martes, 23 de octubre de 2012

El ‘insight’ de la fe que lleva a una vida de servicio y de entrega a los demás



Homilía Domingo 21 de octubre de 2012
XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Jornada mundial por la evangelización de los pueblos (DOMUND)

El problema de los nueve puntos
La famosa expresión ‘¡Eureka!’ de Arquímedes cuando estando en la bañera descubrió la forma de determinar la densidad de un objeto sin modificar su forma a través del agua que desplaza, y la palabra insight que utiliza el teólogo Lonergan como título de uno de sus libros, señalan una experiencia humana fundamental que todos hemos tenido alguna vez. Es esa experiencia de descubrir una verdad que hasta entonces se nos había escapado, una conexión entre elementos de una cosa que estaban todos presentes pero que no habíamos relacionado, una determinada figura o forma que existía pero que no veíamos, un sentido nuevo de unos eventos que ya conocíamos pero sin ver la relación entre ellos. Es la experiencia que tuvo el apóstol que corrió con Pedro al sepulcro esa mañana del primer domingo. Cuando entró en la tumba vacía, el autor del cuarto evangelio, que la tradición de la Iglesia identifica con este mismo apóstol, con Juan, afirma: “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura, que él había de resucitar de entre los muertos”. Ese fue para san Juan el momento de su ¡Eureka!, del insight fundamental de su vida. Hasta entonces no había comprendido la enseñanza de Jesús ni el misterio de su muerte.

            Que hasta ese momento Juan no había comprendido ni el mensaje, ni la vida de su Maestro, lo podemos constatar en el evangelio de hoy: con su hermano Santiago pide a Jesús sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda en el banquete mesiánico. Buscan la gloria, el prestigio, el estatus social, en términos mundanos, en una perspectiva terrenal según la cual el reino que instauraría el Mesías sería como los otros de este mundo, quizás con mucha más gloria, pero del mismo tipo. Juan tendrá que entender que el reino que trae el Señor, la salvación que nos ofrece, es algo muy distinto. No se trata de tener mucho dinero, mucho poder, de ser importante, sino de ‘ser como Dios’. Juan lo entenderá cuando vea a su Maestro morir en la cruz y encuentre la tumba vacía. En ese momento, con la iluminación interior de la gracia divina, empezará a comprender las Escrituras que hasta ese momento permanecían veladas para él.

            Comprenderá, por ejemplo, el pasaje de la primera lectura de hoy que habla de un Siervo de Dios que será ‘triturado con el sufrimiento, que entregará su vida en expiación, que justificará a muchos porque se cargará con los crímenes de ellos’. Entenderá que este texto habla de Jesús que “vino a dar su vida en rescate por muchos”. Al entender esto estará dispuesto él también a beber el cáliz del Señor, a recibir su bautismo, a sumergirse en el abismo del dolor, que es lo que indican esas bellas imágenes que utiliza el Señor en referencia a su pasión. Juan sabrá entonces que en el reino de Dios se puede entrar solo por este camino, el que recorrió Jesús, el del servicio y de la entrega de la propia vida, el del sufrimiento. El hermano de Juan, Santiago, será el primero de los apóstoles en sufrir el martirio por seguir el camino del Maestro.

Bautismo de Jesús
P. Rupnik - Centro Aletti (2007)
Parroquia de María Inmaculada
Modugno-Bari (Italia)
Explicación teológíca:  centroaletti.com
            Lo que le pasó al apóstol Juan, salvando las distancias, nos pasa también a nosotros. Hasta que no nos llegue ese momento de luz, ese momento en el que comprendemos en profundidad las enseñanzas y el destino de Jesús y el misterio de su sufrimiento, se nos hace difícil liberarnos de los valores mundanos que dominan nuestra vida y nuestra sociedad. Como los apóstoles antes de la muerte y resurrección del Señor y de haber recibido el Espíritu, también nosotros buscamos la gloria, el prestigio mundano, un estatus social elevado según los criterios de nuestra sociedad... ¡A veces incluso utilizamos la religión para ello! Pero cuando el Señor nos toca con su gracia e ilumina nuestro entendimiento, todo esto cambia. Descubrimos que la salvación que nos ofrece Dios va por otro camino mucho más profundo e importante, que lo que nos da es algo mucho más fundamental y necesario, que su “reino no es de este mundo”, que no se trata de tener mucho dinero, prestigio social o poder, sino de estar libre del pecado y de vivir lo que Dios ha pensado para nosotros desde la eternidad, participando en su vida divina. Descubrimos que él, el Hijo de Dios, “ha venido no a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por la multitud”. Entendemos entonces que para entrar en este reino debemos seguir el mismo camino del Maestro. Aceptamos, acogemos de buena gana, o incluso buscamos, beber el cáliz del Señor para ser su amigo íntimo. No rehusamos recibir su bautismo, sumergirnos en el dolor, cargándonos con los crímenes de los demás, para rescatar así a muchos. Este es el camino de Dios y debe ser el de todo aquél que quiera ser como él.

Sin embargo, sabemos también lo débiles que somos. Quizás no hemos aun llegado a ese momento de insight, de ¡Eureka!, y los valores de este mundo son los que nos dominan. Sí, somos creyentes y hemos recibido el bautismo que non ha sumergido sacramentalmente en la muerte de Jesús para caminar en una vida nueva, pero los valores y las motivaciones que guían nuestra vida son los del mundo y no los del Señor. Todavía tenemos que hacer camino pidiendo el don del Espíritu que transforme nuestro corazón y nuestro entendimiento. En este nuestro caminar, en el que nos sentimos llenos de debilidades de todo tipo, debilidades de fe, de esperanza, de voluntad para tomar decisiones, de apegos que nos esclavizan, podemos contar con “un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios”. Él es capaz de compadecerse de nuestras debilidades, ya que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, aunque nunca dijo no a Dios. Por eso es en todo igual a nosotros. A él nos dirigimos para que nos vaya haciendo entender el misterio del reino de Dios al que estamos llamados y el camino para llegar a él.

Hoy se celebra la Jornada mundial por la evangelización de los pueblos. La misión nace cuando descubrimos la belleza del mensaje de Jesús y del reino que nos ofrece. Nace de la obligación que se siente de llevar este anuncio a los que no lo conocen. Nace de saber que hay uno que ha dado la vida por nosotros pagando nuestro rescate y que nos ha abierto las puertas del cielo. Descubrir esto nos empuja a ser ‘misioneros de la fe’, como es el lema de este año. Nos unimos en esta celebración a todos los misioneros, pedimos por ellos y colaboramos con su labor con nuestra generosa aportación. Sin embargo, aunque hoy tenemos sobre todo presente la misión ad gentes, dirigida a los que todavía no conocen a Jesús, y a los misioneros que se encargan de esta tarea que es parte de la esencia misma de la Iglesia, también sabemos que en Roma se está celebrando estos días un Sínodo de Obispos sobre la nueva evangelización. No solo es necesaria la misión ad gentes, sino también la que se debe llevar a cabo de nuevo en los países de antigua cristiandad, como el nuestro, a los que llegó el anuncio cristiano en los comienzos de nuestra era, pero en los que nos hemos olvidado consciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente, de él.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Siempre estamos a tiempo para decir sí al Señor



Homilía Domingo 14 de octubre de 2012
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)

Detalle del mosaico de Cristo pantocrátor
Iglesia de San Salvador en Chora (Estambul)
Fuente de la imagen: flickr.com
            Estoy seguro de que algunos de nosotros hemos percibido alguna vez en nuestra vida esa mirada tan especial que Jesús dirige al hombre rico del evangelio de hoy, hombre que según el evangelista Mateo es joven. El texto dice que el Señor “se le quedó mirando con cariño”, o más literalmente “se lo quedó mirando y lo amó”, o “fijando en él la mirada, quedó prendado de él”. El verbo que se utiliza en el texto original griego  –agapáô- indica un amor de predilección. Jesús mira intensamente a este joven y lo ama. Lo ama no porque ha guardado los mandamientos con fidelidad desde su juventud, sino porque ha buscado con empeño, desde su adolescencia, la sabiduría, como Salomón en la primera lectura: “Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza.... La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso”. Este joven busca la sabiduría, busca vivir una vida auténtica, por eso se acerca corriendo a Jesús, se arrodilla y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Sabemos que este amor especial que siente Jesús por el joven no se debe a su cumplimiento de la Ley porque Dios no nos ama por cumplir la Ley, su amor no está condicionado a lo bueno que seamos, sino que nos precede, es un amor ‘primero’ y gratuito. Sin embargo, en este caso se trata de un amor especial. El Señor desde la eternidad ha amado a este joven y puesto en él el deseo de la sabiduría para que buscara al Único que es bueno de verdad, al Único que puede dar vida eterna.

Fuente de la imagen: faberex.wordpress.com
Por eso Jesús se atreve a pedirle algo más, algo que pide solo a aquellos con los que quiere compartir más de cerca su vida y su ministerio. Jesús sabe que para este joven sus riquezas son un obstáculo para que realice lo que Dios tiene pensado para él. Puede que a otras personas que son amadas con el mismo amor de predilección el Señor pida una renuncia distinta, según donde cada cual tenga puesto su corazón y lo que considere su tesoro. Las riquezas materiales, sin embargo, son para la mayoría de nosotros un verdadero ídolo, algo que pervierte nuestra relación con Dios y con los demás, y nos esclaviza impidiendo que seamos libres para seguir al Señor. Por eso todos nosotros debemos desprendernos de las riquezas con el corazón –es decir, no poner nuestra confianza en ellas-, y a algunos se les pide que lo hagan también materialmente.

Sabemos la reacción de este joven: se marcha ‘pesaroso’, ‘triste’. Dicen los grandes maestros espirituales que hay distintos tipos de tristeza. Hay una tristeza que lleva a la muerte del alma, que nace de la envidia, del apego a las riquezas, del estar atrapados en las preocupaciones del mundo. Hay otro tipo de tristeza que lleva a la vida y que está asociada al arrepentimiento sincero, al darse cuenta de que hemos rechazado la voluntad de Dios, lo que él tenía pensado para nosotros.

Puede que la tristeza de este joven sea de este segundo tipo. Puede que se arrepintiera de haber dicho que no a lo que le pedía Jesús. Puede que después haya renunciado a sus riquezas y se haya hecho discípulo del Señor. El hecho de que este episodio se narre en los tres evangelios sinópticos puede ser signo de que esta persona fuese conocida en la primera comunidad cristiana y que hubiera, ya como creyente, contado la historia de su primer encuentro con el Maestro.

Mientras vivimos en este mundo estamos siempre a tiempo para volver sobre nuestros pasos y decir ‘sí’ al Señor, sean cuales sean nuestras circunstancias actuales. Si en algún momento de nuestra vida hemos percibido que el Señor nos miraba con amor de predilección y nos pedía alguna renuncia para seguirle más de cerca y le dijimos que ‘no’, estamos aun a tiempo para cambiar las cosas. Algunas personas me han contado con dolor que en un dado momento se sintieron llamadas a la vida consagrada, o a una vida de apostolado muy comprometido, pero por miedo, o porque temían entristecer a sus padres, o porque se sentían también muy ligados a otras cosas o personas, dijeron que no. Pues ahora es el momento de decir ‘sí’. Puede que las circunstancias hayan cambiado y que haya que plantearse el seguimiento de Jesús en otros términos, pero la radicalidad de la opción por él debe ser la misma. El Señor nos sigue mirando con el mismo amor y sigue esperando nuestro sí; como dice el apóstol Pablo: “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).

San Francisco renuncia a los bienes
Atribuido a Giotto (1295-1300)
Basílica superior de Asís (Italia)
En el evangelio de hoy Pedro hace notar a Jesús que él y los demás discípulos sí han dejado todo y le han seguido, a lo que el Señor contesta prometiendo el céntuplo en este tiempo a los que dejen algo por él “y en la edad futura, vida eterna”. Creo poder decir con casi absoluta certeza que todos los que hemos dejado algo para seguir más de cerca al Señor podemos dar testimonio de que esta promesa se cumple, que hemos recibido cien veces más de los que hemos dejado en relaciones humanas y en bienes . Sin embargo, Jesús también dice –algo que curiosamente solo aparece en el evangelio de Marcos- que este céntuplo va acompañado de persecuciones. Evidentemente, el camino del discipulado no es una camino de rosas; si es auténtico, implica participar de algún modo en la suerte del Maestro, pero experimentando a la vez las consolaciones de Dios y la gran riqueza en relaciones humanas y en comunión de bienes que comporta el ser apóstol.

            Como podemos constatar al reflexionar sobre el evangelio de hoy, es verdad lo que se afirma en la segunda lectura de la Carta a los Hebreos sobre la Palabra de Dios: “es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y huesos. Juzga los deseos e intenciones del corazón”. La Palabra de Dios nos ayuda a hacer claridad en nuestro interior, a darnos cuenta de nuestras motivaciones y de nuestros deseos y anhelos más profundos y a juzgarlos según Dios y a amoldarlos a su voluntad. En esto consiste el duro y fascinante camino hacia la perfección cristiana.

domingo, 14 de octubre de 2012

Con María empezando una nueva evangelización



Homilía 12 de octubre de 2012
Fiesta de Nuestra Señora del Pilar

El apóstol Santiago y sus discípulos
adorando la Virgen del Pilar (Goya, 1775)
El piadoso relato de la aparición de la Virgen al apóstol Santiago sobre un pilar a orillas del Ebro, en un momento en que el que el apóstol estaba muy desanimado por la aparente ineficacia de su obra evangelizadora, puede ayudarnos a empezar con buen pie bien este Año de la Fe que comenzó ayer en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II.

Cuando pensamos en España, ‘tierra de María’ como la llamó Juan Pablo II, y consideramos la fe de los españoles, fe que se llevó desde esta tierra a los países de la hispanidad, muchos de los cuales hoy también celebran su fiesta, podemos caer fácilmente en el desánimo. Aunque la mayoría de los españoles se siguen declarando creyentes y católicos, bien sabemos los que estamos en la primera línea de la acción pastoral de la Iglesia que esta fe la mayoría de las veces es muy débil: es una fe que podríamos llamar ‘sociológica’, más que una adhesión plena y consciente a la fe de la Iglesia fruto de un encuentro personal con el Señor. Así lo constatamos en las personas que vienen a solicitar algún sacramento a nuestros despachos parroquiales: el bautismo de sus hijos o su primera comunión, el matrimonio, un funeral para un familiar... Vienen pidiendo algo que creen que es bueno para ellos o para sus seres queridos, pero sin saber muy bien lo que implica. Como han dicho el papa y los obispos en varias ocasiones, se percibe en Europa una crisis de fe, una ‘apostasía silenciosa de  la fe’.

Gráfico de las creencias religiosas de los españoles
elaborado con datos de un barómetro del CIS de 2008.
Datos más recientes en:  cis.es
Ante este hecho que es común a todos los países de antigua cristiandad, Juan Pablo II vio la necesidad para la Iglesia en este nuevo milenio de emprender una nueva evangelización. En Roma, este mes de octubre, se está celebrando una Asamblea General del Sínodo de Obispos para tratar este tema. También en Roma, ayer, 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, con una solemne celebración eucarística, el papa dio comienzo a un Año de la Fe para ‘redescubrir el camino y la belleza de la fe’.

El pilar sobre el que se apareció la Virgen al apóstol Santiago recuerda esa columna de fuego que mostraba al pueblo de Israel salido de Egipto el camino hacia la tierra prometida: es símbolo de la fe que ilumina nuestro peregrinar hacia la casa del Padre, fe que hace que sustentemos nuestra vida sobre la roca que es Cristo, él único que no defrauda y que permanece firme cuando todo los demás vacila.

Hoy esta fe se ha vuelto débil, en nuestros países y también en cada uno de nosotros. Ya no es esa columna sólida que aguantaba todo el peso que le pusiéramos encima. Tenemos que admitir que con frecuencia tenemos dudas de fe, dudamos como hizo el pueblo elegido en el desierto de que Dios esté en medio de nosotros, que nos quiera, que el cielo exista. Por muchas pruebas que nos haya dado el Señor en el pasado, cuando las cosas no salen como pensamos deberían, le ponemos a prueba, pedimos a Dios que haga esto o aquello para que tengamos la certeza de que está con nosotros, como hizo el pueblo de Israel en Masá y Meribá pidiendo con arrogancia a Dios que sacara agua de la roca.

Logo del Año de la Fe
En estos momentos difíciles, de crisis de fe, de aparente fracaso de nuestros esfuerzos evangelizadores, muchas veces con el ánimo como lo tenía el apóstol Santiago en las riberas del Ebro, es cuando tenemos que darnos cuenta de que no estamos solos. En estos momentos estamos llamados a descubrir de nuevo la presencia de María que acompaña siempre a la Iglesia, del mismo modo que en el cenáculo estaba con los apóstoles rezando para se concediera el don del Espíritu. Sabemos que muchas cosas no se podrán hacer sin una intervención poderosa de Dios, sin un nuevo Pentecostés, entre ellas resolver la espinosa y dolorosa cuestión de la desunión de los cristianos que es condición para que el mundo crea. Por eso hoy, en esta fiesta de María, nos dirigimos a ella para que nuestra fe se vuelva más fuerte, se transforme en una columna firme sobre la que podamos edificar nuestra vida y que podemos transmitir a los demás. También ponemos nuestra labor evangelizadora bajo su guía y protección para que ella acompañe nuestros esfuerzos y puedan dar sus frutos en los tiempos y en las formas que Dios quiere.

martes, 9 de octubre de 2012

Los que se casan de verdad se vuelven una sola carne



Homilía Domingo 7 de octubre de 2012
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Memoria de Nuestra Señora, la Virgen del Rosario
Apertura del Sínodo de Obispos
Proclamación de san Juan de Ávila ‘doctor de la Iglesia’

Fuente de la imagen: shaddai360.blogspot.com.es
            La Palabra de Dios de este domingo trata un tema que nos toca muy de cerca, del que depende nuestra felicidad y la de nuestros seres queridos y del que depende también nuestra vida cristiana y el testimonio que damos de la verdad de la buena noticia de Jesús en el mundo. El tema es el matrimonio y ya sabemos lo conflictivo que es y la diferencia que supone abordarlo en términos generales o a partir de nuestra propia vida y la de los nuestros. Conocemos lo que dicen las estadísticas; por ejemplo, que por cada cuatro matrimonios que se celebran en España, tres se rompen (en 2011, según datos del INE, se celebraron 161,345 y se disolvieron 110,651), que la duración media de los matrimonios  disueltos en nuestro país es de alrededor de 15 años, que el 58% de ellos tienen hijos al romperse… Pero más allá de las estadísticas, está nuestra propia experiencia personal y la de personas muy cercanas a nosotros, experiencias a veces muy positivas, pero muchas veces, quizás la mayoría de las veces, muy dolorosas.

            Es a partir de esta experiencia que escuchamos hoy la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Esto puede llevar a que cerremos nuestros oídos, a que no queramos escuchar, porque tememos que esta palabra nos juzgue o nos imponga cosas irrealizables. Pero esto es mentira. La Palabra de Dios es siempre buena noticia. La tenemos que acoger del mismo modo que los niños aceptan un regalo, sin prejuicios ni miedos. Dice Jesús en el evangelio de hoy que de los que son como ellos es el reino de Dios, que “el que no acepte el reino de Dios como un niños no entrará en él”. El reino de Dios no es cuestión de estatus, de fuerza, no lo podemos exigir, sino que es un regalo que debemos acoger como hacen los niños, con alegría, agradecimiento y disponibilidad. Esto vale también para la Palabra de Dios que anuncia la llegada del reino. Ella no juzga nuestra vida sin más, sino la sana, nos hace ver nuestra realidad con los ojos de Dios, nos abre nuevos horizontes y nuevas posibilidades, nos llena de esperanza. ¡Escuchemos, entonces, con la confianza de los niños, la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio, lo que nos dice el verdadero y único Maestro que nos habla desde la Verdad!

            Lo primero que tenemos que señalar es que la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio no consiste en una serie de prohibiciones, sino que se fundamenta en la voluntad de Dios, en lo que Dios Padre y Creador ha queridos para el bien de sus hijos, en su sueño para el hombre y la mujer, en su proyecto originario. El reducir la enseñanza de Jesús a la prohibición del divorcio y de nuevas nupcias la falsea y no hace justicia a su profundidad y belleza. Jesús, ante la pregunta sobre la licitud del divorcio, retrotrae la cuestión a su origen, a lo que era ‘en principio’, y lo hace citando un texto del relato de la creación del libro del Génesis que hemos escuchado en la primera lectura. En él se habla de la soledad del hombre: “no está bien que el hombre esté solo”; una soledad que puede solo llenar alguien que sea similar a él, que le pueda ayudar desde el mismo nivel, un ser personal con su misma dignidad, complementario a él por esa diferencia sexual que establece el Creador desde el principio. “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. La constitución misma del hombre y la mujer, su mismo ser con su diferencia sexual y su igual dignidad, son los presupuestos del matrimonio, de esa unión profundísima de dos existencias humanas. Esta unión es tan íntima que se dice que ya no son dos, sino una sola carne. Esta unión querida por Dios, que es una unión interpersonal exclusiva y única que se pone en acto en los que se han casado de verdad, que se expresa y consolida de una manera eminente en la relación sexual, es lo que Dios ha querido para nosotros y lo que nos hace verdaderamente felices, sacándonos de esa soledad de la que habla el Libro del Génesis. Dice el Señor que esta unión, cuando es verdadera, no puede ser disuelta, porque es Dios mismo quien la ha establecido. La indisolubilidad de esta unión no es algo impuesto arbitrariamente desde fuera, una exigencia más que el Señor pone, sino que es constitutiva de esta unión, está inscrita en su misma esencia.

Resumiendo mucho lo que Jesús nos enseña sobre el matrimonio, podríamos decir que los que se casan de verdad  -no los que se casan por la Iglesia o por lo civil, como a veces decimos, y que muchas veces, desgraciadamente, no se casan de verdad, no se entregan del todo, de ahí las nulidades que con tanta facilidad se declaran-, los que se casan de verdad en un acto sincero e incondicional de entrega al otro, se vuelven una sola carne, crean una unión de vida y de amor que es única, exclusiva, indisoluble y querida por Dios, que es más fuerte que todo lo demás y que para los cristianos es signo del amor fiel de Dios.

La Batalla de Lepanto -  Paolo Veronese (1571)
Galleria dell'Accademia (Venecia, Italia)
Pero ahora, podríamos decir, habiendo escuchado sin prejuicios esta bellísima enseñanza de Jesús: ¿Y las tantas rupturas? ¿Y la violencia doméstica? ¿Y los infiernos en los que a veces se vuelven nuestros hogares? ¿Y cuando es uno solo de los dos el que tira del carro y el otro pasa? ¿Y cuando el otro se quiere ir? El divorcio ya existía en tiempos de Jesús y la ley establecía el modo de llevarlo a cabo: no se hacía en un tribunal, bastaba que el marido diera un acta de repudio a la mujer. También para la mujer, por lo menos en la ley romana, valía lo mismo.

Jesús dice que lo que ha llevado a esta norma, y lo que en el fondo lleva a las rupturas matrimoniales, es la terquedad, la sklerokardía en el texto griego, la dureza del corazón. Lo que hace para nosotros difícil vivir el proyecto de Dios que nos haría felices, es nuestro corazón duro, nuestro pecado, nuestra incapacidad de amar, nuestros miedos, nuestro egoísmo...

Jesús con su muerte y resurrección nos libera del pecado y nos da su Espíritu para que podamos caminar en una vida nueva, fieles a lo que Dios desde siempre ha querido para nosotros. Jesús no solo nos enseña la verdad sobre el amor humano, sino que también nos da la fuerza para poderlo vivir. De ahí la importancia para los matrimonios cristianos de permanecer unidos a él como los sarmientos a la vid. Permanecemos unidos al Señor a través la oración, y hoy, siete de octubre, fiesta del Rosario, puede ser una buena ocasión para retomar esta oración tan importante en la tradición de la Iglesia y cuya eficacia han experimentado muchas familias a lo largo de los siglos.

También las personas que sufren la muy dolorosa situación de una ruptura matrimonial, o que están solas no por su voluntad, pueden recibir luz de estas palabras de Jesús sobre el matrimonio para poder ver su historia con otros ojos, y encontrar fuerzas para permanecer unidas al Señor 'fuente de todo consuelo' y dar testimonio de su amor en el mundo.

Hoy empieza en Roma una Asamblea General del Sínodo de Obispos convocada por el papa para tratar el tema de La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Toda evangelización para ser eficaz necesita de signos claros que hagan creíble lo que se anuncia. Unos de los signos más elocuentes que hoy podemos dar al mundo de la verdad de la buena noticia del amor fiel de Dios hacia el hombre es la vida misma de los matrimonios cristianos que, con todas sus deficiencias humanas, viven eso que la Biblia llama ser ‘una sola carne’.

Hoy también el papa declara a san Juan de Ávila, patrono del clero secular español,  doctor de la Iglesia. Nos ponemos bajo su intercesión para que los sacerdotes y los matrimonios seamos testigos con nuestra vida de un Dios que es amor, como él decía.

martes, 2 de octubre de 2012

‘Ser de los nuestros’ para el cristiano tiene un sentido distinto



Homilía Domingo 30 de septiembre de 2012
XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Memoria de san Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia

Una manifestante besa a un policía en la Plaza Tahrir
El Cairo (Egipto) - 30/01/2011 AP
Normalmente cuando hablamos de alguien o pensamos en él tenemos muy presente si es de ‘los nuestros’ o no. Dependiendo del contexto, ‘ser de los nuestros’ puede significar pertenecer a la misma familia o grupo social, o ser del mismo partido político, o compartir las mismas creencias religiosas, o haber nacido en el mismo país, o ser miembro de la Iglesia o del mismo movimiento eclesial,... Este esquema de pensamiento que utilizamos inconscientemente para interpretar la realidad social, conlleva que nuestros sentimientos, nuestra conducta y los juicios que hacemos varían según se trate de alguien de nuestro grupo o no. Como cristianos tenemos que decir que mientras este esquema de pensamiento puede ser útil en nuestra vida cotidiana de relaciones sociales, facilitándonos la lectura de una realidad muy compleja –siempre y cuando tengamos presente lo que nos dice Jesús acerca de quién es nuestro prójimo-, no es correcto cuando lo aplicamos a la Iglesia. La Iglesia no es solo una realidad humana, un grupo humano que se contrapone a otros, sino tiene también una dimensión divina: ella es ‘signo e instrumento de la unión con Dios’; en ella está presente y actúa el Señor resucitado. Por eso las categorías humanas de ‘los nuestros - los otros’ no hacen justicia a la realidad de la Iglesia y pueden llevarnos fácilmente a falsear nuestras relaciones con los demás. Así es, por ejemplo, cuando usamos este esquema para contraponer a los cristianos con los no creyentes, o a los católicos con los cristianos no católicos, y dentro de la misma Iglesia, a los miembros de un grupo o movimiento con los de otro grupo o movimiento. Causa tristeza constatar como hay cristianos que hablan de los demás, a veces miembros de otras comunidades eclesiales tan legítimas como las suyas, como los de ‘fuera’, los que hay que evangelizar o con los hay que ser precavidos. No han entendido el misterio de la Iglesia, ni el poder de Dios, y aplican esquemas mundanos, a veces incluso marxistas de lucha de clase -aunque no lo sepan-, a una realidad que no lo es. Éste ha sido uno de los grandes errores de la teología de la liberación, pero se da en muchos ámbitos eclesiales, también de tendencia totalmente opuesta.

El pasaje del evangelio de este domingo nos muestra esto con mucha claridad. Jesús instruye a sus discípulos, mientras se dirigen hacia Jerusalén, para que vayan entendiendo el misterio de la cruz, pero ellos siguen con sus esquemas y modos de pensar mundanos. Si antes discutían quién era el más importante, ahora el apóstol Juan que ve actuar a uno en nombre de Jesús sin ser del grupo de los discípulos quiere impedírselo porque “no es de los nuestros”. Juan, como los demás discípulos, y todos nosotros, tendrá que entender que a la luz del misterio pascual ‘ser de los nuestros’ no se identifica con formar parte socialmente, visiblemente, del grupo, sino con tener el Espíritu del Señor. Decía san Ireneo: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia”. Entender y vivir el misterio de la Iglesia implica reconocer de buena gana los elementos de verdad y de santidad que hay fuera de sus confines visibles, que son frutos de la acción del Espíritu, y evitar utilizar acríticamente categorías mundanas que pueden ser útiles en otros ámbitos pero no para la Iglesia.

Fuente de la imagen:  blogs.lainformacion.com
Otro tema importante del evangelio de hoy tiene que ver con la palabra ‘escándalo’, que aparece en el texto cuatro veces traducida al castellano con ‘hacer caer’. Para entender mejor el uso de esta palabra en el Nuevo Testamento tenemos que tener en cuenta su etimología, su origen. En nuestra vida diaria cuando hablamos de escándalo entendemos “un hecho o suceso inmoral o contra las conveniencias sociales, ocurrido entre personas tenidas por respetables, que da lugar a que la gente hable mucho de él’ (Diccionario de uso del español de María Moliner). Es decir, en el uso común el significado de esta palabra está asociado al ruido, al alboroto, que causa un determinado suceso, quizás por la indignación que provoca. En este sentido también hablamos del escándalo que arman los niños cuando gritan. En la Escritura, en cambio, esta palabra se utiliza con un significado algo diferente. Skándalon, en griego, es la piedra en la que se tropieza. Es el obstáculo en el camino que nos hace caer.

            A veces esta piedra, este obstáculo, puede ser bueno para nosotros, como cuando vamos despistados por mal camino y la piedra nos hace darnos cuenta de ello y rectificar. En un sentido parecido, san Pablo habla de la cruz como un escándalo para los judíos que buscan milagros. Ellos no entienden el actuar de Dios, su fuerza y sabiduría, que se revela en la cruz. Otras realidades de la vida también pueden ser escandalosas para nosotros porque nos hacen pensar y ponen en cuestión nuestros estereotipos. Así, por ejemplo, el sufrimiento de los inocentes, la aparente suerte de los malvados y la desgracia de los justos, son hechos que cuestionan nuestras creencias.

En el texto del evangelio de hoy la palabra escándalo se concreta aún más para indicar lo que nos hace pecar, lo que es un obstáculo en el camino que nos marca Dios desvíándonos de la meta. A veces somos nosotros mismos los que nos volvemos escándalo para los demás con nuestra conducta, con nuestras palabras y mal ejemplo; nos volvemos motivo para que los demás abandonen su compromiso cristiano y pequen. El Señor utiliza palabras muy duras cuando esto acontece con alguien que es débil en la fe, con un ‘pequeñuelo’. En este caso, no solo podemos ser de escándalo cuando hacemos algo claramente ilícito, sino también cuando hacemos algo que en sí es lícito, pero que el otro no entiende o de momento no puede aceptar. Un ejemplo muy instructivo de esto, que a mí me gusta mucho citar, es el que nos ofrece san Pablo cuando trata de la cuestión de la carne inmolada a los ídolos que comían algunos cristianos. Otros cristianos consideraban esto como un acto idolátrico. San Pablo afronta esta cuestión en su primera Carta a los Corintios, enseñando que los ídolos no son nada y que por tanto la carne que se les inmola es carne como otra cualquiera. Sin embargo, si comerla puede llevar al más débil en la fe a escandalizarse hay que abstenerse de hacerlo, para no correr el riesgo de perder un ‘hermano por el que Cristo murió’ (1Co 8, 1-9-13).

San Jerónimo escribiendo
Caravaggio, 1605 - Galería Borghese, Roma (Italia)
            También hay cosas en nuestra vida que pueden ser un escándalo para nosotros, un obstáculo que nos puede separar del Señor. En el evangelio de hoy, Jesús menciona en un sentido metafórico la mano, el pie, y el ojo, y nos pide ser muy radical porque es mucho lo que está en juego. De hecho, en este texto encontramos una referencia a la eternidad del infierno cuando Jesús habla del ‘gusano que no muere’ y del ‘fuego que no se apaga’. Tolerancia cero, por tanto, con todo aquello que nos puede separar del Señor para siempre; aunque sea algo en principio lícito. Es muy reductivo interpretar estas palabras de Jesús en términos solo sexuales, como si se tratara de cosas referidas al sexto mandamiento, como muchas veces se ha hecho en el pasado. Todo lo que en nuestra vida es motivo de escándalo tenemos que quitarlo de en medio con decisión, sea ello un vicio, una relación ambigua con otra persona, un determinado lugar físico o virtual que frecuentamos, un esquema o patrón de pensamiento que hace que veamos al otro como enemigo y no como hermano, una constelación de emociones ligadas a nuestro pasado que nos impide amar de verdad, unas conductas patológicas que nos aíslan de los demás... la lista puede ser muy larga.

            Pedimos hoy al Señor, por medio de la intercesión de san Jerónimo cuya memoria celebramos, determinación para tomar las decisiones que son necesarias en nuestra vida y amor hacia la Palabra de Dios para descubrir en ella el poder y la sabiduría de Dios.

martes, 25 de septiembre de 2012

Vencer la fuerza del pecado llevando las marcas de Jesús



Homilía Domingo 23 de septiembre de 2012
XXV Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)
Memoria de San Pío de Pietrelcina

Fuente de la imagen: inciclopedia.wikia.com
“¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? Ésta es la pregunta que nos hace el apóstol Santiago en la segunda lectura. Él mismo contesta a su pregunta: “¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y hacéis la guerra.” Tenemos que reconocer que esto es verdad en nuestra vida personal de relaciones con nosotros mismos, con nuestros familiares y con los más próximos, pero también en las relaciones entre países y pueblos, y tristemente también en la vida misma de la Iglesia. El origen último de toda guerra y contienda es el pecado del hombre que conduce a la envidia, a la codicia, a la soberbia... y hace que veamos al otro como un enemigo y no como un hermano. El relato bíblico del pecado original narra como el primer hombre que fue creado bueno por Dios rechazó desde el comienzo el proyecto que el Creador tenía para él, y esto introdujo en nuestra historia humana un dinamismo de desunión y de muerte cuyas consecuencias padecemos pero que a le vez con nuestros actos potenciamos. La historia de Caín y Abel que sigue inmediatamente en el relato bíblico a la narración del pecado original y la de la Torre de Babel es expresión de ello. Jesús vino a liberarnos del pecado y de este dinamismo que lleva a las guerras y contiendas, y a restaurar el proyecto de Dios de que seamos hermanos, hijos de un mismo Padre.

Este dinamismo fruto del pecado se manifiesta también en el grupo de los doce apóstoles. En el pasaje del evangelio de Marcos que acabamos de escuchar constatamos como Jesús instruye a sus discípulos acerca del misterio de su entrega, de su muerte, y quiere hacerlo en las mejores condiciones, estando a solas con ellos, alejados del bullicio de las masas para que el aparente éxito no los lleve a  engaño y puedan comprender esta enseñanza fundamental. Quiere que entiendan que el camino de la cruz y de la cruz es el modo de vencer el pecado y su dinamismo de muerte y desunión. Pero los discípulos no entienden y hasta les daba miedo preguntar, tanto chocaba lo que decía Jesús con sus expectativas y deseos; ellos permanecían cerrados en sus esquemas discutiendo quién era el más grande. El Señor entonces les dice que desear ser el primero, sobresalir, no es malo en sí, pero no tiene que ser a costa de los hermanos, sino con ellos y para ellos: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. El Señor nos exhorta a ver al otro que está a nuestro lado como un hermano al que acoger y servir, según el proyecto originario de Dios. También la persona socialmente más humilde, como el niño que el Señor pone en medio y abraza -los niños en los tiempos y en la cultura de Jesús no tenían estatus legal- es embajadora de Dios, lo hace presente exigiendo de nosotros acogida y servicio. En otras palabras, el Señor nos pide que con él y siguiendo su ejemplo de cruz y entrega, vayamos superando esa fuerza del pecado que actúa en y a través de nosotros y lleva a guerras y contiendas. Con nuestras propias fuerzas esto es imposible, pero unidos a él, con su Espíritu, sí lo podemos, y es la tarea de todo cristiano que intenta ser testigo con su misma vida de la victoria de la cruz.

            En un mundo tan marcado por el pecado y el rechazo del plan de Dios como el nuestro, el que intenta vivir así, según el plan de Dios, puede resultar molesto para los demás y causar que se desaten contra él las fuerzas del mal: “Acechemos al justo, que nos resulta incómodo” dicen los impíos, como hemos escuchado en la primera lectura. El que experimentó esto con toda su intensidad ha sido el Justo por excelencia, Jesús. No es de extrañar y no debemos murmurar si a los que queremos ser sus discípulos nos pasa lo mismo. Es señal de que vamos por buen camino, el camino de la cruz, de la entrega y del servicio a los demás, viviendo los valores del Reino. Este es el camino que vence el pecado y las fuerzas de desunión y de muerte que son el origen de toda guerra y contienda.

Fieles esperando su turno para confesarse con el P. Pío
Fuente de la imagen: www.30giorni.it
Hoy 23 de septiembre celebramos la memoria de san Pío de Pietrelcina, muerto tal día como hoy de 1968 y canonizado por Juan Pablo II en 2002, siendo este papa testigo directo de su poder de intercesión al curar el cáncer de una amiga suya polaca. De padre Pío se cuentan muchas cosas, muchos hechos extraordinarios, y rara es la familia italiana que no tenga una imagen suya en su casa. Sin embargo, en línea con las lecturas de hoy, hay un aspecto de su vida que podemos destacar: su lucha contra el pecado y las fuerzas del mal. Esto lo hizo de un modo eminente ejerciendo su ministerio sacerdotal, sobre todo por medio del sacramento de la confesión. Venían personas de todas partes de Italia y del mundo a su confesionario en el humilde convento de los capuchinos de San Giovanni Rotondo -un remoto lugar de la región italiana de Apulia-. Los que pasaban por ese confesionario y asistían a sus misas muchas veces experimentaban un cambio radical en sus vidas: se hacían más conscientes de su pecado y del dinamismo de desunión y de muerte que les dominaba, se arrepentían de ello y se decidían por seguir el camino de la cruz y de la entrega, se decídían por llevar en su vidas las marcas –los estigmas- de Jesús, que son las marcas de los que siguen su camino en un mundo tan marcado por el pecado.

martes, 18 de septiembre de 2012

Pensar como Dios, no como los hombres



Homilía Domingo 16 de septiembre de 2012
XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)

Hay un modo de pensar, una forma de ver las cosas, de interpretar la vida y el mundo, de entender nuestra historia, lo que nos pasa, que podríamos llamar ‘del mundo’, ‘mundano’, que Jesús indica con la expresión “pensar como los hombres”, y que él percibe como satánico, como una tentación, que provoca la reacción más dura que encontramos en sus labios en todo el evangelio: “¡Aléjate de mí, Satanás!¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”.  Este modo de pensar implica una cierta forma de entender el éxito y el fracaso en la vida, lo que cuenta y lo que no para una vida lograda, lo que es una vida según la voluntad de Dios... Tiene que ver directamente con nuestra comprensión del sufrimiento, de la cruz, de la humillación, del servicio, de la entrega... Sorprende y a la vez alarma constatar la frecuencia con la que los cristianos, es decir los que nos hemos comprometido en el bautismo a vivir unidos al Señor configurando nuestra vida a su muerte y resurrección, pensamos como los hombres y no como Dios. Nos acercamos a un grupo de cristianos que está conversando y fácilmente oímos cosas como las siguientes: ‘qué mala suerte ha tenido en su vida’, ‘qué cruz le ha tocado’, ‘qué bien se lo pasa aquel y lo listo que es’, ‘qué tonto es aquel otro que se deja pisar por todos’, ‘que estúpido es ese que lo único que hace es cuidar de su padre enfermo y no vive su vida’, ‘por qué habrán tenido tanto hijos ese matrimonio para estar siempre tan agobiados y no poder darse ningún capricho’, etc. Podríamos añadir muchos más ejemplos y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos pensando igual. No hemos entendido, o no queremos entender, el mensaje de la cruz y de la entrega. Nos quedamos con Jesús como salvador, como Mesías, pero lo increpamos en nuestro interior cuando nos habla de cruz, de servicio, de entrega, de sufrimiento por el reino.

                En el apóstol Pedro nos podemos reconocer todo. Había sido testigo privilegiado del comienzo del ministerio de Jesús en Galilea, de sus milagros y de la fuerza de sus palabras, del éxito que tenía entre las masas. Todo eso, junto al auxilio de la gracia –‘te lo ha revelado mi Padre que está en el cielo’-, hace que llegue a confesar a Jesús como el Mesías esperado, el ungido por Dios para cumplir su promesa de salvación. Pero Jesús inmediatamente precisa, ‘explicándolo con toda claridad’ dice el evangelio, que lo hará según la voluntad de Dios y no según las ideas de los hombres, por un camino que implica ‘padecer mucho’. Esto Pedro no lo puede aceptar, no es así como él entiende el actuar de Dios que debe ser siempre con potencia, exitoso, glorioso, triunfando sobre los enemigos, como narran los libros del Antiguo Testamento. Un actuar del Dios todopoderoso, creador del mundo y liberador de Israel, en clave de humildad, de fracaso, de sufrimiento no es concebible y parece chocar con la relevación que ha hecho de sí mismo en la historia del pueblo elegido recogida en los libros sagrados.

Fuente de la imagen: www.tattoodonkey.com
Sin embargo, si miramos bien encontramos también en la Sagrada Escritura mención de otro modo de actuar de Dios a través de sus elegidos. En el libro del profeta Isaías se habla de un siervo que traerá la salvación a través del sufrimiento. Lo acabamos de escuchar en la primera lectura: “yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos”. Pero estas ideas no entraron a formar parte de un modo relevante en la esperanza mesiánica del pueblo de Israel que esperaba un Mesías poderoso, un gran rey o un personaje apocalíptico. Sucede con frecuencia que hacemos más caso a los textos de la Escritura que concuerdan con nuestras expectativas que aquellos que las cuestionan. Tenemos que liberarnos de nuestros prejuicios para poder descubrir el actuar de Dios en nuestra vida y para discernir su voluntad.

De acuerdo con este camino de humillación, de servicio, de entrega, de cruz que Jesús hace suyo y que elige conscientemente resistiendo la tentación satánica de seguir otro camino más acorde al ‘pensar de los hombres’, el Señor indica las condiciones para ser su discípulo. Es preciso escoger el mismo camino. Jesús aclara lo que significa esto en lo concreto de nuestra existencia: negarse a sí mismo, hacer la voluntad de Dios cargando con la cruz como él que la llevó sobre sus hombros camino del Calvario, perder la vida, no avergonzarnos de él ante los hombres...

En la segunda lectura Santiago nos dice, por si no lo tuviéramos claro, que no basta pensar como Dios en abstracto, sino que hay que actuar según este pensar. Es con los hechos de la vida que se muestra que se ha elegido el camino del Señor, que se tiene fe. Una fe sin obras ‘está muerta por dentro’. Es verdad como dice insistentemente san Pablo que las obras no nos salvan, que estar a bien con Dios no depende de que seamos buenos y de que cumplamos su ley, sino que la salvación es un regalo gratuito e inmerecido que aceptamos por la fe. Pero esta fe si está viva se manifiesta en obras, se manifiesta en un cierto modo de pensar, de actuar y de sentir, si no, aunque digamos tener fe, está ‘muerta por dentro’, como a veces lo estamos nosotros cuando hemos perdido el sentido de la vida y la dirección a la que vamos y no entendemos ni aceptamos lo que nos pasa porque aun no conocemos a Dios y su modo de actuar.

jueves, 30 de agosto de 2012

Palabras duras pero de vida eterna



Homilía Domingo 26 de agosto de 2012
XXI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B)

                Las lecturas de este domingo son una buena muestra de lo que dice Simón Pedro a Jesús cuando pregunta a los Doce si ellos también se quieren echar para atrás: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. La Palabra de Dios puede a veces ser dura, puede no ofrecernos un consuelo fácil, ni decirnos lo que nos gustaría oír -no nos regala el oído-, pero es palabra de vida eterna, es palabra que salva, como no puede hacerlo ninguna palabra humana que está limitada a lo mundano, a nuestro lado de la realidad. Podemos tener muchos maestros y muchos amigos que nos dicen cosas bonitas y útiles, pero solo uno de ellos no es de este mundo, solo uno de ellos ‘ha bajado del cielo’ y tiene palabras de vida eterna: Jesucristo, la Palabra de Dios, el Logos encarnado. A él acudimos, muchas veces cuando todo lo demás nos falla.

                La primera lectura del libro de Josué narra un momento decisivo en la historia del pueblo elegido, cuando, una vez asentado en la tierra prometida, ratifica, renueva, la alianza con Dios. El anciano Josué, que guió al pueblo en la conquista de esa tierra, quiere que todas las tribus renueven la alianza del Sinaí y convoca para ello a sus jefes en el santuario de Siquén: “Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quien queréis servir... yo y mi casa serviremos al Señor”. A esta pregunta-provocación del sucesor de Moisés, el pueblo responde: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!”. Al narrar este texto un momento en que el pueblo debe tomar una decisión, debe comprometerse, debe optar, es fácil relacionarlo con el pasaje del evangelio que acabamos de escuchar en el que Jesús también pregunta a los doce apóstoles si quieren irse. En nuestra vida, con cierta frecuencia, se nos pide tomar una decisión o renovarla, decidir si queremos servir a Dios o no. Israel toma la decisión de servir al Señor sobre la base de lo que Dios ha hecho en el pasado en su favor, de cómo ha actuado en su historia liberándolo de la esclavitud. Por eso es oportuno también para nosotros hacer memoria de lo que el Señor ha llevado a cabo en nuestra vida, de la salvación que nos ha otorgado, ya que es fácil olvidarlo sobre todo cuando las cosas nos van bien, y renovar así nuestro compromiso de servirle. Es lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía.

Familia del Castillo - Tomillo (Madrid)
                La segunda lectura de la misa de hoy, de la Carta de san Pablo a los Efesios, es el texto bíblico de referencia para fundamentar la sacramentalidad del matrimonio entre cristianos. El matrimonio es uno de los siete sacramentos de la Iglesia y decimos que lo es porque es signo e instrumento, es signo eficaz, de la unión entre Cristo y la Iglesia. En un principio este texto del apóstol nos puede sorprender por su aparente tono machista. Pablo habla de sumisión de la mujer al marido en todo, de que el marido es cabeza de la mujer. Sin entrar en un análisis detenido de esta cuestión, sí es útil señalar algunas cosas que nos pueden ayudar a enmarcar bien este texto. Pablo escribe sus cartas y ejerce su ministerio en un contexto socio-cultural determinado, que él en principio asume sin cuestionarlo directamente, pero en el que inserta la novedad del evangelio con toda su fuerza transformadora. Así, no cuestiona en sus cartas el machismo de la sociedad de entonces, ni la esclavitud, ni la forma de gobierno, etc. Sin embargo, al introducir la novedad del evangelio, injerta en esta cultura un nuevo dinamismo que la irá cambiando desde dentro. Esto lo podemos ver en el texto de la segunda lectura de hoy. El apóstol habla de sumisión de la mujer al marido, pero el fundamento de esta actitud no es social, no es la ‘diferencia de género’ como algunos dirían hoy, sino que es religioso. Pablo invita a los cristianos a ser sumisos los unos a los otros, a ponerse a servicio de los demás, a considerar a los otros superiores a uno mismo. En el fondo el fundamento de esta sumisión es seguir el ejemplo de Cristo que ‘siendo de condición divina... se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo’ (cfr. Flp 2,6-7), y esto vale tanto para la mujer cristiana como para el varón bautizado. Por eso Pablo, si bien dice a las mujeres que estén sometidas a sus maridos en todo, también dice a los maridos que amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia entregándose por ella. De todos modos, lo más señalado del texto de la Carta a los Efesios que hemos escuchado es su mención del ‘gran misterio’, que Pablo refiere a Cristo y a la Iglesia. La palabra ‘misterio’, en griego mysterión, en latín sacramentum, hace referencia en la teología de Pablo al plan de salvación de Dios que se actualiza para nosotros en el culto cristiano. Pablo aplica a la unión de Cristo y la Iglesia un texto del libro del Génesis que se refiere directamente al matrimonio: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gn 2,24). Para nosotros el matrimonio entre cristianos manifiesta y hace presente, en su celebración, pero también en su misma vida, el gran misterio de la unión de Cristo y la Iglesia, del amor de Dios hacia la humanidad. Por eso es tan importante el testimonio que pueden dar los matrimonios cristianos en un mundo secularizado que ya no conoce el amor de Dios.  

Fuente de la imagen: russellminick.com
El pasaje del evangelio de hoy es el final del discurso de Jesús sobre el pan de vida, discurso que nos ha acompañado a lo largo de varios domingos de este verano y que podemos leer en el capítulo seis del evangelio de san Juan. En la perícopa de hoy vemos las reacciones de los discípulos -no ya de los judíos- a las palabras de Jesús. Muchos de ellos dicen que el modo de hablar de Jesús es duro y se echan para atrás. Hoy también, como entonces, constatamos como muchos cristianos, a veces pueblos y países enteros, abandonan la fe, sobre todo cuando se enfrentan a sus requerimientos, y hoy como entonces el Señor no rebaja sus exigencias, no baja el listón; él sabe que la fe es un don: “nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede”. Es útil preguntarnos qué es lo que hace que las palabras de Jesús suenen duras a sus discípulos, ya que no es del todo evidente en el texto del evangelio. Jesús antes había hablado del pan que baja del cielo, del verdadero maná, del pan que da vida eterna, de su carne que es dada para la vida del mundo. La dureza de estas palabras de Jesús se debe a que hacen referencia de modo implícito al misterio de la cruz, como comprobamos al considerar los textos paralelos en los otros evangelios, y a que señalan su origen divina. Muchos de sus discípulos no pueden aceptar ni una cosa ni la otra: conocen el origen humano de Jesús que parece contradecir sus pretensiones y no tiene cabida en sus esquemas el camino de la cruz como camino de salvación. Jesús pregunta entonces a los doce si también ellos quieren marcharse. Simón Pedro responde en nombre de todos: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo consagrado por Dios”. Pedro profesa su fe y reconoce que solamente Jesús tiene palabras de vida eterna. Pueden ser palabras duras, que requieren fe para aceptar su origen divina y sus exigencias de cargar con la cruz, pero son las únicas que salvan. Benedicto XVI, comentando este texto, hace notar que dentro del grupo de los Doce está Judas, cosa sobre la cual insiste también mucho el evangelista Juan. Él no se echa para atrás, pero tampoco acepta a Jesús como mesías. Vive en la mentira. Permanece físicamente en el grupo de los Doce, pero su corazón está en otra parte; se siente traicionado por Jesús y quiere a su vez entregarlo. La figura de Judas es una advertencia para los discípulos del Señor de todos los tiempos.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

jueves, 19 de julio de 2012

Verano y Palabra de Dios


Homilía 15 de julio de 2012
Domingo XV del Tiempo Ordinario (ciclo B)
San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia

Fuente de la imagen: nationalgeographic.com 
        El verano es un tiempo muy adecuado para ponerse a la escucha de la Palabra de Dios, para dejar que esta palabra entre en nosotros, en las profundidades de nuestro ser, y nos vaya transformando. Esto lo podemos hacer participando en las celebraciones litúrgicas, sobre todo en la misa dominical, y prestando atención a la Liturgia de la Palabra. Pero también lo podemos hacer leyendo por nuestra cuenta con una cierta regularidad algún texto bíblico. Si hacemos esto a sabiendas de que no solo es palabra humana, sino también palabra de Dios, experimentaremos como esto nos va cambiando. La palabra de Dios es eficaz, es creadora, y va actuando en todos los niveles de nuestra existencia, incluso más allá de nuestra conciencia, y nos va haciendo una creatura nueva a imagen de Jesús. No hace falta que entendamos todo lo que leemos o escuchamos, es suficiente hacerse receptivos a esta palabra, acogerla con cariño y devoción. Por eso una Biblia, o un libro que contenga textos bíblicos como un misal, no debería faltar en nuestra maleta para este verano.

       Voy a comentar brevemente los textos bíblicos que se nos han proclamado en su orden, destacando con sencillez solo algunas cosas que a mí me han llamado la atención hoy, dejando a vosotros que descubráis otros elementos que pueden apelar más a vuestra vida y a vuestra situación actual. La Palabra de Dios, por ser de Dios, tiene una riqueza de significados inagotable y cada uno de nosotros al leerla o escucharla puede sacer cosas distintas, todas ellas válidas.

       En la primera lectura el sacerdote del templo de Betel dice al profeta Amós que se vaya a predicar a otro sitio, a Judea, porque su predicación molesta, anuncia catástrofes y desanima al pueblo, y además él no es un profeta de profesión, no es hijo de profetas, no pertenece a esta casta. A esto Amós responde que no ha sido él quien ha decido ser profeta, sino que ha sido Dios quien lo la llamado para ello. Él era un pastor y un  cultivador de higos. Su vocación es la que legitima su predicación. Con frecuencia la Palabra de Dios denuncia nuestra conducta, nos dice que el rumbo que hemos dado a nuestra vida no es bueno, nos pide cambiar; es decir, con frecuencia nos incomoda y preferiríamos no escucharla. Sin embargo, en el fondo de nuestro corazón sabemos que es palabra de vida eterna, que es palabra de verdad y de un Padre que nos ama y quiere nuestro bien. Otra enseñanza que podemos sacer de esta primera lectura es que la Palabra de Dios nos puede llegar por medio de alguien que no es oficialmente ministro de ella, sino que ha sido inspirado por Dios para transmitírnosla. ¡Cuántas veces alguien nos dice algo importante para nosotros, algo que nos ayuda a vivir de un modo distinto nuestra situación, desde Dios y no desde el mundo, y ese alguien no es un ministro de la Iglesia, ni alguien en principio cualificado para ello!

Fuente de la imagen:  myblog.it
La segunda lectura es un himno con el que empieza la Carta de Pablo a los Efesios. Quiero resaltar solo dos frases de este importante himno que se refieren a dos temas fundamentales de nuestra vida cristiana: la elección y la predestinación. El apóstol afirma que ‘Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor’. Dios nos ha elegido a todos y a cada uno de nosotros, a ti y a mí, desde siempre, desde toda la eternidad, para que fuésemos santos, viviendo la plenitud del amor. Dice también el apóstol a los cristianos de Éfeso y a nosotros que “él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos”. El reformador Calvino hablaba de una doble predestinación: Dios destina algunos al cielo y otros al infierno independientemente de su libertad. Aquí en cambio Pablo habla de una sola predestinación y es a ser hijos de Dios. Podemos con nuestra libertad oponernos a ella, pero la única predestinación que existe es a ser sus hijos. Paralelamente, el Concilio Vaticano II habla de una única vocación que es válida para todos los hombres y es la divina, la vida eterna, y no hay otra.

En el evangelio que hoy la Iglesia nos ofrece se habla de la misión prepascual de los Doce que es anticipo de la misión universal de toda la Iglesia que empezará después de Pascua, después de la muerte y resurrección del Señor. Los apóstoles son enviados de dos en dos por Jesús, recibiendo de él instrucciones muy precisas sobre el modo de proceder. Estas instrucciones siguen valiendo hoy para la misión de la Iglesia que nos incumbe a todos. Hay que usar medios pobres que no contradigan el mensaje que se tiene que transmitir que es el de Cristo y éste crucificado. McLuhan, profeta de la civilización actual de la comunicación, decía que “el medio es el mensaje”. No se puede separar el mensaje del medio que se utiliza para transmitirlo. Eso quiere decir que para predicar a Jesucristo que rechazó las tres tentaciones del demonio en el desierto, no podemos utilizar medios que basen su eficacia en el poder, el miedo, lo espectacular y el misterio, como diría el gran inquisidor de Dostoievski y que fue justo el camino que Jesús rechazo para llevar a cabo su misión. También es significativo que Jesús los mande de dos en dos. Dice san Gregorio Magno que así lo hizo Jesús porque los mandamientos de la caridad son dos: el amor de Dios y el del prójimo y que quien no tiene caridad para con los demás no debe dedicarse a la predicación. La relación entre los apóstoles tiene que ser testimonio de la verdad de lo que predican. Los padres cristianos transmiten a sus hijos la fe a través de la enseñanza, pero es fundamental que la relación que existe entre ellos no contradiga lo que enseñan, sino que muestre su ceredibilidad.

San Buenaventura
Hoy es el 15 de julio y se celebra la memoria de san Buenaventura, uno de los grandes teólogos del siglo XIII, ministro general de la Orden franciscana en sus comienzos, y después también cardenal obispo de la diócesis de Albano. Es uno de los grandes doctores de la Iglesia. En sus obras habla de la fe de la gente sencilla que puede ser muy superior a la de un gran teólogo como su contemporáneo Tomás de Aquino; también, a diferencia de santo Tomás, sostiene la preeminencia del amor sobre la fe. De los muchos libros que escribió, hoy la Iglesia en el Oficio nos propone un texto suyo tomado de su obra Itinerario de la mente hacia Dios. En él afirma que ‘quien mira plenamente la placa de expiación que es Jesús y la contempla suspendida en la cruz, con la fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.'

Nos encomendamos hoy a este gran santo y también a nuestra Madre que mañana veneraremos como Nuestra Señora del Carmen.