocer y agradecer lo que Dios hace por nosotros gratuitamente, sin mérito por nuestro parte. Nos abre el paraíso, nos da su gracia, el Espíritu, y nos declara sus hijos muy amados, sus predilectos. Por otro lado, está nuestra colaboración con la acción de Dios, nuestra adhesión. Esto significa decidirnos por la vida de Jesús, rechazando el pecado, dejándolo sumergido en las aguas, y vivir una vida nueva, una vida según el ejemplo de Jesús, una vida de servicio, de entrega, de amor, de cruz.

En distintos momentos se nos invita a renovar nuestro bautismo de modo que el sacramento que hemos recibido vaya marcando cada vez más un antes y un después en nuestra vida, quizás no cronológico pero sí existencial. Así renovamos el bautismo cuando nos confesamos, sacramento que es como como un segundo bautismo en el que se nos perdonan lo pecados cometidos después del primero. También renovamos nuestras promesas bautismales la noche de Pascua, después del camino cuaresmal que es como un nuevo catecumenado. Cuando peregrinamos a Tierra Santa uno de los momentos más destacados es el recuerdo que se hace del bautismo a orillas del río Jordán. Cuando un familiar recibe el sacramento y nos hace el honor de elegirnos como padrinos también renovamos nuestros compromisos. También hoy, fiesta del bautismo del Señor, es un buen momento para hacerlo.

¡Que el bautismo que hemos recibido y que hoy renovamos marque realmente un antes y un después en nuestra vida!