sábado, 21 de septiembre de 2013

Redescubriendo el Concilio Vaticano II y su enseñanza sobre la Iglesia


La actualidad y vigencia de la Lumen gentium



En las reuniones de los grupos de matrimonios de mi parroquia a lo largo del curso 2012-2013 se ha utilizado como texto de referencia la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia. Se eligió este importante documento al estar celebrando el Año de la fe convocado por Benedicto XVI. En la Carta Apostólica Porta fidei (n. 5con la que el papa emérito invitaba a toda la Iglesia a celebrar este año como ocasión para profundizar en los contenidos de la fe y en el acto mismo de creer, hacía clara referencia al Concilio Vaticano II:

He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, “no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza" (Novo millennio ineunte, 57) . Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: “Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia" (Discurso a la Curia Romana  (22 diciembre 2005) .

Al estudiar la Constitución Lumen gentium en las reuniones de los talleres de matrimonios nos dimos cuenta de la verdad de estas palabras de Benedicto XVI y de la vigencia de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Varios matrimonios expresaron su gozo y sorpresa al descubrir lo que la Iglesia, en el ejercicio más solemne de su función magisterial, dice de sí misma, de su misterio, de su papel en el plan de salvación de Dios para con la humanidad, de su relación con los demás cristianos y los miembros de otras religiones y también con los no creyentes, de su estructura, de los sacramentos, de la vida consagrada, de la santidad exigida a todos sus miembros y de su dimensión escatológica, como también del misterio de la Virgen María a ella inescindiblemente ligado.

Propongo aquí, como ya hice para el Youcat, un resumen de los ocho capítulos de este documento que se hizo teniendo presente los grupos de matrimonios de mi parroquia, en su mayoría compuestos por matrimonios jóvenes con niños pequeños, para que les pudiera ayudar a la hora de preparar las reuniones de este año. Sin embargo, aunque en este resumen de la Lumen gentium se tiene especial atención a los temas matrimoniales y familiares, creo que puede ayudar también a otras personas y grupos en  diferentes contextos. Después del resumen del contenido de los distintos capítulos se proponen algunas preguntas para la profundización y reflexión personal y de grupo de los temas tratados.

Las fotos que se han puesto en esta entrada del blog fueron sacadas en la reunión final de los grupos de matrimonios de la parroquia que se celebró en un chalet de Robledo de Chavela, en la sierra de Madrid, el 29 de junio 2013.

CAPÍTULO I: El misterio de la Iglesia

  • El documento quiere insertar a la Iglesia dentro del plan de salvación de Dios para la humanidad.
  • Plan que Dios tiene pensado de toda la eternidad y que tiene como finalidad hacer partícipe al 
    hombre de la vida divina.
  • Pero desde el inicio de la historia humana, el hombre se rebela, pretende usurpar el puesto de Dios al no aceptar ser criatura.
  • La misión de Cristo y el envío del Espíritu restaura el plan de Dios y la Iglesia continua la misión de Cristo, llevando la salvación a la humanidad sobre todo a través de la celebración de los sacramentos, en especial del bautismo y la Eucaristía.
  • Por eso la Iglesia, antes de ser una sociedad, un grupo humano con características peculiares y con una organización especial, es parte del misterio de salvación, es como un sacramento, un signo e instrumento de la salvación que Dios ofrece a la humanidad; está integrada por un elemento divino y otro humano; es una realidad compleja humano-divina que hace presente y visible en este mundo la salvación que Dios ofrece a toda la humanidad; por eso también decimos que es la vez santa porque en ella está presente la gracia de Dios, y necesitada continuamente de renovación porque encierra en su propio seno a pecadores.
  • El tema central de la predicación de Jesús es la llegada del reino de Dios y la llamada a la conversión para entrar en él. La Iglesia es el germen y el inicio del reino de Dios que llegará a su plenitud al final de los tiempos.
  • En la Escritura se utilizan distintas imágenes para hablar del reino de Dios y de la Iglesia: redil cuya puerta es Cristo; grey cuyo pastor es Dios; campo y viña del Señor; edificio y templo cuya piedra angular es Cristo; ciudad santa y nueva Jerusalén, esposa y madre, etc.
  • Una imagen muy importante es la de cuerpo de Cristo, cuerpo cuyos miembros somos nosotros y cuya cabeza es él.
  • Esta Iglesia fundada por Cristo subsiste en la Iglesia católica aunque fuera de ella se dan muchos elementos de santidad y de verdad.

Posibles preguntas para la profundización personal y el trabajo de grupo

  • ¿Cómo percibo y vivo la Iglesia? Como un grupo, una sociedad humana a la que vagamente pertenezco, o como una realidad humano-divina en la que me uno a Dios? ¿Cuál es mi lugar en la Iglesia? ¿Me siento parte activa del cuerpo de Cristo?
  • ¿Cómo vivo los sacramentos? ¿Los vivo como instrumentos para unirme con Dios y para recibir la vida divina?
  • ¿Creo que esta Iglesia que es la mía tiene su origen en Cristo o es una invención humana?



CAPÍTULO 2: El pueblo de Dios

  • “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y sirviera santamente”. Por eso eligió al pueblo de Israel como anticipación e imagen de la Iglesia, nuevo y definitivo pueblo de Dios. La alianza que Dios hizo con Israel era figura y preparación de la nueva y definitiva, realizada en Cristo. Este nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, no está unificado por la común descendencia carnal, sino por el Espíritu. Esto significa que entramos a formar parte de este pueblo no por ser descendencia de Abrahán según la carne, sino por la fe y el bautismo. Este pueblo mesiánico, aunque de momento no incluya a todos los hombres y a veces parezca pequeña cosa en comparación a toda la humanidad, es para todo el género humano signo e instrumento de salvación. Este pueblo entra la historia de la humanidad, si bien también trasciende todo tiempo y frontera.
  • Por el bautismo y la confirmación se participa en el sacerdocio común de los fieles y estamos llamados a ofrecer sacrificios espirituales a Dios y a dar testimonio de él y de su reino en el mundo. En la Eucaristía, junto con la Víctima divina, nos ofrecemos nosotros mismos, nuestras propias vidas, al Padre: éste es nuestro culto razonable como dice san Pablo. Junto al sacerdocio común de los fieles está el sacerdocio ministerial de los que reciben el sacramento del orden. Los dos tipos de sacerdocio, aunque esencialmente distintos, están ordenados el uno al otro y son participación en el único sacerdocio de Cristo.
  • El sacerdocio común de los fieles y el ministerial se actualizan en la celebración de los sacramentos a través de los cuales se nos da la gracia de Dios para poder santificarnos.
  • Todo el pueblo de Dios participa no solo del sacerdocio de Cristo sino también de su función profética, sobre todo dando testimonio de su fe con su vida. Cuando el pueblo de Dios en su conjunto, obispo y fieles, cree algo que se refiere a le fe o a las costumbres como cierto, no puede equivocarse ya que posee como don del Espíritu “el sentido sobrenatural de la fe”. El Espíritu también distribuye dones –carismas- a los fieles para el bien de la comunidad. El juicio acerca de la autenticidad de estos dones, sobre todo de los extraordinarios, pertenece a la autoridad eclesiástica.
  • Todos los hombres están llamados a formar parte del pueblo de Dios, por eso decimos que la Iglesia es universal, es ‘católica’. Esta catolicidad se manifiesta en que las culturas y tradiciones de los distintos pueblos, en lo que tienen de verdadero y bueno, son asumidas por la Iglesia, es decir, la Iglesia se hace presente en todos los pueblos y culturas manteniéndolas, purificándolas y elevándolas. .La unidad de la Iglesia no es uniformidad sino rica diversidad, cuyo principio de unidad es el Espíritu. En el seno de la Iglesia las personas tienen diferentes funciones y estados y existen distintas Iglesias particulares, algunas de las cuales tienen sus propias tradiciones y ritos litúrgicos. A la Iglesia están ordenados todos los hombres, tanto los católicos y creyentes en Cristo, como los demás.
  • La Iglesia es necesaria para la salvación ya que en ella se hace presente y actúa Cristo, único salvador del género humano. “Por lo cual no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o perseverar en ella”. “No se salva, sin embargo, aunque esté incorporado a la Iglesia quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia ‘en cuerpo’, mas no ‘en corazón’”. Los catecúmenos que se preparan para recibir el bautismo, y que han solicitado con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, están vinculados a ella.
  • La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con los cristianos no católicos y ora, espera y trabaja por la unidad de todos los creyentes en Cristo.
  • También los no cristianos están orientados a la Iglesia. En primer lugar lo está el pueblo judío ‘del cual nació Cristo según la carne’, pero también los musulmanes y todos los que buscan a Dios con sincero corazón. “Pues quienes, ignorando sin culpa el evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta”, ya que “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1 Tm 2,4).
  • La Iglesia, a través de los apóstoles, ha recibido de Cristo el mandato de predicar el evangelio a toda criatura hasta los confines de la tierra. “La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo”, según su función. “La Iglesia ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios”.


Posibles preguntas para la profundización personal y el trabajo de grupo

  • ¿Cómo experimento yo la universalidad de la Iglesia? ¿Me doy cuenta de que ella está llamada a estar presente en todos los pueblos y culturas, respetando, valorando y asumiendo todo lo bueno que hay en ellos? Reconozco la rica diversidad que existe en la Iglesia y a la vez su profunda unidad?
  • ¿Siento que como bautizado participo en el único sacerdocio de Cristo? ¿Cómo ejerzo este sacerdocio? ¿Me uno a la ofrenda de Cristo en la Eucaristía ofreciendo mi vida? ¿Intercedo por los demás hombres y mujeres?
  • ¿Cómo entiendo la doctrina de que la Iglesia es necesaria par salvación? Si Dios quiere que todos se salven, ¿qué debemos decir de los muchos que no  forman parte visiblemente de la Iglesia? EL Concilio también afirma que no basta estar dentro de la Iglesia visiblemente para salvarse, sino que es preciso también que ejercer la caridad: ¿qué significa esto para mí?
  • ¿Cómo entiende mi lugar y mi responsabilidad en la misión de la Iglesia que nos incumbe a todos de dar a conocer a Cristo a todos las criaturas y hasta los confines de la tierra?


CAPÍTULO 3: Constitución jerárquica de la Iglesia, y particularmente el episcopado

  • Entre sus seguidores Cristo eligió doce apóstoles constituyéndolos a modo de colegio, o grupo estable, con la función de enseñar el evangelio, celebrar los sacramentos y gobernar la Iglesia por él fundada. Dentro de este grupo destaca la figura de Pedro al que Jesús dio las llaves del reino y el poder de atar y desatar, es decir, “instituyó en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y comunión”.
  • Los obispos son los sucesores de los apóstoles y junto con el sucesor de Pedro, el papa, 
    gobiernan la Iglesia. De hecho, los apóstoles, en las Iglesias que iban fundando elegían entre los discípulos a algunos para que ocupasen sus puestos al morir ellos, y éstos, a su vez, hacían lo mismo. Esto es lo que llamamos la sucesión apostólica que se ha mantenido en la Iglesias hasta nuestros días y que es la que garante de que lo que transmitieron los apóstoles haya llegado invariado hasta nosotros. Algunas comunidades cristianas han roto esta cadena de transmisión del encargo apostólico, como las que nacieron de la Reforma protestante, por eso no las llamamos Iglesias sino comunidades cristianas y no las consideramos ‘apostólicas’ en el sentido en el que nosotros entendemos este término. Esta cadena de sucesión apostólica se manifiesta visiblemente a través del signo de la imposición de las manos que se utiliza en la ordenación episcopal.
  • Los obispos reciben la plenitud del sacramento del Orden con la consagración episcopal que lleva consigo una efusión especial del Espíritu Santo que confiere la capacidad-deber de santificar, enseñar y gobernar; capacidad-deber que deben ejercer siempre en comunión con los demás obispos y con el papa.
  • El colegio episcopal no tiene poder o autoridad si no es junto al romano pontífice, mientras que el papa “tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena, suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente”. Esta autoridad suprema de todo el colegio episcopal junto con el papa se ejerce de modo solemne en los concilios ecuménicos. El último de ellos ha sido el Concilio Vaticano II.
  • Los obispos son el principio y fundamento visible de unidad en las Iglesias particulares que gobiernan, “en la cuales y a partir de las cuales se constituye la Iglesia católica, una y única”. Tienen potestad propia, ordinaria e inmediata sobre la porción del pueblo de Dios que se les encomendada, pero no sobre otras Iglesias, aunque como miembros del colegio episcopal deben sentir solicitud por todas las Iglesias y prestar ayuda fraterna cuando sea necesario. Algunas Iglesias, especialmente las surgidas de los grandes patriarcados de la antigüedad,  tienen una disciplina y unos ritos litúrgicos propios, aunque estén unidas a la Iglesia de Roma. Esta variedad manifiesta la catolicidad de la Iglesia.
  • La predicación del evangelio sobresale entre los deberes de los obispos, los cuales deben ser escuchados con veneración, ya que lo hacen con “la autoridad de Cristo”, aunque cada uno de ellos por separado no goza de la infalibilidad. Además del papa, la infalibilidad compete a todo el colegio episcopal cuando, en unión con el papa, define como tal una doctrina que se refiere a la fe o a la moral y que se sitúa en el ámbito de la divina revelación. Sin embargo, aunque no sea una enseñanza de por sí infalible y definitiva, los fieles deben adherirse al magisterio ordinario de los obispos -y especialmente del papa- con “religioso respeto”, con el “obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento”.
  • Los primeros colaboradores de los obispos son los sacerdotes, que santifican, predican y gobiernan, bajo la autoridad del obispo, la porción del pueblo de Dios a ellos confiada. Cuando celebran los sacramentos actúan en la persona de Cristo cabeza y lo hacen presente.
  • Los diáconos son los colaboradores de los sacerdotes en la administración de algunos sacramentos y en ejercicio de la caridad. El diaconado se puede conferir también a hombres casados.


Posibles preguntas para la profundización personal y el trabajo de grupo

  • ¿Cómo entiendes tú la figura de los obispos? ¿Qué relación tienes con ellos? ¿Crees que son sucesores de los apóstoles con un don especial del Espíritu para cumplir su función? ¿Cómo escuchas sus enseñanzas: con respeto y obediencia, con actitud crítica…? ¿Lees lo que dicen los obispos o te fías de lo que dice la prensa que ellos han dicho?
  • ¿Cómo entiendes la figura del papa? ¿Crees que es sucesor del apóstol Pedro y que cumple en la Iglesia la misión que Jesús le confió a él? ¿Cómo te sitúas ante su enseñanza y como la escuchas (con respeto, con obediencia filial, con actitud crítica, con sospecha…)? Crees que el papado tal como se ejerce actualmente en la Iglesia es como Jesús lo quiso para su Iglesia? ¿Qué cambiaría?



CAPÍTULO 4: Los laicos

  • Identidad y misión de los laicos: Los laicos son “todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso”. El carácter secular es ”propio y peculiar” de los laicos”. “A los laicos corresponde por propia vocación tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios”. “Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida… Allí están llamados por Dios, para que desempeñando su propia vocación… contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento”.
  • El pueblo de Dios es uno y hay una auténtica igualdad entre todos los miembros: común a todos es la dignidad de ser hijos de Dios que viene del bautismo, común también es la vocación a la santidad, y común es la esperanza de la vida eterna.
  • Los laicos están llamados a contribuir al crecimiento de la Iglesia y a su auténtica santificación. Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que solo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos. Junto al apostolado en el mundo los laicos también pueden desempeñar cargos eclesiásticos y asociarse más de cerca al apostolado de los pastores ejerciendo algunas funciones eclesiales (catequesis, participar en la liturgia o presidirla en algunos casos, dirigir asociaciones de fieles, etc.).
  • Los laicos también participan a su modo del triple oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey. Como sacerdotes ofrecen sacrificios espirituales, ya que “todas sus obras, sus oraciones, iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo”.
  • Como profetas los laicos proclaman el reino de Dios con su vida y su palabra dando testimonio de la fe, testimonio que “adquiere una característica específica y una eficacia singular por el hecho de que se lleva  a cabo en las condiciones comunes del mundo y esto es especialmente importante en el ámbito de la vida matrimonial y familiar: “Aquí los cónyuges tienen su propia vocación: el ser mutuamente y para sus hijos testigos de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada”.
  • Como reyes deben dilatar el reinado de Cristo en la tierra, ‘impregnando las cosas temporales del Espíritu de Cristo, y promoviendo los bienes creados mediante el trabajo, la técnica y la cultura civil, para utilidad de todos los hombres y de modo que sean más convenientemente distribuidos’. Deben igualmente sanar las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado.
  • Los laicos deben “aprender a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana”. Pero deben saber también que ‘cualquier asunto temporal debe guiarse por la conciencia cristiana, dado que toda actividad humana está bajo el imperio de Dios’. Del mismo modo que es preciso ‘reconocer que la ciudad terrena se rige por principios propios’, hay que “rechazar la doctrina funesta que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca y elimina la libertar religiosa de los ciudadanos”.
  • Los fieles laicos tienen “el derecho de recibir con abundancia de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la palabra de Dios y los sacramentos”. Y “manifiéstenles sus necesidades y deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo”. Igualmente deben aceptar “con prontitud de obediencia cristiana aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes”. Las Pastores por su lado deben reconocer y promover la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia: ‘recurran a su consejo, encomiéndenles cargos a servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar’.
  • “Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo”. “Lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo”, y esto vale de un modo especial para los laicos que viven en el mundo.


Posibles preguntas para la profundización personal y el trabajo de grupo

  • Lo que caracteriza la identidad y misión de los laicos es que viven como cristianos en el mundo, en un trato cotidiano con las cosas temporales: la familia, el trabajo, el barrio, el ocio... Es en estos ámbitos donde deben vivir su fe y dar su testimonio. ¿Qué significa concretamente esto para ti? ¿Cómo vives tu fe en estos ámbitos (familia, trabajo, vecinos, ocio, etc.? ¿Cómo das testimonio en ellos? ¿Eres (o intentas ser) sal de la tierra, luz del mundo, fermento en la masa? ¿Es más difícil vivir la fe en el mundo o en un monasterio?
  • El laico participa de la misión de la Iglesia y frecuentemente es llamado a colaborar más de cerca en el apostolado que llevan a cabo los pastores. ¿Participas en alguna actividad eclesial (catequesis, apostolado de algún movimiento, celebraciones litúrgicas, etc.? ¿Estás llamado a hacer algo más?
  • Lo que enseñó el Concilio Vaticano II acerca de la identidad y la misión de los laicos fue en su momento muy innovador, ya que en el magisterio anterior se había hablado poco de ellos. Se tendía a considerar a los laicos más como sujetos pasivos de la acción eclesial que como protagonistas de ella. Sin embargo, trascurridos 50 años del Concilio, quizás podemos constatar que se quedó algo corto y no llegó a desarrollar del todo la doctrina sobre el ser y el actuar de los laicos. ¿Qué añadirías tú a partir de tu experiencia sobre la misión y la identidad de la los laicos en la Iglesia y en el mundo? Aunque el Concilio habla algo de la vida familiar, quizás hoy añadiríamos algo más, ya que el matrimonio y la familia es el lugar principal de santificación para los esposos y para dar testimonio del amor de Dios en el mundo. ¿Qué piensas sobre ello?
  • Una de las enseñanzas fundamentales del Concilio es la distinción entre el orden temporal y el religioso, que no están separados, pero que sí tiene cada uno de ellos su propia autonomía que es preciso respetar. Así la Iglesia no debe inmiscuirse directamente en asuntos que tienen que ver con el gobierno del orden temporal y, a su vez, tampoco el gobierno civil debe meterse con temas que no son de su competencia. Sin embargo, esta tensión no es fácil de mantener y siempre se corre el riesgo de que el más fuerte en un momento dado invada el territorio otro. ¿Qué piensas? ¿La Iglesia es demasiado intervencionista en asuntos civiles y políticos? ¿Los gobiernos respetan como es debido la libertad religiosa?


CAPÍTULO 5: Universal vocación a la santidad en la Iglesia

  • Llamamiento a la santidad: La Iglesia es santa porque el Señor la hace santa, entregándose por
    ella y uniéndola a sí. Por ello, todos sus miembros están llamados a la santidad, no solo los que pertenecen a la jerarquía. Todos deben acercarse a la perfección de la caridad según el propio género de vida; de una manera singular la santidad se manifiesta en la práctica de los consejos evangélicos (pobreza, castidad, obediencia), que por impulso del Espíritu Santo muchas personas abrazan, tanto en privado, como en un forma pública reconocida por la Iglesia, por ejemplo en un instituto religioso.
  • El divino maestro y modelo de toda perfección: Jesucristo nos pidió a todos ser santos: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestros Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Él nos envía el Espíritu Santo para que nos mueva interiormente a amar a Dios con todo nuestro ser y a nuestro prójimo como él nos amó. En nuestro bautismo ya hemos sido santificados, ya que este sacramento nos hace hijos de Dios y partícipes de la vida divina, pero es necesario que con la ayuda de la gracia conservemos y perfeccionemos esta santidad que hemos recibido como un don. La santidad es don y tarea. Como todos los días pecamos tenemos que rezar continuamente al Padre que nos perdone nuestras deudas, como hacemos en el Padrenuestro.
  • La santidad en los diversos estados: Aunque todos estamos llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad y siendo una misma la santidad a la que estamos llamados, sin embargo cada uno debe practicarla según su género de vida. Todos estamos llamados a progresar en la santidad siguiendo a Cristo pobre, humilde y cargado con  la cruz, pero según los dones y funciones que nos son propios. Así los pastores deben ser ejemplo de santidad y su mismo ministerio si es vivido ejerciendo la caridad pastoral se vuelve medio de santificación para ellos. “Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios”. Lo mismo, mutatis mutandis, vale para los viudos y célibes. El trabajo diario también es medio para llegar a la santidad, ayudando a los conciudadanos, elevando el nivel de la sociedad y de la creación, e imitando a Jesús que trabajó con sus propias manos y sigue obrando en unión con el Padre. También los enfermos y los que sufren están llamados a permanecer unidos a Cristo paciente, ofreciendo sus padecimientos por la salvación del mundo. “Todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo.”
  • La santidad consiste en el ejercicio de la caridad perfecta, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por él. Es un don del Espíritu pero debemos poner los medios para que crezca: escucha de la palabra de Dios, participación en los sacramentos, oración, abnegación de sí mismo, servicio de los hermanos… El martirio es el supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores; aunque es don concedido a pocos, sin embargo, todos debemos estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres. También la consagración a Dios con corazón indiviso en la virginidad y el celibato por el reino de los cielos es un modo de fomentar la santidad. Esto vale también para los otros dos consejos evangélicos, los de la obediencia y de la pobreza, a través de los cuales los hombres y las mujeres que libremente los eligen por impulso de la gracia, conforman su vida a Cristo pobre y obediente.


Posible pregunta para la profundización personal y el trabajo de grupo

  • ¿Me siento llamado a la santidad o creo que no es algo para mí? ¿Cómo puedo vivir la perfección de la caridad en mi estado de vida? ¿Qué medios debería poner o qué cambios debería realizar? ¿Qué significa para mí vivir la plenitud del amor en mi matrimonio y mi familia? ¿Mi trabajo es para mí ocasión de santificación y de colaborar en la obra de la creación?



CAPÍTULO 6: Los religiosos

  • La práctica de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, fundada en la palabra y el ejemplo del Señor son un don divino que la Iglesia valora y conserva; la Iglesia se ha preocupado de interpretar estos consejos, de regular su práctica e incluso de fijar formas estables para vivirlos. Esto ha llevado al desarrollo de diversas formas de vida solitaria y comunitaria y al nacimiento de muchos institutos de vida consagrada. Estos institutos religiosos ofrecen a sus miembros estabilidad en el género de vida, doctrina experimentada y comunión fraterna.
  • Los religiosos, o consagrados,  no constituyen un estado intermedio entre los laicos y los clérigos, como algunos piensan, sino son personas, que siendo laicos o clérigos, sienten la vocación de consagrarse a Dios de una forma más plena a través de la práctica de los consejos evangélicos, por tanto es un estado común a ambos. La consagración tiene lugar a través  de la emisión de los votos, que se suele hacer en el contexto de una celebración litúrgica. Aunque se pueden vivir los consejos evangélicos de forma privada, normalmente se hace dentro de un instituto religioso aprobado por la Iglesia y que frecuentemente ha fundado un santo dándole una regla. 
  • Los religiosos manifiestan ante todos los fieles que “los bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, testimonian la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo y prefiguran la futura resurrección y la gloria del reino celestial”. Con su vida son testigos de la dimensión trascendente y escatológica de la existencia, es decir, hacen presente en este mundo la ciudad futura hacia la que nos encaminamos. El estar consagrados a Dios a través de la práctica de los consejos evangélicos no les quita nada de su humanidad, ni les hace extraños a los hombres e inútiles para la sociedad terrena. 
  • La jerarquía de la Iglesia, cumpliendo su función de dirección pastoral, es la que aprueba, regula y vigila sobre la vida religiosa. Algunos institutos están eximidos de la jurisdicción de los obispos locales y responden solo al Romano Pontífice, mientras que otros son de derecho diocesano. Todos, sin embargo, deben obedecer al obispo local y seguir sus indicaciones en lo que se refiere a la actividad diocesana.

Posible pregunta para la profundización personal y el trabajo de grupo

  • ¿Aprecio el testimonio que dan los consagrados en la Iglesia y en el mundo? ¿Les considero unos ‘raros’? Aunque no todos están llamados a vivir los consejos evangélicos, ¿me siento yo llamado a abrazar algunos de ellos, aunque sea privadamente? ¿Ha habido alguna persona consagrada que ha sido significativa en mi vida a través de su testimonio o de su ayuda? ¿Qué institutos religiosos conozco más de cerca? ¿Qué me atrae de su carisma?



CAPÍTULO 7: Índole escatológica de la Iglesia peregrinante y su unión con la Iglesia celestial

  • El centro de la predicación de Jesús es el adviento del reino de Dios que es una realidad trascendente
    que se cumplirá definitivamente solo en la gloria del cielo. Sin embargo, Jesús fundó la Iglesia como anticipo, como germen e inicio, en la tierra del reino de Dios.
  • Existe una unión en la caridad entre los cristianos que aun peregrinamos por este mundo y los que ya
    han muerto y han alcanzado la gloria celestial o están todavía en un estado de purificación. Este es el fundamento de los sufragios que se ofrecen por los difuntos y de la veneración a los santos, cuyo culto, más que en la multiplicidad de los actos exteriores, debe fundarse en un amor efectivo. Los santos son modelo para nosotros e interceden ante el Padre en nuestro favor; su culto no compite con el culto ‘latréutico’ que es debido solo a Dios. Nos unimos a ellos de un modo especial en cada celebración eucarística. Siempre creyó la Iglesia que los Apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado el supremo testimonio de fe y de caridad con el derramamiento de su sangre, nos están más íntimamente unidos en Cristo; les profesó especial veneración junto con la Bienaventurada Virgen y los santos ángeles e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión. A éstos pronto fueron agregados también quienes habían imitado más de cerca la virginidad y pobreza de Cristo y, finalmente, todos los demás, cuyo preclaro ejercicio de virtudes cristianas y cuyos carismas divinos los hacían recomendables a la piadosa devoción e imitación de los fieles”.


Posibles preguntas para la profundización personal y el trabajo de grupo

  • Tengo presente la dimensión escatológica, trascendente, en mi vida? ¿Vivo cara ‘al cielo’ o estoy apegado solo a lo mundano? ¿Qué pienso de los santos? ¿Les tengo una devoción apropiada? ¿Tengo devoción a la Virgen o a algún santo en especial?
  • ¿Qué relación tengo con mis difuntos? ¿Rezo y celebro misas por ellos? ¿Creo que siguen vivos y que están en el purgatorio o en el cielo? ¿Qué pienso del purgatorio?



CAPÍTULO 8: La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia

  • Los fieles al estar unidos a Cristo, debemos honrar la memoria de María, su madre. Ella es superior a todas las criaturas celestiales y terrenas, pero forma parte de la raza humana y en cuanto tal también necesita ser salvada por su Hijo. El Concilio quiere en este capítulo ilustrar su función en la obra de la salvación y en la Iglesia y los deberes de los creyentes para con ella.
  • Al engendrar al Verbo eterno en su seno y darlo a luz es justamente venerada con el título de Madre de Dios. Fue redimida de modo eminente desde el primer momento de su existencia en previsión de los méritos de su Hijo y estuvo unida  a él con un vínculo estrecho e indisoluble. A causa de esto es superior a todas las criaturas, pero a la vez está unida a la estire de Adán. Es también madre de los miembros de la Iglesia al cooperar con su amor a que nazcan a la vida de la gracia. Por eso también es miembro excelentísimo y singular de la Iglesia y es tipo o modelo de ella. La Iglesia tiene hacia ella un afecto de piedad filial. Ella ocupa en la Iglesia el lugar más alto y la vez el más próximo a nosotros.

Función de María en la historia de la salvación

  • Antiguo Testamento: Los libros del Antiguo Testamento leídos tal como se leen en la Iglesia y tal como se interpretan a la luz de la revelación ulterior y plena, evidencian poco a poco de una forma cada vez más clara la figura de la mujer Madre del Redentor: Bajo esta luz aparece proféticamente bosquejada en textos como: Gn 3, 15: promesa a los primeros padres de la victoria sobre a serpiente; Is 7,14: la virgen que concebirá un hijo y le pondrá por nombre Emanuel.
  • Anunciación: aceptación por parte de María del plan de salvación querido por Dios; ella es la llena de gracia, la toda santa, la preservada desde el momento de su concepción de toda mancha de pecado; María no fue un instrumento pasivo en las manos de Dios, sino cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres; los Padres de la Iglesia contraponen la desobediencia de Eva a la obediencia de María: “La muerte  vino por Eva, la vida por María”.
  • Visitación: María es proclamada por Isabel bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida.
  • Nacimiento: María presenta su Hijo a los pastores y a los Reyes Magos.
  • Bodas de Caná: María suscita con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús,
  • Vida pública: También ella durante la vida pública de Jesús avanza en su peregrinación de la fe y se mantiene unida a su Hijo hasta la cruz, asociándose con su entraña de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; fue dada por Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo amado.
  • Después de la Ascensión: Persevera con los apóstoles con en oración a la espera del Espíritu prometido por el Hijo.
  • “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte.”


La Santísima Virgen y la Iglesia

  • Hay un solo mediador entre Dios y los hombres que es Cristo. Sin embargo, la misión maternal de
    María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. El influjo salvífico de María sobre los hombres depende totalmente de la mediación de Cristo.
  • En la tierra ella fue Madre de Jesús, compañera suya y su humilde esclava. Concibió a Cristo, lo engendró, lo alimentó, lo presentó al Padre en el templo, padeció con él en su pasión y cooperó con él a obra de la salvación con su obediencia, su fe, su esperanza, y su caridad ardiente, con el fin de restaurar la vida sobrenatural en las almas; por eso podemos decir que es nuestra madre en el orden de la gracia.
  • La maternidad de María perdura sin cesar desde el momento de la anunciación, pasando por la cruz, y llegando hasta la consumación final, ya que asunta a los cielos continua esta misión salvadora; con su amor materno cuida de los hermanos de su hijo; por eso es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora…
  • Cristo es el único mediador, pero esta mediación única no excluye, sino suscita en las criaturas diversas formas de participar en ella; así somos mediadores los unos para los otras de la gracia de Dios y esto vale de un un modo más eminente para María.
  • Junto a ser mediadora de gracia, María, en cuanto virgen y madre, es tipo y modelo de la Iglesia. Es modelo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión con el Señor. De hecho, la Iglesia es madre pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios. La Iglesia también es virgen en cuanto guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo.
  • Ella también es modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos. Por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe.
  • María por ser madre santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada por la Iglesia con culto especial. Es venerada desde los tiempos antiguos como “Madre de Dios”. El  culto que le tributamos es de veneración y de amor, de invocación y de imitación. Aunque es un culto muy singular, se distingue esencialmente del culto de adoración debido solo a Dios. María al ser honrada hace que su Hijo sea mejor conocido, amado, glorificado y obedecido. Su culto no quita nada al que tributamos a su Hijo.
  • El Concilio invita a fomentar el culto a la Virgen; los teólogos y los predicadores deben abstenerse con cuidado tanto de toda falsa exageración como también de una excesiva mezquindad de alma al tratar de la singular dignidad de la Madre de Dios. “La verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en un vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer las excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de su virtudes”.
  • Asunta en cuerpo y alma al cielo es signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor.


Posibles preguntas para la profundización personal y el trabajo de grupo
  • ¿Qué pienso del culto a María en la Iglesia católica? ¿Es el adecuado? ¿Es demasiado sentimental? ¿Tiene poco fundamento bíblico y teológico y menoscaba la centralidad de Cristo y de Dios?
  • ¿Qué ideas de este capítulo de la Lumen Gentium te han parecido más útiles para entender el culto debido a María (la participación de María en la historia de la salvación, su unión con Jesús, su función maternal para con los creyentes, su ser modelo de la Iglesia como virgen y madre, su ser signo de esperanza en la victoria final, … )?
  • ¿Qué devociones marianas conozco (rezo del rosario, romerías, visita a santuarios, etc.? ¿Con cuál de ellas me siento más a gusto y cuáles no me gustan o las rechazo?
  • Juan Pablo II llamó España “Tierra de María”. ¿Tenía razón?
  • ¿Qué lugar tiene María en mi vida de fe? ¿Me dirijo a ella en mi oración o me dirijo más a Jesús o directamente a Dios? ¿Debería mejorar en esto?

martes, 3 de septiembre de 2013

Comer juntos y el reino de Dios


Homilía Domingo 1 de septiembre de 2013
XXII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)

            Algunos estamos terminando el verano con algunos kilitos de más. Sabemos que esto es normal
porque en vacaciones somos más tolerantes con nosotros mismos, nos concedemos  algún capricho más, comemos cosas que no solemos probar durante el resto del año... pero también porque hacemos más comidas juntos en familia y con los amigos, y en nuestra cultura, como en la de Jesús, el comer juntos tiene mucha importancia; es algo que hacemos no solo para alimentarnos físicamente, sino es una acción que tiene profundas dimensione humanas, culturales y sociales, y también religiosas. Aunque compartimos la conducta de comer con el resto de los animales, en nosotros adquiere significados que superan este nivel y hacen referencia a lo humano y social, especialmente cuando la realizamos juntos. En esto es parecida a otras conductas, como la sexual, que en el hombre adquieren una dimensión nueva. Comer juntos, compartir el pan, es mucho más que alimentarse y es algo que tenemos que valorar y cuidar. En nuestras comidas familiares y con amigos, por ejemplo, a veces con demasiada ligereza damos paso a la televisión y a otros artilugios que nos aíslan los unos de los otros y entorpecen la comunión y comunicación verdaderas. Algunos hablan de estos aparatos como caballos de Troya que dejamos entrar poco precavidamente como si fueran un regalo y terminan destruyéndonos desde dentro.

Si consideramos la vida de Jesús como se describe en los evangelios nos damos cuenta de lo importante que eran las comidas para él. Muchas de las cosas señaladas que hace y enseña el Señor ocurren en el contexto de una comida, y el mismo eligió la imagen del banquete para hablar del reino de Dios. Esta Eucaristía que estamos celebrando se instituyó en la última cena de Jesús con sus discípulos y es una pregustación del cielo. Así nos lo decía el autor de la Carta a los Hebreos en la segunda lectura. Aunque en nuestro culto no se repitan los signos tremebundos del Sinaí que marcaron la antigua alianza, tiene lugar algo mucho más grande, porque en él nos acercamos “al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús”. Y en el origen de todo esto está el acto de comer juntos.

            El evangelio de hoy nos narra una de esas comidas de Jesús que él aprovecha para dar sus
El papa Francisco en la capilla de Santa Marta
enseñanzas sobre el reino de Dios. Jesús habla de la inclusividad de este reino, que es para todos. Nadie en principio está excluido de él; no es solo para los que se creen elegidos, los que la sociedad considera justos, sino también para los excluidos, los pobres, los que no cuentan, los impuros. Por eso una de las condiciones para entrar en él es la humildad. Esta actitud surge del darse cuenta y reconocer que uno es invitado al banquete sin merecerlo, que el puesto que le corresponde por propios méritos es el último. Decía santa Teresa de Ávila que la “humildad es andar en verdad”: nace de un verdadero conocimiento de uno mismo, de los propios límites y defectos y, más profundamente, de nuestro sabernos criaturas de Dios y pecadores, de la conciencia de nuestra nada si no fuera por la providencia y la misericordia del Señor. La actitud opuesta es la soberbia que surge de un autoconcepto falso, de un yo ‘inflado’, de una percepción errónea de la propia autosuficiencia.

            Otra condición para participar en el banquete es aceptar que Dios invita a quien quiere, según sus criterios que no son los nuestros. Por ello, no nos debemos escandalizar de ver en nuestras Eucaristías personas que algunos consideran ‘impuras’, como quizás pasaba en las comunidades a las que Lucas tiene presente al escribir su evangelio. Tenemos que aprender una y otra vez que los planes de Dios y sus caminos difieren de los nuestros, que su reino es para aquellos que él llama bienaventurados, los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón... no para aquellos que tienen éxito según los criterios humanos.

            Unido a lo anterior, para entrar en el reino de los cielos hay que aprender a hacer comunidad cristiana con los últimos y hay que aprender también a dar sin esperar una reciprocidad humana o mundana, sino la que nos dará Dios en la “resurrección de los justos”.

            ¡Cuidemos ese acto tan cotidiano y a la vez tan profundamente humano y religioso del comer juntos en el que pregustamos el reino de Dios! ¡Que aprendamos a conocernos y aceptarnos para ser verdaderamente humildes! ¡Que aprendamos también a ser generosos como lo es Dios con  nosotros!

martes, 9 de julio de 2013

Llevar con orgullo las marcas de Jesús por ser apóstol

Homilía Domingo 7 de julio de 2013
XIV Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
Jornada Nacional de Responsabilidad del Tráfico
Recuerdo de Atenágoras I, patriarca de Constantinopla

Nguyen Van Thuan
Imagen: fabisart.blogspot.com
                No creo equivocarme si digo que cada uno de nosotros tiene algún texto bíblico que para él o ella es especialmente importante, quizás porque lo oyó proclamado o lo leyó en un momento muy señalado de su vida y le aportó luz, consuelo y orientación, o porque se refiere a algo que vive muy de cerca, o por otros muchos posibles motivos. Para mí un texto particularmente significativo desde que lo leí hace muchos años cuando estudiaba teología en Roma, es el final de la Carta de san Pablo a los Gálatas que hoy hemos escuchado como segunda lectura. Esta conclusión escrita con letras grandes por su propia mano, como dice el apóstol, a modo de firma de su escrito y subrayando la importancia de lo que dice, es como un resumen de los contenidos fundamentales de la carta, carta que es muy importante para conocer la vida de Pablo y su pensamiento. Hay muchos temas importantes presentes en estos pocos versículos, como el significado de la cruz, la utilidad de la Ley de Moisés y de la circuncisión para la salvación, la Iglesia como nuevo Israel, el cambio ontológico que supone la unión con Cristo que nos hace nueva creación, etc. Yo me quería detener brevemente en el tema de las “marcas de Jesús”. Dice el apóstol en este texto: “En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gal 6, 17). ¿Qué son estas marcas? La palabra griega es stígmata y sabemos que han habido personas en la historia de la Iglesia que han portado lo que llamamos ‘estigmas’, heridas similares a las infligidas a Jesús en la pasión; entre ellas cabe destacar a san Francisco de Asís por los numerosos testigos que corroboran la veridicidad de estas heridas en su cuerpo, signo de su participación también somática en la pasión del Señor. Pero Pablo en el texto de la Carta a los Gálatas no se refiere a este tipo de marcas, sino a las cicatrices que lleva en su cuerpo a causa de su misión de apóstol del Señor. Como tal tuvo que sufrir muchas adversidades. Él mismo habla de ellas en la su segunda Carta a los Corintios comparándose con los presuntos ‘super-apóstoles’ que habían fascinado a esa comunidad; habla de fatigas, cárceles, palizas, peligros de muerte, largos y peligrosos viajes, naufragios, persecuciones, etc. Estas son las marcas que él lleva en su cuerpo, que le asemejan a Cristo y le unen al él. En la antigüedad, estas marcas, stígmata, se ponían a los esclavos y a los animales para indicar quien era su amo. Pablo sabe que estas marcas que son consecuencia de su misión de apóstol indican que es esclavo de Jesús y él se gloría de ellas y no de otras marcas en la carne como la circuncisión de la que se sentían orgullosos los que le perseguían. Ser apóstol, ser testigo del Señor, vivir los valores del reino, responder al mal con el bien, siempre conlleva tener estas marcas que son signo de la pertenencia a Cristo, de la unión con él y dan autoridad y credibilidad a quien las tiene. El papa Francisco habló hace unos días del cardenal vietnamita Van Thuan como “·testigo de la esperanza y ministro de la misericordia de Dios”, al finalizar la fase diocesana de su proceso de beatificación. Van Thuan en 1975, cuando era arzobispo de Saigón, bajo el régimen comunista, fue hecho prisionero a causa de su fe y permaneció trece años en la cárcel, de los cuales nueve en aislamiento total. En los Ejercicios Espirituales que dirigió a la Curia romana en el año 2000, después publicados en un libro titulado Testigos de esperanza, contó su experiencia en la cárcel y como se mantuvo cuerdo y fiel al Señor y a su sacerdocio en esa situación tan extrema. Esto es otro ejemplo de las marcas de Jesús de las que habla Pablo y que de un modo u otro llevan todos los que son verdaderamente apóstoles y testigos del Señor.

                De ser apóstoles nos habla el evangelio de este domingo que es casi un tratado sobre la misión de
Estigmatización de San Francisco de Asís (Giotto, 1325)
Basílica de la Santa Cruz  - Florencia (Italia)
la Iglesia, ya que nos indica quiénes son los que la deben llevar a cabo, cómo lo deben hacer, qué mensaje se debe transmitir, etc. Lo primero a destacar es que en el evangelio de san Lucas encontramos una misión de los setenta -o setenta y dos, según los manuscritos-, distinta a la previa misión de los Doce, pero con los mismos contenidos y métodos. Esto quiere decir que no solo los apóstoles y sus sucesores, los obispos y los sacerdotes, son lo encargadas de la misión de la Iglesia, sino todos. El Concilio Vaticano II insistió mucho en la misión de los laicos que no son sustitutos de los pastores cuando éstos faltan o no pueden llegar a todo, sino que comparten en primera persona, de acuerdo con su vocación específica, que es vivir en el mundo, la misión que Jesús ha encomendado a toda la Iglesia. De este modo, los laicos están llamados a ser fermento en el mundo, transformando sus estructuras y dando testimonio de los valores del reino en los ambientes en los que viven. Jesús también dice a estos 70 y a nosotros cómo se debe llevar a cabo la misión: con mansedumbre, como “corderos en medio de lobos”, sin prepotencia, y también con urgencia, sin ‘perder tiempo’ innecesariamente. Nos dice que para poder llevarla a cabo debemos ser libres, desprendidos de apegos materiales y afectivos. También nos dice el mensaje que debemos anunciar, que es la paz, la llegada del reino de Dios, el cumplimiento de las promesas divinas de las que habla Isaías en la primera lectura; en el fondo, hay que anunciarle a él, a Jesús, que es salvación para todos, ya que él es el ‘sí’ de Dios a todas sus promesas. El número de 72 recuerda el número de naciones paganas que se menciona en el Libro del Génesis poniendo de relieve la universalidad de este anuncio.

                También en el Salmo Responsorial con el que hemos rezado después de la primera lectura hemos
amazon.es
hecho alusión al mensaje que debemos transmitir: “Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo”. Lo que anunciamos es lo que hemos experimentamos, algo de lo que somos testigos. Por eso el Señor manda a los 70 de dos en dos, porque para que un testimonio fuera válido legalmente tenía que ser dado por dos o más personas. También les manda de dos en dos para que se apoyen mutuamente y para que a través de la relación entre ambos se constate la verdad de lo que anuncian. La relación entre los apóstoles, la vida misma de la Iglesia, es un signo de credibilidad junto con las curaciones y los milagros; debe mostrar la verdad de lo que se anuncia, de que se puede creer en lo que se dice. Hay una derivación importante de esto en la vida actual de la Iglesia y en su acción pastoral en relación al matrimonio y a la familia. Los que hemos trabajado muchos años en la pastoral familiar de la Iglesia sabemos lo eficaz que es el anuncio del evangelio hecho por un matrimonio, ya que la relación entre los cónyuges puede volverse un signo claro de la verdad de lo anuncian, de la buena noticia del amor y el perdón.


                Es también importante tener presente en nuestra a veces desalentadora tarea de anunciar el
evangelio, de ser apóstoles, lo que dice Jesús acerca del éxito y lo que debe ser el motivo de la verdadera alegría. Jesús invita a los 70 a no alegrarse por sus aparentes éxitos apostólicos, sino porque sus nombres están inscritos en el cielo. Lo que motiva la alegría de todo verdadero apóstol es su permanecer unido al Señor ahora y en la eternidad, haciendo su deber y si es el caso llevando las marcas de Jesús que son signo de su pertenencia a él.




                Este domingo también tenemos presente
Encuentro entre Pablo VI y Atenágoras I
Jerusalén, 5 de enero 1964
en nuestra oración al patriarca Atenágoras I de Constantinopla y la Jornada Nacional de Responsabilidad en el Tráfico. El lema de la Jornada de este año es: “
¿Qué luz te conduce? La fe te responsabiliza al volante”. Esta es una iniciativa que pretende sensibilizarnos acerca de un tema importante que nos afecta a todos. Muchas personas han perdido seres queridos en accidentes de tráfico y no nos viene mal que se nos exhorte reiteradamente a ser responsables al conducir. El patriarca Atenágoras murió tal día como hoy de 1972. Fue el que se abrazó con Pablo VI en Jerusalén en 1964. Este fue el primer encuentro entre los primados de las dos Iglesias, la de oriente y occidente, los dos pulmones de la única Iglesia como dijo Juan Pablo II, después de más de 500 años, y llevó a la revocación de los decretos de excomunión mutua de 1054 que escenificaron el gran cisma. Recordando al patriarca Atenágoras, rezamos por la unidad de los cristianos, tan deseada por Jesús y que es fundamental para hacer creíble nuestro anuncio del evangelio.

jueves, 4 de julio de 2013

Decidirnos por Cristo y ser verdaderamente libres


Homilía Domingo 30 de junio de 2013
XIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
Óbolo de San Pedro

            El concepto de libertad es uno de los más importantes en nuestra civilización occidental. Se hace
Fuente de la imagen: myriamoliveras.com
constantemente referencia a él en relación con distintos ámbitos de la vida personal y social. Así se habla de libertad de prensa, de opinión, de conciencia, de reunión, de religión, etc., libertades que están en la base de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1948 que inspira muchos tratados internacionales y las constituciones de muchos países. Cuando aplicamos este concepto de libertad a nuestra vida personal y a la de personas cercanas, nos damos cuenta de varias cosas. Lo primero es que nuestra libertad está condicionada por muchos factores: el país en el que vivimos y la sociedad en la que estamos, nuestra historia personal, la familia en la que hemos sido criados, la escuela, etc. Algunos piensan que teniendo estos condicionamientos en cuenta no se puede hablar de verdadera libertad: el individuo estaría prácticamente determinado por factores externos –e internos- y su capacidad de elegir sería una mera ilusión y autoengaño. Sin embargo, esto no es verdad. Así lo demostró el gran psiquiatra austriaco del siglo pasado Viktor Frankl, fundador de una escuela de psicoterapia llamada logoterapia que se basa en la importancia que tiene para la salud psíquica de la persona tener un sentido para su existencia. Este médico de origen judío estuvo en los campos de concentración nazis de Dachau y Auschwitz y sobrevivió. En su famoso libro El hombre en busca de sentido cuenta con mucha objetividad su experiencia y expone los principios de la logoterapia. Observó que había un momento crucial en la vida de los prisioneros de estos campos que preanunciaba su muerte que era cuando se ‘dejaban ir’, se rendían, abandonaban la lucha por sobrevivir, y que ese momento estaba ligado a una pérdida de sentido vital. De ahí su propuesta terapéutica. Sin embargo, la observación más valiosa que hizo en estos ‘laboratorios de lo humano’ tan terribles relacionada con el tema de la libertad personal es su constatación que aún en esas condiciones tan extremas quedaba la libertad fundamental del ser humano, la libertad de decidir qué persona se quería ser, cómo se quería morir, cuáles valores se elegían, y así señala como algunos de los prisioneros entraban en las cámaras de gas maldiciendo a sus verdugos y otros rezando el Shemá o el Padrenuestro. En otras palabras, la libertad fundamente del ser humano de decidir qué ‘tipo de persona’ quiere ser no se la puede quitar nada ni nadie, y es de ésta de la que nos hablan los textos bíblicos de la misa de hoy.

            Una de las características fundamentales de esta libertad personal que siempre tenemos aun en las
Información del libro en wikipedia.org
condiciones más extremas es que se hace más grande, crece, en la medida en que tomamos decisiones sobre nuestra vida y el modo en el que la queremos vivir. Esto es paradójico puesto que muchos piensan justo lo contrario: que uno es más libre cuanto más abiertas permanezcan las posibilidades para hacer una elección, cuanto más pueda hacer lo que ‘me da la gana’, lo que ‘me pide el cuerpo’ en un momento dado. Sabemos que esta forma de pensar es errónea y puede ser muy nociva. Una persona que permanece indeterminada, que no sabe o no quiere decidirse, que quiere a todas las mujeres o a todos los hombres pero no termina eligiendo a nadie, o que no se decide pro ningún trabajo concreto, termina siendo mucho más esclavo, sujeto a circunstancias externas siempre cambiantes que no controla y a sus pasiones internas, y su vida no tiene una clara dirección, un claro sentido. ¿Son más libres unos novios que se deciden a vivir contracorriente –como decía el papa Francisco la semana pasada- su noviazgo posponiendo las relacionas matrimoniales plenas a cuando estén casados, u otros novios que viven según la mentalidad dominante que considera la otra modalidad como imposible y anacrónica? ¿Cuál de estos dos matrimonios una vez que se celebren tiene más posibilidad de durar, tiene mejor pronóstico? ¿El que se establece entre personas que hacen uso de su libertad tomando decisiones, o el de esas otras personas que se dejan llevar por los sentimientos del momento? Esta experiencia de como la libertad se hace más grande cuando elegimos, cuando optamos por algo, cuando se determina, es fundamental en nuestra vida cristiana y humana. Evidentemente, decidirse por algo implica renunciar a otras cosas, y esto nos puede dar miedo e incluso bloquear, pero al final es lo que da sentido a la vida y nos hace más libres.

            Es lo que nos enseña Jesús en el evangelio de hoy: Jesús “tomó la decisión de ir a Jerusalén”, más
Entrada de Jesús en Jerusalén - Giotto 1303-1304
Capilla de los Scrovegni - Padua (Italia)
Fuente de la imagen: famigliacristiana.it 

literalmente “endureció el rostro para encaminarse a Jerusalén”. Se nos describe así, con mucha fuerza expresiva, ese momento en que se toma con claridad y entereza una decisión importante y difícil que marca un antes y un después en la vida. El Señor sabe lo que le espera en la Ciudad Santa y asume su destino, hace suya la voluntad del Padre, decide con determinación entregar su vida “en rescate por muchos”, según lo que profetizó Isaías del Siervo de Yahvé. San Lucas da una especial importancia a este momento de la vida de Jesús, haciendo que coincida con el final de la primera parte de su evangelio, centrado en el ministerio de Jesús en Galilea y el comienzo de la segunda parte con su ascender hacia su fin. A partir de ese momento, el Señor también se vuelve mucho más exigente con los que él mismo llama para que le sigan, como con los que se proponen ellos mismos para ser sus discípulos. A partir de ese momento ya nos es tiempo de medias tintas sino de claridad, de hacer uso de la libertad fundamental que Dios nos ha dado tomando una decisión definitiva. Esto es lo que quiere indicar la radicalidad con la que Jesús contesta a los que le piden poder despedirse de su familia o enterrar a su padre antes de ir tras él. La respuesta deliberadamente exagerada, hiperbólica, de Jesús, no va contra la familia ni los deberes familiares, sino es un modo retórico de indicar la importancia de la acción de tomar una decisión clara por él y el reino de Dios sin anteponerle nada.

vatican.va


            Tomar una decisión así sin ‘mirar atrás’, una decisión por los valores del reino aceptando el sufrimiento que ello conlleva en un mundo como el nuestro, la cruz que implica, es lo que pide el Señor a nosotros que hemos sido llamados o que nos sentimos atraídos por él. Cuando tomemos esta decisión de una vez por todas, del mismo modo que Jesús la tomó, experimentaremos profundamente nuestra libertad, nos sentiremos verdaderamente libres, aunque ello signifique paradójicamente autolimitarnos, renunciar a otras cosas también bellas que nos ofrece la vida, y dirigirnos con determinación hacia nuestro destino, hacia lo que Dios quiere de nosotros, quizás hacia nuestro Gólgota.

jueves, 27 de junio de 2013

El papa Francisco y la invencibilidad de la cruz


Homilía Domingo 23 de junio de 2013
XII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
Solemnidad de Pentecostés en las Iglesias ortodoxas y orientales

Hace una semana el papa Francisco cumplía sus primeros cien días de pontificado, tiempo
Fuente de la imagen: practicaespanol.com
que le ha bastado para ganarse el cariño de los fieles y para suscitar grandes expectativas y esperanzas dentro y fuera de la Iglesia. Su sencillez, su cercanía a las personas, su preocupación por los más pobres y desfavorecidos, su sobriedad, su poner al centro de su ministerio el ser pastor, su insistir en la misericordia divina... todo esto y más cosas nos han vuelto a ilusionar a muchos después de momentos muy difíciles por los que hemos pasado -y digo esto sin querer quitar nada a la grandeza de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. No se trata de comparar sino de discernir y agradecer la acción de Dios en su Iglesia. En este sentido, dentro de este momento de gracia que estamos viviendo con el comienzo del pontificado del papa Francisco, junto a la capacidad de renovación que tiene la Iglesia, lo que realmente impresiona es su invencibilidad, cosa de la que yo estoy cada día más convencido según la promesa del Señor de que “el poder del infierno no la derrotará”. Por mucho que los hombres de Iglesia hagamos para destruirla, por muchos que las fuerzas del mal presentes y actuantes en este mundo la ataquen, por mucho que Satanás la asalte, la Iglesia no puede perecer, pero no por virtud propia, sino porque se funda en Cristo, más aún, porque surge de un acontecimiento que es un fracaso para el mundo, porque nace de la cruz. La Iglesia es invencible porque la cruz es invencible. Cuando la Iglesia se aleja de ella, cuando se vuelve mundana entremezclándose con los poderes de este mundo, pierde su razón de ser y salen a la luz todas sus miserias y su pecado. Cuando, en cambio, vuelve a su fuente, vuelve a la cruz, todo se pone en su sitio y brilla de nuevo el ser y la razón de ser de la Iglesia. Es esto lo que creo está pasando en estos primeros días del papa Francisco. Hoy percibimos con más claridad la trascendencia de aquellas palabras sobre la cruz que pronunció en la primera misa que celebró con los cardenales en la capilla Sixtina el día después de su elección:

"Este Evangelio prosigue con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor."

(Homilía misa con los cardenales, Capilla Sixtina, jueves 16 de marzo 2013)


            Esta importante homilía del papa Francisco hace referencia al episodio de la confesión de fe
Fuente de la imagen: evangelio.wordpress.com
de Pedro que hemos escuchado en el evangelio de este domingo. En aquella ocasión, en la misa con los cardenales, se proclamó según la versión del evangelio de san Mateo, en la que se incluye el diálogo entre Jesús y Pedro en el que el Señor le da el primado sobre su Iglesia y en el que el apóstol rechaza el mensaje de la cruz. Hoy hemos escuchado el relato que nos ofrece san Lucas que omite este diálogo entre Jesús y el príncipe de los apóstoles, pero que sin embargo es el único de los evangelistas que pone de relieve el carácter cotidiano del tomar la cruz.

            Como acabamos de escuchar en el evangelio, después de que Pedro confesara su fe en Jesús como el Mesías y de que el Señor prohibiera divulgar esto para evitar malentendidos y anunciara su pasión, se explicitan los requisitos para ser su discípulo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga”. Solo Lucas añade a la exigencia de tomar la cruz, que esto hay que hacerlo cada día. ¿Qué significa concretamente esto? ¿Qué significa tomar la cruz y hacerlo cada día?

            Para entender esto y retomando lo que decíamos antes de los primeros cien días del papa Francisco y su poner al centro la cruz, quizás lo más apropiado es citar lo que él mismo hoy ha dicho antes del rezo del Ángelus comentando el evangelio de este duodécimo domingo del Tiempo Ordinario. En estas palabras del sucesor de Pedro se nos transmite con una autoridad que nace también de su entrega y coherencia de vida, el significado de la cruz que estamos llamados a tomar cada día y su invencibilidad:

 "Pero, ¿qué significa “perder la vida por causa de Jesús”? Esto puede suceder de dos maneras: explícitamente confesando la fe, o implícitamente defendiendo la verdad. Los mártires son el máximo ejemplo del perder la vida por Cristo. En dos mil años son una fila inmensa de hombres y mujeres que han sacrificado su vida por permanecer fieles a Jesucristo y a su Evangelio. Y hoy, en muchas partes del mundo son tantos, tantos, más que en los primeros siglos, tantos mártires que dan su vida por Cristo. Que son llevados a la muerte por no renegar a Jesucristo.
Pero también está el martirio cotidiano, que no comporta la muerte pero que también es un “perder la vida” por Cristo, cumpliendo el propio deber con amor, según la lógica de Jesús, la lógica de la donación, del sacrificio. Pensemos: ¡cuántos papás y mamás cada día ponen en práctica su fe ofreciendo concretamente su propia vida por el bien de la familia! Pensemos en esto. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos y religiosas desarrollan con generosidad su servicio por el Reino de Dios! ¡Cuántos jóvenes renuncian a sus propios intereses para dedicarse a los niños, a los minusválidos, a los ancianos…! ¡También estos son mártires, mártires cotidianos, mártires de la cotidianidad!
Y después hay tantas personas, cristianos y no cristianos, que “pierden su propia vida” por la verdad. Y Cristo ha dicho “yo soy la verdad”, por tanto, quien sirve a la verdad sirve a Cristo. Una de estas personas, que ha dado su vida por la verdad es Juan el Bautista: precisamente mañana, 24 de junio, es su fiesta grande, la solemnidad de su nacimiento. ¡Cuántas personas pagan a caro precio el compromiso por la verdad! ¡Cuántos hombres rectos prefieren ir contracorriente, con tal de no renegar la voz de la conciencia, la voz de la verdad!"


sábado, 22 de junio de 2013

Solo el amor convierte en milagro el barro

Homilía Domingo 16 de junio de 2013
XI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)


            Una de las experiencias más fundamentales de todo cristiano es la experiencia del perdón, de
Fuente de la imagen: catolicidad.com 
saberse y haberse sentido perdonado por Dios. Hasta que uno no la hace, tiende a mantenerse encerrado en la cárcel de su propia autosuficiencia, a mirar por encima del hombro a los demás, a juzgar y emitir sentencias implacables contra los fallos de los otros. Cuando, en cambio, uno es alcanzado por el amor incondicional y misericordioso de Dios, un amor que no juzga ni condena, un amor que previene, regenera y levanta, que no exige, que es tal a pesar de nuestras miserias, pobrezas y pecados, cuando se experimenta este amor surge una nueva criatura, nace en nosotros una nueva forma de ser y actuar, pasamos del antiguo al nuevo Testamento, de una religión del deber y la exigencia a una del amor y el perdón.

            De esa experiencia del perdón nos hablan las tres lecturas de este domingo. Y nos hablan a nosotros que muchas veces somos como el fariseo Simeón del evangelio, que no es consciente de sus pecados ―se habla mucho de eclipse del sentido del pecado en la sociedad actual― y de la necesidad de ser perdonado, que se siente justo ante Dios, que juzga a los demás y al mismo Jesús, que tiende a excluir a los que no considera puros, como probablemente ocurría entre los judíos cristianos rigoristas a los que Lucas tiene presente al escribir su evangelio.

            La primera lectura del segundo libro de Samuel hace referencia al pecado terrible que cometió el rey David en su prepotencia, desfachatez y lujuria, acostándose con la mujer de uno de sus soldados más fieles, dejándola embarazada, haciendo que el soldado volviera de la guerra para acostarse con ella y esconder así su fechoría, incitándole a desobedecer a la ley sagrada de la guerra, y finalmente haciendo que le mataran. El profeta Natán hace caer en la cuenta a David de su grave pecado y el rey se arrepiente sinceramente y es perdonado. Es un relato que nos describe con mucha viveza el círculo vicioso del pecado que se va haciendo cada vez más grande si no es roto con un acto de sinceridad, como también nos habla de la grandeza del perdón de Dios con el hombre verdaderamente arrepentido.

            Pero es pasaje del evangelio el que probablemente nos llama más la atención. El versículo más importante de la perícopa que se nos ha proclamado es ambiguo, y yo creo que lo es a propósito, aunque en un principio pueda ser el resultado de la unión de dos partes del relato originariamente independientes, es decir, la parábola sobre las diferentes cantidades de dinero condonadas y lo que hace la mujer pecadora con Jesús. El versículo es este: “Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, poco ama”. Nos queda la duda de si las lágrimas de la mujer, sus actos de amor para con Jesús, son de arrepentimiento o de alegría y agradecimiento, si son consecuencia del perdón obtenido o su causa. Creo que las dos posibilidades de interpretación son correctas, aunque lo que viene antes es el perdón. En un principio y así es en nuestra vida, el amor cristiano que llega hasta el perdón de los enemigos es consecuencia de haber sido perdonados por Dios, pero también a veces puede ser verdad lo contrario: los actos de verdadero amor consiguen el perdón divino; por eso la Escritura dice que ‘la caridad cubre una multitud de pecados’. Los actos concretos de amor hacia los demás, especialmente hacia los más pequeños −que por otro lado son ya fruto de la gracia que actúa en la interioridad del hombre−, mueven el corazón de Dios hacia el perdón. Es lo que se nos dice desde otra perspectiva en la alegoría del juicio final que encontramos en el evangelio de san Mateo.

La segunda lectura de la carta de san Pablo a los Gálatas nos revela algo de la vida interior, de la intimidad de este gran apóstol. En el texto de esta epístola san Pablo dice que vive crucificado con Cristo, que ya no es él el que vive, sino Cristo; su ‘yo’ personal ha sido sustituido por el del Señor. También afirma con unas palabras cargadas de fuerza espiritual que su vida presente, la ‘vida en la carne’: la “vivo de la fe del Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí”. Esta experiencia que hace el apóstol del amor de Dios y el perdón de sus pecados, de la entrega del Hijo por él, marca toda su vida. Pablo experimenta a la vez el amor y el perdón de Dios y su elección como apóstol. Su enorme celo apostólico nace de esta experiencia.

            Curiosamente encontramos una experiencia análoga de amor y perdón en el papa Francisco, como
Explicación del escudo: vatican.va
lo manifiesta el lema que ha elegido y que es el mismo de su consagración episcopal, ya que hace referencia a lo que él define como ‘uno de los pivotes de su experiencia religiosa’: miserando atque eligendo. El entonces arzobispo Bergoglio, en una de sus conocidas conversaciones con los periodistas Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, que salieron en un libro de 2010 y que ha vuelto a editarse después de su elección, lo explica:

"La vocación religiosa es una llamada de Dios ante un corazón que la está esperando consciente o inconscientemente. A mí siempre me impresionó una lectura del breviario que dice que Jesús lo miró a Mateo en un actitud que, traducida, sería algo así como “misericordiando y eligiendo” Ésa fue, precisamente, la manera en que yo me sentí que Dios me miró durante aquella confesión. Y ésa es la manera con la que Él me pide que siempre mire a los demás: con mucha misericordia y como si estuviera eligiéndolos para Él; no excluyendo a nadie, porque todos son elegidos para el amor de Dios."

En este texto, el papa hace referencia a una confesión que hizo con un sacerdote que no conocía en su parroquia porteña de San José de Flores cuando tenía alrededor de 17 años y que le llevó a descubrir su vocación sacerdotal; salió de ella con la convicción de que “quería... tenía que ser sacerdote”.


¡Qué importante es para todos nosotros sentirnos mirados así por el Señor, con una mirada de amor, misericordia y elección! Es lo que sintió la mujer del evangelio antes de derramar su perfume sobre los pies de Jesús, es lo que sintió Pablo en el camino de Damasco y lo llevó a ser el más grande de los apóstoles, es lo que el joven Jorge Bergoglio sintió un 21 de septiembre de hace muchos años. Esta mirada de amor y perdón realmente consigue 'encender lo muerto' y 'convierte en milagro el barro', como dice la hermosa canción de Silvio Rodríguez.

(Este post sale publicado con algunas modificaciones y mejoras en mi libro Si conocieras el don de Dios y por tanto está sujeto al copyright que establece la editorial) 

lunes, 17 de junio de 2013

El cambio que supone el encuentro con Cristo


Homilía Domingo 9 de junio de 2013
X Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
Memoria de san Efrén, diácono y doctor de la Iglesia

Conversión de San Pablo
Caravaggio (1600-1601)
Iglesia de Santa Maria del Popolo, Roma (Italia)
Una de las afirmaciones más citadas de Benedicto XVI, hoy papa emérito, quizás la que más, la encontramos en el primer capítulo de su primera encíclica Dios es amor (Deus caritas est): "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva". Lo que de verdad cuenta en una vida cristiana, lo que de verdad nos hace cristianos, es encontrarnos con Cristo, un encuentro que todo lo cambia. Este encuentro puede tener lugar de diferentes modos, en distintos lugares y tiempos: en la soledad de una habitación, en una celebración litúrgica, en un retiro, en un gran evento eclesial como la Jornada Mundial de la Juventud, en contacto con la naturaleza... Sin embargo, hay algunos elementos que suelen estar siempre presentes en estas experiencias y que nos ayudan a discernirlas: acontecen en relación directa o indirecta con la Iglesia que es mediadora del encuentro con Cristo y con frecuencia tienen lugar en una situación que el psicólogo y filósofo existencialista alemán Karl Jaspers llama ‘situación límite’, es decir, en una situación que empuja hacia un cambio, de desafío, a veces de desesperación en la que no se ve una salida, o en la que no se encuentra un sentido, o de gran búsqueda interior, y que se resuelve a través de una ruptura inesperada con lo que había antes, con la aparición de un nuevo sentido y de una nueva realidad. Muchos de nosotros hemos experimentado esto en un momento dado de nuestra vida en relación con Cristo, y es lo que hace que estemos aquí hoy en esta celebración litúrgica para renovar esta experiencia y nuestra alianza con el Señor que de ella surge.

            En el evangelio y en la segunda lectura de hoy se hace mención de dos de estas experiencias de
Fuente de la imagen: aleteia.org
encuentro con el Señor que todo lo cambian. En el evangelio, Jesús se topa con un cortejo fúnebre que va saliendo por la puerta de la pequeña ciudad de Naín llevando un ataúd con el cuerpo de un muchacho, hijo único de una madre viuda. Jesús, al ver a la madre, se conmueve, siente lástima, se acerca, y le dice: “no llores”. La viuda se encuentra con el único que puede cambiar su suerte, con el que es más fuerte que la muerte, con el que tiene poder de resucitar. El milagro que hace Jesús es signo y anticipo de la su victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, del reino de Dios que con él se inaugura. ¡Cuántas veces en mi vida sacerdotal he experimentado con gran sorpresa este poder del Señor que sale al encuentro de quien esté desesperanzado, del enfermo incurable, de la persona a la que se le ha muerto un ser querido, y todo lo cambia, haciendo surgir un nuevo sentido y un nuevo horizonte donde antes había solo dolor y muerte! Decía un conocido padre espiritual jesuita que los sacerdotes nunca podemos tirar la toalla ante cualquier situación por desesperada que parezca, porque el Señor todo lo puede. El encuentro con Cristo hace que se viva la enfermedad y la muerte de un modo distinto, incluso como una bendición. Hace unos días, al celebrar el XXV aniversario de mi sacerdocio, me llegó una carta de un compañero que también celebraba esos días lo mismo. A él le habían diagnosticado un cáncer y nos invitaba a dar gracias a Dios con él por su sacerdocio, pero también por su enfermedad que consideraba “una caricia de Dios”. Los que se han encontrado con Cristo muerto y resucitado pueden realmente hacer suyas las palabras del salmista con las que acabamos de rezar: “cambiaste mi luto en danzas”.

            En la segunda lectura de la Carta de san Pablo a los Gálatas tenemos una de esas frecuentes referencias que hace el apóstol al acontecimiento de Damasco, a su encuentro con Cristo camino de esa ciudad, a la que iba para perseguir a los cristianos. Un encuentro que supuso un cambio radical en su vida, tanto externamente, de perseguidor de la Iglesia a apóstol, como interior, de fariseo que se salva por las obras, a cristiano que se salva por la fe. En el texto de la Carta a los Gálatas, Pablo describe esta experiencia como una “revelación del Hijo en él”: “Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia se dignó revelar a su Hijo en mi, para que yo lo anunciara a los gentiles...”. Este acontecimiento hace entender al apóstol el significado de aquel Cristo a quien perseguía; le hace comprender que Cristo murió por él, que en Cristo se le perdonan los pecados, que la salvación que tanto anhelaba depende de la fe en el crucificado-resucitado y no en el cumplimiento de la Ley. De ahí nace casi por consecuencia lógica su misión a los gentiles, a los no judíos, ya que la obra de Cristo es también para ellos, como había establecido Dios en su designio eterno. Este ‘insight’ de Pablo camino de Damasco, esta revelación que recibe, es para él es tan fundamental que no permite a nadie ponerla en discusión; para Pablo el evangelio de la gracia que predica es de origen divino y quienquiera que enseñe otra cosa ‘sea anatema’. A nadie, ni a Pedro, le consiente menoscabar la libertad que tenemos en Cristo.

A la luz de estos dos encuentros con Cristo que nos presenta la Liturgia de la Palabra de este X
Fuente de la imagen: aciprensa.com
Domingo del Tiempo Ordinario, podemos hacer memoria y renovar los nuestros. Cada Eucaristía que celebramos es una nueva ocasión para encontrarnos con él, ya que se hace realmente presente y re-actualizamos su entrega por nosotros en la cruz que todo lo cambia.


Hacemos hoy también memoria de san Efrén, gran padre de la Iglesia de Siria, gran cantor de las maravillas de Dios, “arpa del Espíritu Santo” se le llamaba. Era diácono y se sentía indigno de ser sacerdote; las veces que el pueblo intentaba conseguir ordenarlo presbítero u obispo se fingía loco para evitarlo. Pedimos hoy de un modo especial por su tierra y las Iglesias y comunidades cristianas que en ella peregrinan en estos momentos muy difíciles para ese país.

jueves, 6 de junio de 2013

La Eucaristía: presencia, memoria y anticipo del futuro


Homilía Domingo 2 de junio de 2013
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor
Día nacional de la Caridad

            El jueves pasado tuve la gran dicha de acompañar al obispo copto católico de Assiut a Toledo, para
Procesión del Corpus en Toledo
que participara en la misa de rito mozárabe de la solemnidad del Corpus en la Catedral y en la posterior procesión por las calles de la histórica ciudad imperial. Fue una dicha por varias razones. Primeramente, por estar con un obispo de una ciudad del alto Egipto, de una Iglesia que vive en una situación muy distinta de la nuestra y muy difícil, en un país oficialmente islámico donde los católicos son una minoría dentro de la minoría cristiana, que con frecuencia es discriminada por el Estado y sufre persecución de manos de musulmanes radicales. Estar con este obispo como signo de cercanía y apoyo a su comunidad y darle la posibilidad de conocer una expresión genuina y pública de fe del pueblo español fue un regalo para mí y también para él, como después me dijo. Sin embargo, la razón fundamental de la dicha que tuve ese día fue participar en un acto auténticamente religioso y bellísimo, que manifestaba una fe profunda por parte de un pueblo -vestido de gala para la ocasión- en la presencia real del Señor en el santísimo sacramento. Eso es en definitiva lo que movía y justificaba todo aquel gran acontecimiento que se lleva celebrando desde 1595 y que induce a los que participamos en él a renovar con vigor nuestra fe eucarística. ¡Cuánta devoción hacia la Eucaristía! Cuando empezó a moverse la famosa custodia de Arfe con la sagrada forma para salir de la Catedral, el animador del acto dijo con voz solemne: “Dios está aquí”, resonando sus palabras con fuerza en ese templo gótico, haciéndonos sentir que así era, que Dios estaba realmente presente de una forma especial a través de esa apariencia de un trocito de pan.

            La fiesta que hoy celebramos aquí en Madrid, y que siguiendo la tradición antigua se celebró el jueves pasado en Toledo, surge a mediados del siglo XIII para conmemorar la presencia real del Señor en el sacramento de la Eucaristía. Es presencia verdadera, no simbólica. Bajo las especies del pan y el vino, el Señor está, misteriosamente, pero realmente presente. Así ha querido él permanecer entre nosotros. Es verdad que el Señor esta presente de diversos modos y en todas partes: en la naturaleza, en nuestro interior, en el acontecer de la historia, pero lo está de un modo singularísimo en la Eucaristía.

            Sin embargo, la Eucaristía, junto a ser presencia real del Señor, es también memorial y anticipo del
Iglesia de Santa María della Pietà  (Bologna) - 1585
futuro, como se pone de relieve en las la lecturas de la Misa del Corpus de este año. En la segunda lectura se nos ofrece el relato más antiguo que tenemos de la institución de la Eucaristía, ya que la primera Carta del apóstol Pablo a los Corintios fue escrita antes que los evangelios, alrededor de veinte años después de esa noche de la última cena en la que el Señor “iba a ser entregado”. Para corregir algunos abusos y desviaciones que se daban en la celebración de la Cena del Señor en esa comunidad, Pablo les recuerda lo que él les había enseñado, y que él mismo había recibido como una “tradición que procede del Señor”. Recordándoles los gestos y las palabras de Jesús, Pablo insiste en el aspecto sacrificial del acto, ya que se habla de cuerpo entregado y de sangre, con una clara alusión al acontecimiento del Calvario y a la salvación que él se nos brinda. Al celebrar la Eucaristía se proclama la muerte del Señor y por eso hay que participar dignamente en ella, discerniendo el cuerpo del Señor. En la Eucaristía hacemos memoria del Señor, de su entrega por nosotros en la cruz, y nos ponemos en una continuidad histórica y también material con él y su muerte en cruz.

            Pero la Eucaristía también es anticipo del futuro, de la plenitud del reino de Dios que aguardamos. En  el texto de la Carta a los Corintios Pablo dice que debemos celebrarla hasta “que vuelva”. La Eucaristía es para este tiempo intermedio entre la primera venida del Señor y la Parusía, cuando volverá a instaurar definitivamente su reino; es para este tiempo entre el ‘ya’ de la salvación obtenida en la cruz, y el ‘todavía no’ de su plena manifestación. En definitiva, la Eucaristía es para este tiempo de la Iglesia, llamada a predicar el evangelio a toda criatura y a llevar la salvación hasta los confines del orbe.

También se hace alusión a esta dimensión de futuro de de la Eucaristía en el evangelio que se ha
 proclamado. La imagen del banquete es utilizada con frecuencia por Jesús para hablar del reino de Dios, y sus comidas, especialmente con publicanos y pecadores, escenificaban su predicación de la llegada del reino. Así también el milagro de la multiplicación de los panes, situado en el apogeo de la misión de Jesús en Galilea, es anuncio del reino que llega, reino en el que habrá sobreabundancia y verdadera comunión. Por eso la Eucaristía, junto a ser presencia real del Señor en medio de nosotros y memorial de él, de su muerte por nuestra salvación, es también anticipo del reino futuro, en el que no sentaremos en el banquete eterno para saciarnos de la sobreabundancia del Señor.

Pidamos al Señor que sepamos valorar debidamente este sacramento, este gran regalo de Dios, y que nos acerquemos siempre a él discerniendo el cuerpo del Señor, un cuerpo entregado que crea comunión, que nos hace Iglesia. Por eso es muy apropiado que, coincidiendo con la solemnidad del Corpus, también celebremos en España el Día de la Caridad. El lema propuesto por Cáritas para la campaña de este año nos recuerda el deber de "vivir sencillamente para que otros, sencillamente, puedan vivir", y la experiencia fundamental que hace continuamente el cristiano de que ‘cuanto más se da más se tiene’, cuyo fundamento ontológico es la entrega del Señor que se actualiza para nosotros en la Eucaristía.